Centre Horeb Religions

Ecumenisme i Encontre de les Religions

Carlos de Foucauld, una luz para nuestro tiempo

 

En cada época histórica, el Espíritu Santo suscita un faro, una luz, un testigo nuevo del Evangelio para dar un nuevo impulso al crecimiento del Reino de Dios. Hace ahora 150 años, el 15 de septiembre de 1858, nacía en Estrasburgo Carlos de Foucauld. Fruto de su entrega, viviendo en su propio Nazaret junto a sus hermanos tuareg del desierto argelino, hoy la Iglesia lo presenta como testimonio y muchas personas viven de su carisma, formando la “familia Foucauld”.

Pero podríamos preguntarnos, ¿dónde están estos seguidores suyos, que apenas los medios de comunicación dan eco de sus vidas? Los encontrareis en medio de los más pobres, en los lugares a donde nadie quiere ir, en el servicio humilde y desinteresado y en la oración ferviente y adoradora. Algunos, formando pequeñas fraternidades en ambientes pobres no cristianos; otros, solos o en familia, desbrozando los terrenos para que un día pueda sembrarse la semilla del Evangelio, o anunciando en otras ocasiones la Palabra de Dios y formando nuevas comunidades cristianas. Pero, todos ellos, practicando el apostolado de la bondad y predicando el Evangelio con el testimonio de sus vidas, como lo hicieron, a su vez, los buenos vecinos que fueron José, María y Jesús en Nazaret.

Justo en estos días se cumple el aniversario de su muerte. Carlos de Foucauld fue asesinado el 1 de diciembre de 1916. Tenía en ese momento poco más de 58 años. Se puede decir que estaba en la etapa de madurez de su vida. Ya a los 43 había iniciado su opción fundamental instalándose en Beni-Abbes, en el corazón del Sahara argelino, donde se da cuenta de que hay una muchedumbre de personas por evangelizar y un ministerio muy importante que realizar. Pero durante los años que pasa en este oasis del desierto va experimentando una nueva transformación. Rompe con su autoimpuesta clausura. Acepta con sencillez los acontecimientos que van en contra de lo que siempre había creído que era la voluntad de Dios y se deja llevar por las circunstancias, que son manifestación de la voluntad divina. Así, esta obediencia a cada instante y con el discernimiento de su padre espiritual, le conduce a los tuareg, instalándose en medio de ellos, el año 1905, en Tamanrasset.

Testigo de Dios

El padre Foucauld ha sido un testigo privilegiado de la experiencia de Dios en medio del mundo. Se ha creído que su presencia en la ermita del Asekrem, el punto más alto de las montañas del Hoggar, o en Tamanrasset, fue un retiro, como antaño hicieron los Padres del Desierto, pero fue todo lo contrario: partió para vivir la vida de Nazaret con los nómadas más aislados, por ser éste un lugar de tránsito de las caravanas, que ofrecía grandes ventajas para las relaciones con los tuareg, a los que hospedaba, estableciendo relaciones de amistad.

Once años convivió con ellos, haciéndose uno de tantos, aprendiendo su lengua, sus costumbres, etc., con ánimo evangelizador, aunque nada más fuese realizando gestos de bondad. Así, resumiendo, Carlos de Foucauld vivió dieciséis años en tierras argelinas, y especialmente once entre los tuareg hasta que llegó su muerte como acto supremo de entrega a imitación de su hermano mayor, Jesús de Nazaret.

A nosotros, ahora, nos interesa señalar los rasgos esenciales de esta última etapa de su vida para entresacar los nervios espirituales de su existencia y, así, poderlos encarnar en nuestra realidad. Vida de oración, vida de trabajo, realizando una tarea lingüística inmensa; preocupación por el pro- greso espiritual y material de las personas con las que vivía; luchando contra toda injusticia; y, finalmente, lanzando un movimiento misionero universal hacia los más pobres y alejados de la Iglesia, que incluye a sacerdotes, religiosos y laicos, unidos “por la comunión de los santos”, predicando el Evangelio con la propia vida y practicando allí donde se encuentren el “apostolado de la bondad”, asumiendo con la “paciencia de Dios” el desarrollo del misterio de la salvación.

 

¿Cómo puede ayudarnos el carisma de Carlos de Foucauld a afrontar nuestro tiempo? Primero, y principalmente, su deseo de imitar a Jesús de Nazaret. Imitar no quiere decir “hacer lo mismo”, sino dejarse conducir por el mismo espíritu de fuego que animaba a Jesús de Nazaret. Como aconseja el propio Foucauld, “pensar y hacer en cada momento lo que haría Jesús en nuestro lugar, y hacerlo”. Jesús de Nazaret es nuestro “Modelo único”, por eso hay que leer y releer su Evangelio. Ser pobres como Jesús, viviendo en medio de ellos o siendo solidarios con ellos, y luchando contra toda injusticia.

Otro aspecto esencial es vivir una intensa amistad con Dios, en la oración silenciosa y la oración de la Iglesia. Y, finalmente, practicando el apostolado de la bondad, intentando curar todas las “enfermedades” y predicando el Evangelio con el testimonio de la propia vida, hasta entregar la vida por aquéllos a quien se ama.

Nazaret…

Si hay una palabra que exprese mejor el mensaje de aquél que se dejó conducir por el Espíritu de Amor para realizar su misión concreta, ésta es “Nazaret”: una llamada a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones comunes de la vida, como Él, que vivió plenamente la relación filial con el Padre, viviendo en el seno de una familia, realizando un oficio, mo- rando en una aldea y caminando por las veredas de Palestina. La misión del hermano Carlos es hacer notar que Nazaret se puede vivir en cualquier situación, en la vida religiosa, en la vida de familia, solo o haciendo vida en común. No es una espiritualidad del desierto ni eremítica. Es, por el contrario, una “espiritualidad de la relación” en sus dos dimensiones, la humana y la divina: relación de amor con Dios y relación de amor con las personas que compartimos la vida. Es la imitación de la vida de Jesús, Jesús de Nazaret, que vivió, en medio de las relaciones interpersonales más comunes, una relación única con el Padre.

Jacques Maritain actualizaba el testamento del hermano Carlos de Foucauld de este modo a todos sus discípulos: “Vuestro papel profético consiste en afirmar existencialmente el valor primordial de la proclamación del amor de Jesús a todas las personas, no ya por los grandes medios visibles, sino por el medio invisible o casi invisible de la simple presencia de amor fraternal en medio de los pobres y de los abandonados”.

 

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1858. Carlos de Foucauld nace el 15 de septiembre en Estrasburgo (Francia); a los seis años se queda huérfano. Pierde la fe a los 17 años.

1876. Ingresa en la Escuela Militar de Saint-Cyr. El subteniente Foucauld marcha hacia Argelia en 1880. Expulsado del ejército por indisciplina y mala conducta, pide reintegrarse al enterarse de que su regimiento iba a entrar en  combate debido a una insurrección en el Sur de Orán.

1882-1884. Preparación y realización del libro Reconocimiento de Marruecos, donde explica el viaje de exploración que realizó haciéndose pasar por judío.

1886. Se instala en París. Período de búsqueda y de interrogaciones. Quiere encontrar a Dios. A finales de octubre, en la iglesia de San Agustín de París, se confiesa y recibe la comunión de manos del padre Huvelin, produciéndose su conversión. Viaja a Tierra Santa.

1890. Entra en la Trapa, el 26 de enero, en Nuestra Señora de las Nieves. Llamado hacia una más perfecta imitación de la vida de Nazaret, saldrá de la Trapa el 14 de febrero de 1897, después de que sus superiores ratifiquen su vocación.

1897. Llega a Nazaret el 4 de marzo. Vive como criado de las monjas clarisas de Nazaret, “exactamente lo que buscaba”. De este tiempo en Tierra Santa son la mayoría de sus escritos, meditaciones y notas espirituales.

1900. Vuelve a Francia el 22 de septiembre. Va a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves para prepararse para la ordenación sacerdotal, que tendrá lugar el día 9 de junio de 1901.

1901. Llega a Beni-Abbes, el 28 de octubre. Durante este período, su correspondencia va aumentando. Escribe también El Evangelio presentado a los pobres del Sahara, y revisa la Regla de los Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón.

1905. Se instala en Tamanrasset. Allí escribe los estatutos para la asociación de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, dirigidos a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos evangelizadores: Consejos Evangélicos o Directorio.

1916. El hermano Carlos de Jesús muere el 1 de diciembre violenta y dolorosamente, como había anotado en su diario aquella misma tarde: “Vivir como si tuvieses que morir mártir hoy”.

1917. Luis Massignon manifiesta a su director espiritual, Luis Poulin, párroco de la Trinité, el deseo de continuar la Asociación Foucauld, única asociación eclesial fundada por el propio Foucauld, a la que pertenecía Massignon, y publica el Directorio o Consejos Evangélicos del padre Foucauld.

1920. Luis Massignon, el día de Viernes Santo, pasa una terrible angustia al ver que el testamento del padre de Foucauld no se realiza. Se siente heredero y continuador de su obra.

1921. René Bazin, por indicación de Massignon, publica una biografía de Foucauld que tendrá gran impacto en la sociedad francesa de la época: Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Sahara.

1922. Massignon publica en La Vie espirituelle un artículo sobre la Unión de oraciones.

1923. Suzanne Garde funda el “Grupo de Carlos Foucauld”, formado únicamente por laicos.

1928. Se funda la primera congregación religiosa nacida del padre de Foucauld, las Hermanitas del Sagrado Corazón.

1933. El padre René Voillaume tomó el hábito junto con otros cuatro compañeros en la basílica de Montmartre, instalándose en El Abiodh Sidi Cheikh, en el sur argelino. Al principio se llamaban “Petits Frères de la Solitude”.

1939. La hermanita Magdaleine de Jesús funda las “Hermanitas de Jesús”, hoy en día repartidas por todo el mundo en 321 fraternidades, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad.

1947. René Voillaume funda, junto con otros tres hermanos, la primera fraternidad obrera de los “Hermanos de Jesús” en Aix-en-Provence.

1950. Luis Massignon es ordenado sacerdote y va a Tamanrasset, donde murió su querido padre espiritual, pasando una noche de oración, como la que tuvo con el propio Carlos de Foucauld en el Templo del Sagrado Corazón de París la noche del 21-22 de febrero de 1909, dando origen a la “Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld”.

1951. René Voillaume publica En el corazón de las masas, sobrepasando los 100.000 ejemplares.

1956. René Voillaume funda los “Hermanos del Evangelio” como respuesta al crecimiento evangélico allí donde los hermanos están encarnados. Posteriormente, surgirán las “Hermanitas del Evangelio”, expandidas también por distintos países del mundo.

En la actualidad, la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un importante número de grupos que se dicen y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de los ya mencionados, hay que citar a las Hermanitas de Nazaret; los Hermanitos de la Cruz (Canadá); las Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación (Haití); las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana); la Fraternidad Jesús Caritas (Instituto Secular Femenino); la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas; la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld; la Comunidad de Jesús (Asociación privada de fieles: matrimonios consagrados, célibes consagrados y laicos comprometidos); la Comunidad Jesús Caritas de Italia (sacerdotes diocesanos en comunidad parroquial); la Fraternidad Carlos de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato); el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y, además, en España han surgido a Fraternidad de Betania, la Fraternidad de Emaús y las Fraternidades de la Amistad.

Publicado el 05.12.2008, por Jose Luis Vázquez Borau nº 2.639 de Vida Nueva.

SANTIDAD VERDADERA

Vivimos inmersos en el Gozo del Tiempo Pascual. Cristo ha resucitado ¡ Aleluya! Hemos renovado nuestras promesas del Bautismo en la Vigilia Pascual. Re-novados, re-nacidos, en el Espíritu de Cristo Resucitado.

   ¿Estamos verdaderamente convencidos de ello? Porque la fe en la resurrección de Cristo debería llevar implícita nuestra opción por la transformación crística de nuestra vida, y por el compromiso con la comunidad en la que estamos insertos. Solo así seremos hombres y mujeres nuevos, cristificados en la Verdad, al aire del vuelo del Espíritu trabajando por el Reino de Dios, insertos en Cristo, el Único  Santo. La Verdad es la revelación del Amor de Dios. Y la Verdad nos hace libres.

   Por el Bautismo todos los cristianos estamos llamados a la santidad. Dios nos invita a revestirnos del Hombre Nuevo: Cristo: el Rostro de Dios. Camino, Verdad y Vida. Camino de santidad verdadera. Porque la verdadera santidad  cristiana está enraizada en la Verdad: Cristo, en quien vivimos, nos movemos y existimos. Transformación crística que implica un nuevo nacimiento en el Espíritu desde lo más profundo del ser. Un re-descubrimiento de nuestro yo auténtico en Cristo. Re-nacer de presente continuo en que la semilla de la Palabra va germinando en  frutos de Amor derramado en el otro, en el yo-nosotros: amor alegría paz, paciencia afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí ( Gal 5, 22)

   La vocación a la santidad en la Iglesia es universal. Todos los bautizados somos llamados y elegidos por Dios a ser santos (LG,5). Todos los cristianos, de cualquier clase y condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor (LG, 40). La santidad cristiana, está enraizada en la unión del cristiano con Cristo. Proceso de unión, que ahonda cada vez más y más profundo en el Misterio de Cristo, crucificado y resucitado por Amor. Transformación crística desde nuestro más profundo Centro, en que gradualmente nos vamos dejando envolver en Luz Divina. Personas trans-formadas, trans-figuradas, cristificadas en un re-nacer continuo en el Amor. Dos corazones y dos libertades, la Divina y la humana. Dialogo de mutua Presencia.

   La santidad no es un recorrido privado, sino que esta Unión con Cristo en Dios nos exige una cada vez más profunda conversión a los planes de Dios en nuestra vida y un compromiso eclesial con la humanidad, alimentado del Pan de Vida, presente en la Eucaristía.   Compromiso que supone asumir el dolor del mundo, ir a su raíz, y transformar este dolor en Vida, Amor, Justicia, mediante respuestas actuales y creativas, que fomenten la llegada del Reino de Dios, aquí y ahora, en primer lugar a los más necesitados. Como lo hizo el Maestro. Estamos llamados a transformar este mundo porque en última instancia esperamos participar en ese cielo nuevo y en esa tierra nueva de la que hablan las Escrituras. Porque Dios nos ha creado por y para el Amor. Quiere que la humanidad, su creación, tenga vida, y en abundancia. Quiere que sea feliz, ya, ahora, aquí.

   La santidad verdadera, plasmará su fruto según la vocación del bautizado. No depende de un estado de vida concreto, ni de circunstancias, que son diversas, como diferentes son cada itinerario, cada recorrido de la santidad cristiana. El mayor grado de santidad, va unido al grado de unión con Dios, no al itinerario en que la santidad toma forma en la vida cristiana.  Unidad no se identifica con uniformidad. Por el contrario Dios nos creó diversos y plurales, para que de la inter-comunión de personas, dones, y bienes surja la consciencia de que el ser humano es un ser- en- relación, a imagen de la comunicación intratrinitaria de las Tres Personas Divinas. La com-unión de los santos en la Iglesia, es imagen de la comunión intratrinitaria del Padre el Hijo y el Espíritu Santo.

   Y en los itinerarios de una santidad verdaderamente cristiana, se integra el encuentro dialógico con la diversidad cultural, y religiosa del otro. Porque en  otros itinerarios religiosos las semillas del Espíritu también fructifican en frutos de santidad. Una santidad cristiana verdadera reconocerá aquello que de verdadero se encuentra en la santidad de otros itinerarios religiosos, como nos señala el Vat II (Nostra aetate, proemio): El silencio orante, la compasión, el amor al prójimo, el trabajo por la justicia social, son lugares de encuentro de santificación de todas las tradiciones religiosas. Las sinergias en la búsqueda de la Paz, la concordia y el Bien de la humanidad, hace imprescindible aunar corazones y voluntades.

   En el Gozo de este tiempo Pascual estamos llamados a dejarnos santificar en la Verdad, para comprender con todos los santos, cual es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento.

   Queda mucho por ahondar en Cristo. Santidad Verdadera.

Concepción Merí Cucart, teóloga y psicóloga. Valencia 14-4-2008.

La referencia digital http://revistacresol.iespania.es.  En el nº 80, Mayo 2008

Cenizas y personas

No hace mucho tiempo fui invitado a asistir a un entierro después de la correspondiente celebración litúrgica. Asentí pensando que el acto religioso se prolongaba con el correspondiente enterramiento en el sentido estricto y etimológico de la palabra: depositar un cadáver en la tumba propia, cubrir con tierra aquel lugar destinado para este fin, junto a sus familiares y sellando con nombre propio ese trozo de suelo.

Poco después se me indicó que después de la incineración el acto tendría lugar en un monte cercano en el que hay un santuario famoso en la zona, dedicado al ángel patrón, con la iglesia circundada por su correspondiente cementerio. Mi sorpresa fue considerable cuando al llegar a la cima de la montaña no nos dirigimos a la iglesia y al campo santo sino al campo abierto, donde comenzaron a buscar la peña más alta desde la que mejor poder esparcir las cenizas. En ese momento se produjo una situación inesperada. El hermano del difunto que tenía entre sus manos la urna cineraria prorrumpió entre cortante y retador: "Las cenizas de mi hermano no se esparcen".

Ante ese acerado desafío se decidió hacer un hoyo y derramarlas dentro de él o enterrar también el ánfora. Casi todos los asistentes eran ciudadanos que conocían mucho del monte, más mitología que geografía, más por leyendas y relatos ideológicos que por haberlo andado a pie y conocer la estructura de su suelo. Primero intentaron cavar al lado de un haya, sin percatarse de la oposición que sus raíces ofrecen a la hora de excavar. Un segundo intento chocó con un pedregal. Finalmente quienes por nacimiento éramos realmente de monte y por conocer sus trochas, tejidos y declives, perforamos un hueco donde se pudo introducir el ánfora.

Mientras caía una heladora aguanieve sobre los presentes y yo, temiendo el paso y pisadas de cabras, perros y onagros, recubría el lugar en forma de túmulo, no pude evitar el dirigir la mirada a uno de los hijos, mientras ponía mis ojos en una lastra cercana: "En el primer día libre, tú y tus hermanos volvéis a este lugar y en esa piedra grabáis el nombre, la fecha de nacimiento y la fecha de muerte de vuestro padre, porque quien no tiene nombre, lugar y tiempo, no existe, y si nadie le recuerda, no es persona. Y si él deja de existir con nombre y tiempo, dejáis también vosotros de existir, porque cerrados sobre vosotros mismos y olvidados de vuestro origen no sabréis quién sois, de dónde venís, de quién sois y ante quién estáis. Os habréis olvidado de vosotros mismos, al olvidar el lugar y los signos que mantienen viva la raíz amorosa de la que habéis surgido".

¿Qué trivialización y menosprecio han inundado la experiencia humana actual para despreciar hasta ese límite a los muertos, arrojando sus cenizas a un río, dispersándolas en el monte o espolvoreando con ellas un árbol? En la vida humana los signos son la realidad y los fragmentos son el todo. No hay relación con la persona si no hay remitencia a su tiempo y lugar propios. Quien borra las huellas del prójimo le ha arrancado de su vida, le ha condenado al exilio, le ha declarado inexistente. A la trivialización de la muerte sigue la trivialización de la vida, porque sólo quien sabe dar razón de la muerte y dar amor a los muertos, sabe dar razón de la vida y amor a los vivos. ¡Ese amor a los que han partido, decía Kierkegaard, que es el más gratuito, desinteresado y generoso, porque no nace de la melancolía sino de la gratuidad agradecida y esperanzada!

Por eso hay que poner distancia a ellos, depositándolos en lugar propio y sagrado, no reteniéndolos en casa, como alimento de la melancolía y sucumbiendo a una sensación falaz de presencia y compañía; pero a la vez hay que mantener la cercanía mediante el signo y el símbolo, el lugar y el tiempo, que se vuelven así sagrados, por participar del destino sagrado de la persona sustraída y esperada.

Lejos estoy de pensar que el guardar cenizas o el enterrar cadáveres sean pensados como la garantía de una inmortalidad o resurrección. La fe cristiana no se apoya en el soporte biológico de una incorruptibilidad física o indestructibilidad natural, a las cuales colaboraría el cuidado de esos restos. La fe cristiana es fe en la resurrección; se apoya en el Dios vivo, que ha creado a los hombres para participar en su propia existencia eterna, y lo mismo que los llamó desde la nada a la existencia los llamará desde la muerte a la vida eterna.

No estamos aquí primordialmente ante un problema religioso sino ante un hecho antropológico fundamental: el valor y la sacralidad del hombre, que se expresan en el respeto que sus prójimos le otorgan vivo y muerto. No en vano los primeros signos de humanización y expresión religiosa aparecen en la historia unidos al culto a los muertos, a sus tumbas y fechas necrológicas, al memorial de sus hazañas y a la esperanza de su compañía. Una cultura que olvida y dispersa de esta forma los despojos de los muertos los está "expoliando" y después terminará dispersando por insignificantes a los vivos. Si todo es recuerdo en el amor y espera, donde desaparecen los signos concretos de una persona concreta, ésta termina desapareciendo de la conciencia. Esa soledad otorgada a los muertos se vuelve sospecha en los vivos: no valgo la pena a nadie, si mi recuerdo no acompaña a nadie, mi soledad es definitiva y absoluta. Si no existo ya para nadie, ¿soy alguien?

Memoria e identidad son inseparables, en cada uno y en el prójimo. La Biblia define al hombre como aquel de quien Dios se acuerda, aquel de quien Dios nunca se olvida. La memoria de Dios es la garantía de la definitividad del hombre y de su valor imperecedero. Por eso en la iglesia primitiva se mantenía el mismo respeto al cuerpo de Cristo, conservado en el columnario lateral del templo y a los cuerpos de los cristianos, enterrados a su lado. Allí en esa paz que deriva de la cercanía de Cristo (eso significan las tres letras: RIP) esperan la revelación y redención definitivas. Cada uno está de alguna forma vivo mientras uno de los humanos se acuerde de él, invoque con la palabra y rece por él. ¿Quién no ha leído sin conmoverse el poema Masa de César Vallejo?

Al volver del monte esa noche me tocaba leer el canto XVI de la Ilíada. El oprobio mayor para un hombre es que su cadáver quede a merced de los enemigos o de las aves del cielo, sin enterrar, sin el honor de sus compañeros y sin la memoria fiel de los suyos. "Allí sus hermanos y amigos le harán exequias y le erigirán un túmulo y una estela, que tales son los honores debidos a los muertos" (XVI, 674-675). En este orden cada hombre es un héroe; su existencia es un absoluto por pobre y desconocida que sea; su camino hacia Dios es un camino propio; por ello reclama una tumba con nombre y fecha propios. ¿Habremos retrocedido más atrás de Homero y de los griegos? Ningún platonismo y espiritualismo, ninguna mitología de bosques, montes o ríos, puede conducirnos a esta degradación del hombre, que tiene lugar cuando se borran las huellas de su presencia y se deja a la memoria sin los fragmentos de tiempo y tierra en los que expresar el valor indestructible del ser querido, que expresamos con nuestro recuerdo, oración y veneración. Sin raíces de memoria no hay frutos de esperanza. Sin anticipo de esperanza, la existencia es una condena. Dispersar cenizas, ¿no es despreciar personas?

Olegario González de Cardedal es catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca

Què ofereix la religió a la societat del s. XXI?

Font/Autor:José Maria Vigil

Data: Dijous, 30 de novembre del 2006

 

Què ha ofert la religió tradicional

 La dificultat per definir allò que la religió ha ofert a l’ésser humà rau en el fet que no és una cosa que pugui ser fàcilment objectivada, com si es tractés d’un paquet de béns i serveis quantificables, que fossin aquí fora, com objectes davant nostre que es poguessin simplement indexar. La religió no ha realitzat serveis petits, concrets i clarament situats en un nivell determinat, sinó que la seva aportació és transversal a l’ésser humà. La religió transcendeix totes les dimensions de l’ésser humà, i podem dir que és omnipresent en tot el seu ésser i obrar. Ni la religió ni les seves aportacions a l’ésser humà no es poden delimitar perquè – i potser això no es pot dir amb tanta veritat de cap altra realitat – la religió és coextensa amb l’ésser humà.

L’arqueologia i la paleontologia actuals han situat en els darrers 70.000 anys(1) el temps en què l’ésser humà ha ofert donat senyals clars d’una vivència i d’un desenvolupament espiritual. Però aquí ens referirem a una realitat espiritual més concreta: a la forma que ha adoptat l’espiritualitat humana en els últims 4.000 o 5.000 anys, , quan amb l’avanç del neolític i de la revolució agrària, l’ésser humà se sedentaritza i apareixen les primeres ciutats, i, ben aviat, els primers imperis. És en aquesta etapa històrica quan apareixen també les grans religions mundials, les mateixes que encara avui són presents a la major part del planeta. Abans hi havia espiritualitat, però no religions. Religió, en aquest sentit, és la forma nova que adopta l’espiritualitat humana en aquests darrers 5.000 anys, a partir precisament de la societat agrària.

 

Una d’aquestes grans religions és el cristianisme. Prescindirem del fet que Jesús no va ser precisament un fundador de religions, sinó un personatge que va transmetre un missatge clarament crític i superador de la religió tradicional. El cas és que, històricament, el cristianisme finalment va convertir-se en una veritable religió, i fins i tot va assumir de manera expressa el paper de religió d’Estat com a religió oficial de l’imperi romà. De fet, el cristianisme ha funcionat com una religió, i no com una més, sinó com una de les més expansives i bel·ligerants.

 

Ens referirem, doncs, al fet religiós com al món de les religions, sense confondre’l, per tant, amb la dimensió espiritual o transcendent de l’ésser humà en general, i des d’aquest punt de partida ens preguntarem: Què han ofert les religions a l’ésser humà? En què ha consistit –i, en bona part, consisteix encara - la seva oferta?

 

• La religió(2) ha ofert a l’ésser humà, senzillament, la possibilitat de ser en el món veritable. La religió tradicional sovint ha reivindicat que el món que s’observa a través dels sentits desproveïts de la influència de la fe religiosa és un món fals, un món d’aparences, passatger, destinat a perir, que ha estat col·locat aquí simplement com un escenari en el qual transcorre l’aventura de la vida humana («el gran teatre del món», com es deia en la literatura teològica del segle d’or espanyol, amb Calderón de la Barca). Es tracta, doncs, d’un món sense importància ni entitat, que constitueix un simple mitjà o suport per a la realització de la vida sobrenatural de l’ésser humà, la veritable vida. Un món, d’altra banda, terrenal, destinat al foc un cop acomplerta la seva funció quan conclogui el període de prova per a l’ésser humà, moment en què aquest món serà substituït pel món definitiu, el de la vida eterna, de la qual actualment estem allunyats després de la caiguda. El món de la vida eterna, el món on es viu la vida mateixa dels déus, ofert a l’ésser humà per la religió, podria tenir molt poc a veure amb el món dels sentits.

 

Concretament, una religió com el cristianisme tradicional ha ofert a l’ésser humà un realisme ultrareal que el situava:

- d’una banda, en el món veritablement real i no el món enganyós captat pels sentits;
- i, d’altra banda, en el món futur, el definitiu, aquell que romandrà una vegada s’hagin consumit les aparences d’aquest món que passa: la vida eterna.

 

I amb això duia l’ésser humà a orientar la seva vida en funció d’aquestes referències religioses, de fe, que suplantaven les referències naturals. El món veritablement real, per al cristianisme, és el món de la gràcia, el món de la salvació esperada i alhora ja present («encara no però ja»); mentre que, per altra banda, el món aparentment real, el que perceben els sentits, en general ha estat per a la tradició ascètica cristiana un món menyspreable(3) del qual calia allunyar-se(4).

 

Diríem, doncs que la religió tradicional aportava a l’ésser humà, el qual ho acceptava plenament, una de les transformacions més profundes imaginables: el traslladava a un món diferent, al món de la fe, al món veritable i definitiu, tot arrencant-lo d’aquest món traïdor d’aparences i miratges. Tota la vida humana quedava així transfigurada, reconfigurada (en un marc de referències, en la cosmovisió on inscrivia la seva interpretació de la realitat, en el seu comportament conseqüent, en els valors(5) que transmetia i fonamentava). Una persona religiosa i una persona sense religió, vivien realment en el mateix món?
Això, que s’ha donat en moltes religions, ha estat també realitat en el cristianisme clàssic, en la major part de la seva història, i ha durat pràcticament fins als nostres dies, fins a la meitat del segle passat.

 

Es tracta, doncs, d’una aportació de la religió que arriba a afectar transversalment tota l’existència humana, en la mesura que fa habitar l’ésser humà en un món altre, o dit d’una altra manera, en la mesura que reinventa la realitat(6) i trasllada l’ésser humà a un món propi perquè hi habiti.

 

• La religió es constituïa a si mateixa –i així era reconeguda- com la font principal de coneixement i de valors, i com la font del principal coneixement. La religió és la Veritat, és el coneixement més profund que tenim de la realitat i la seva transcendència, és a dir, del significat més ampli i últim de la realitat, i de nosaltres mateixos.

La religió no només és la Veritat: és també la veritat sobre Déu i la Veritat de Déu, la Veritat vinguda de Déu, «revelada per Déu».

Òbviament, aquesta Veritat religiosa es proclamava a si mateixa i era tinguda per única. Qualsevol altra possible captació de la Veritat per part d’altres pobles no era veritable, ni ho podia ser.

 

La religió oferia el coneixement principal, aquell que explicava els fets primordials (la creació del món, la de l’ésser humà, la caiguda original…), els fets salvadors (l’encarnació, la redempció, fundació de l’Església i els seus mitjans de salvació), i el sentit i la missió del món (la vida comunitària i la moral a complir per arribar a la vida eterna). Els coneixements humans, els sabers pràctics, les ciències… eren considerats com a coneixements de menor importància, que, en tot cas, havien d’encaixar obligatòriament en el marc proporcionat pel coneixement religiós, sense entrar-hi en contradicció, ja que només la religió era capaç de sancionar amb ultimitat la garantia de la Veritat.

 

Quan Colom va arribar al nou Continent, va anotar en el seu diari, ja el primer dia: «Entre ells no he conegut cap mena de secta»: no hi va percebre cap senyal de religió. A la primera meitat del segle XX, molts antropòlegs encara dubtaven si la majoria de pobles indígenes tenien veritablement religió: els semblava que tot ho feien de manera no religiosa. Tanmateix, l’antropologia cultural moderna ha comprès que en aquests pobles, que poden semblar poc religiosos, en realitat tot és religiós: el cant, la dansa, l’alimentació, el treball, el sexe, la vida social… tot. I l’antropologia cultural també diu avui que no coneixem un poble fins que no en coneixem la religió: els seus mites, les seves creences més profundes, les seves divinitats, els seus arquetips, la justificació religiosa dels seus valors… Perquè, com va dir Tillich, «la religió és l’ànima de la cultura». I ho és perquè tradicionalment la seva aportació a l’ésser humà i a la societat ha estat aquesta: la del coneixement més profund, la de la Veritat més profunda i definitiva, que amara i interpreta religiosament tota l’existència humana.

• La religió oferia també la salvació. Òbviament, és impossible descriure de manera breu què és la salvació, fins i tot què sigui és la necessitat de salvació que l’ésser humà experimenta. Però d’altra banda, és clar que allò que ofereix la religió, allò que ofereix principalment, és la salvació.

Això és típic del temps de les religions (el temps que va seguir a la revolució agrària). L’ésser humà de les èpoques anteriors no cercava ni tampoc sentia necessitat de cercar la seva salvació personal. Aquesta era una preocupació inexistent. El subjecte humà no era un subjecte religiós. El subjecte era la tribu, l’horda, la comunitat… No és fins a l’època que Jaspers ha anomenat «temps axial» que es forma la nova consciència religiosa de la humanitat sobre la qual les religions construiran el seu edifici: una nova consciència de subjectivitat religiosa, en la qual l’individu passa a ser el subjecte central, el protagonista, el subjecte necessitat de salvació. Són les «religions postaxials».

Tot i que els temps clàssics medievals i barrocs ja queden lluny, fins fa ben poc la recerca de la salvació i la fugida-evitació de la condemnació han estat el motor principal del cristianisme. «Al final, aquell que se salva sap, i el que no, no sap res». L’espiritualitat ignasiana, com la barroca i la medieval, tenien com a eix central la necessitat de salvació. Hi hagué èpoques en què la por fou una de les notes dominants de la consciència social: la por davant de Déu, del diable, de la condemnació, dels esperits malignes, de la bruixeria, dels fantasmes torbadors que perseguien aquella atribolada consciència social(7). Les mobilitzacions motivades per la religió eren innombrables: pelegrinatges per aconseguir el perdó, l’experiència religiosa, la protecció divina, la superació de l’angoixa existencial i del temor religiós…

 

En la societat agrària, en què l’ésser humà se sentia interiorment esperonat a la recerca de la seva pròpia salvació com el negoci més important de la seva vida, la religió, en la mesura que oferia la salvació, es convertí en la més poderosa de les institucions d’aquest món. Dominava els éssers humans des de l’interior de la seva persona, des de la seva identitat més profunda en tant que subjectes que cercaven la salvació. Per això, sense canons ni exèrcits, la religió dominava les masses humanes i podia donar ordres fins i tot als reis de la terra, o destituir-los simplement amb la paraula. No ha existit mai força més poderosa sobre aquest planeta que la de la religió.

Els segles més recents són la història de la desaparició d’aquesta situació, desaparició que es produeix de manera incontenible i irreversible, i també espontània: no cal que ningú s’esforci per tal de conscienciar la humanitat en aquesta direcció, sinó que és la mateixa marxa del temps que va corbant l’horitzó i que de manera lenta però inexorable ens va obrint cap a d’altres evidències(8).

 • Així doncs, la religió ha ofert a la societat tradicional un servei de cohesió, d’identitat, d’ànima de la cultura, que era com un servei de programació, com un software o programa segons el qual funcionaven les persones d’una mateixa societat – per si mateixes i en la seva relació amb les altres. La religió injecta en cada individu la programació més profunda de valors comuns, d’interpretacions globals, d’una identitat comuna. Per això la religió ha estat sempre confosa amb la cultura i amb les identitats nacionals, amb l’ètnia, amb la sang… de la mateixa manera que ho continua essent avui(9).

 

Podríem dir que aquest servei de programació ha estat l’aportació màxima, la més eficaç i la més controladora que les religions han fet a les societats humanes des de l’adveniment de l’època agrària. En els darrers 4.000 anys les religions han constituït la part principal del programari que ha fet possibles les diferents formacions socials, és a dir, les agrupacions humanes en pobles, ciutats i fins i tot imperis. La programació social agrària fou sempre religiosa. La religió estigué sempre vinculada i confosa amb la societat. Podria no haver estat així? Probablement, no. Avui, però, les coses estan canviant de manera accelerada. La societat agrària es troba en franc declivi, i, concretament en les societats avançades, està desapareixent. La religió, doncs, perd peu en la nova societat. L’exercici de la programació social, la programació fixa, immutable, dogmàtica, que la religió oferia ja no és possible en la societat del coneixement, que és una societat de programació lliure. Aquesta oferta clàssica de la religió està condemnada a mort.

En resum: l’aportació de la religió, sota la forma de religions, en el transcurs dels darrers 4.000 anys, ha estat immensa, inquantificable, ni tan sols delimitable, en la mesura que religió i societat han estat tradicionalment perfectament imbricades una amb l’altra, coextenses i cointenses. Més que parlar d’una aportació de la religió a la societat, podríem dir que la societat era religiosa; i ho era essencialment, així com ho era també l’ésser humà. L’homo sapiens ha estat, essencialment, homo (et mulier) religiosus. Si la religió ha estat l’ànima de la cultura, podem dir que ha estat també l’ànima de la societat i de l’ésser humà. No podríem trobar aportació o oferta més cabdal.

 

(1) Segons altres opinions, aquest període es remuntaria a fa més de 100.000 anys.

(2) Com hem dit, tot i que ens basem en la nostra experiència cristiana, parlem de religió en general perquè creiem que el que exposem no és degut a la seva especificitat cristiana sinó simplement a la seva naturalesa religiosa.

(3) Podríem evocar aquí la tradició del contemptus mundi.

(4) Com tant representativament va expressar Fray Luis de León: « Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda por do han ido, los pocos sabios que en el mundo han sido».

(5) Podria bastar-nos una única referència, la del principi ignasià de « en la mesura que»: «serveix-te de les criatures tan sols en la mesura que serveixin a la glòria de Déu i a la salvació eterna». Perquè, al final, «aquell que se salva sap, i el que no, no sap res».

(6) La sociologia del coneixement parlarà de la «construcció imaginària de la realitat», i del «imaginari» com el més real de la realitat.

(7) Cfr. José María CASTILLO, El futuro de la vida religiosa, Trotta 2004.

(8) Això no significa, però, que la religió no continuï essent encara una de les principals forces socials en alguns indrets de la geografia cultural, ni que no ho pugui continuar essent encara durant molt de temps.

(9) «En el món modern, la religió és una força central, tal vegada ‘la’ força central que mobilitza a les persones… El que en última anàlisi conta no és la ideologia política ni els interessos econòmics, sinó les conviccions de fe, la família, la sang i la doctrina. És per aquestes coses per les quals les persones combaten i estan disposades a donar la seva vida». Huntington, Xoc de civilitzacions, 1996.

La dificultat per definir allò que la religió ha ofert a l’ésser humà rau en el fet que no és una cosa que pugui ser fàcilment objectivada, com si es tractés d’un paquet de béns i serveis quantificables, que fossin aquí fora, com objectes davant nostre que es poguessin simplement indexar. La religió no ha realitzat serveis petits, concrets i clarament situats en un nivell determinat, sinó que la seva aportació és transversal a l’ésser humà. La religió transcendeix totes les dimensions de l’ésser humà, i podem dir que és omnipresent en tot el seu ésser i obrar. Ni la religió ni les seves aportacions a l’ésser humà no es poden delimitar perquè – i potser això no es pot dir amb tanta veritat de cap altra realitat – la religió és coextensa amb l’ésser humà.

L’arqueologia i la paleontologia actuals han situat en els darrers 70.000 anys(1) el temps en què l’ésser humà ha ofert donat senyals clars d’una vivència i d’un desenvolupament espiritual. Però aquí ens referirem a una realitat espiritual més concreta: a la forma que ha adoptat l’espiritualitat humana en els últims 4.000 o 5.000 anys, , quan amb l’avanç del neolític i de la revolució agrària, l’ésser humà se sedentaritza i apareixen les primeres ciutats, i, ben aviat, els primers imperis. És en aquesta etapa històrica quan apareixen també les grans religions mundials, les mateixes que encara avui són presents a la major part del planeta. Abans hi havia espiritualitat, però no religions. Religió, en aquest sentit, és la forma nova que adopta l’espiritualitat humana en aquests darrers 5.000 anys, a partir precisament de la societat agrària.

 

Una d’aquestes grans religions és el cristianisme. Prescindirem del fet que Jesús no va ser precisament un fundador de religions, sinó un personatge que va transmetre un missatge clarament crític i superador de la religió tradicional. El cas és que, històricament, el cristianisme finalment va convertir-se en una veritable religió, i fins i tot va assumir de manera expressa el paper de religió d’Estat com a religió oficial de l’imperi romà. De fet, el cristianisme ha funcionat com una religió, i no com una més, sinó com una de les més expansives i bel·ligerants.

 

Ens referirem, doncs, al fet religiós com al món de les religions, sense confondre’l, per tant, amb la dimensió espiritual o transcendent de l’ésser humà en general, i des d’aquest punt de partida ens preguntarem: Què han ofert les religions a l’ésser humà? En què ha consistit –i, en bona part, consisteix encara - la seva oferta?

 • La religió(2) ha ofert a l’ésser humà, senzillament, la possibilitat de ser en el món veritable. La religió tradicional sovint ha reivindicat que el món que s’observa a través dels sentits desproveïts de la influència de la fe religiosa és un món fals, un món d’aparences, passatger, destinat a perir, que ha estat col·locat aquí simplement com un escenari en el qual transcorre l’aventura de la vida humana («el gran teatre del món», com es deia en la literatura teològica del segle d’or espanyol, amb Calderón de la Barca). Es tracta, doncs, d’un món sense importància ni entitat, que constitueix un simple mitjà o suport per a la realització de la vida sobrenatural de l’ésser humà, la veritable vida. Un món, d’altra banda, terrenal, destinat al foc un cop acomplerta la seva funció quan conclogui el període de prova per a l’ésser humà, moment en què aquest món serà substituït pel món definitiu, el de la vida eterna, de la qual actualment estem allunyats després de la caiguda. El món de la vida eterna, el món on es viu la vida mateixa dels déus, ofert a l’ésser humà per la religió, podria tenir molt poc a veure amb el món dels sentits.

 

Concretament, una religió com el cristianisme tradicional ha ofert a l’ésser humà un realisme ultrareal que el situava:

- d’una banda, en el món veritablement real i no el món enganyós captat pels sentits;
- i, d’altra banda, en el món futur, el definitiu, aquell que romandrà una vegada s’hagin consumit les aparences d’aquest món que passa: la vida eterna.

 

I amb això duia l’ésser humà a orientar la seva vida en funció d’aquestes referències religioses, de fe, que suplantaven les referències naturals. El món veritablement real, per al cristianisme, és el món de la gràcia, el món de la salvació esperada i alhora ja present («encara no però ja»); mentre que, per altra banda, el món aparentment real, el que perceben els sentits, en general ha estat per a la tradició ascètica cristiana un món menyspreable(3) del qual calia allunyar-se(4).

 

Diríem, doncs que la religió tradicional aportava a l’ésser humà, el qual ho acceptava plenament, una de les transformacions més profundes imaginables: el traslladava a un món diferent, al món de la fe, al món veritable i definitiu, tot arrencant-lo d’aquest món traïdor d’aparences i miratges. Tota la vida humana quedava així transfigurada, reconfigurada (en un marc de referències, en la cosmovisió on inscrivia la seva interpretació de la realitat, en el seu comportament conseqüent, en els valors(5) que transmetia i fonamentava). Una persona religiosa i una persona sense religió, vivien realment en el mateix món?
Això, que s’ha donat en moltes religions, ha estat també realitat en el cristianisme clàssic, en la major part de la seva història, i ha durat pràcticament fins als nostres dies, fins a la meitat del segle passat.

 

Es tracta, doncs, d’una aportació de la religió que arriba a afectar transversalment tota l’existència humana, en la mesura que fa habitar l’ésser humà en un món altre, o dit d’una altra manera, en la mesura que reinventa la realitat(6) i trasllada l’ésser humà a un món propi perquè hi habiti.

 

• La religió es constituïa a si mateixa –i així era reconeguda- com la font principal de coneixement i de valors, i com la font del principal coneixement. La religió és la Veritat, és el coneixement més profund que tenim de la realitat i la seva transcendència, és a dir, del significat més ampli i últim de la realitat, i de nosaltres mateixos.

La religió no només és la Veritat: és també la veritat sobre Déu i la Veritat de Déu, la Veritat vinguda de Déu, «revelada per Déu».

Òbviament, aquesta Veritat religiosa es proclamava a si mateixa i era tinguda per única. Qualsevol altra possible captació de la Veritat per part d’altres pobles no era veritable, ni ho podia ser.

 

La religió oferia el coneixement principal, aquell que explicava els fets primordials (la creació del món, la de l’ésser humà, la caiguda original…), els fets salvadors (l’encarnació, la redempció, fundació de l’Església i els seus mitjans de salvació), i el sentit i la missió del món (la vida comunitària i la moral a complir per arribar a la vida eterna). Els coneixements humans, els sabers pràctics, les ciències… eren considerats com a coneixements de menor importància, que, en tot cas, havien d’encaixar obligatòriament en el marc proporcionat pel coneixement religiós, sense entrar-hi en contradicció, ja que només la religió era capaç de sancionar amb ultimitat la garantia de la Veritat.

 

Quan Colom va arribar al nou Continent, va anotar en el seu diari, ja el primer dia: «Entre ells no he conegut cap mena de secta»: no hi va percebre cap senyal de religió. A la primera meitat del segle XX, molts antropòlegs encara dubtaven si la majoria de pobles indígenes tenien veritablement religió: els semblava que tot ho feien de manera no religiosa. Tanmateix, l’antropologia cultural moderna ha comprès que en aquests pobles, que poden semblar poc religiosos, en realitat tot és religiós: el cant, la dansa, l’alimentació, el treball, el sexe, la vida social… tot. I l’antropologia cultural també diu avui que no coneixem un poble fins que no en coneixem la religió: els seus mites, les seves creences més profundes, les seves divinitats, els seus arquetips, la justificació religiosa dels seus valors… Perquè, com va dir Tillich, «la religió és l’ànima de la cultura». I ho és perquè tradicionalment la seva aportació a l’ésser humà i a la societat ha estat aquesta: la del coneixement més profund, la de la Veritat més profunda i definitiva, que amara i interpreta religiosament tota l’existència humana.

 

• La religió oferia també la salvació. Òbviament, és impossible descriure de manera breu què és la salvació, fins i tot què sigui és la necessitat de salvació que l’ésser humà experimenta. Però d’altra banda, és clar que allò que ofereix la religió, allò que ofereix principalment, és la salvació.

 

Això és típic del temps de les religions (el temps que va seguir a la revolució agrària). L’ésser humà de les èpoques anteriors no cercava ni tampoc sentia necessitat de cercar la seva salvació personal. Aquesta era una preocupació inexistent. El subjecte humà no era un subjecte religiós. El subjecte era la tribu, l’horda, la comunitat… No és fins a l’època que Jaspers ha anomenat «temps axial» que es forma la nova consciència religiosa de la humanitat sobre la qual les religions construiran el seu edifici: una nova consciència de subjectivitat religiosa, en la qual l’individu passa a ser el subjecte central, el protagonista, el subjecte necessitat de salvació. Són les «religions postaxials».

Tot i que els temps clàssics medievals i barrocs ja queden lluny, fins fa ben poc la recerca de la salvació i la fugida-evitació de la condemnació han estat el motor principal del cristianisme. «Al final, aquell que se salva sap, i el que no, no sap res». L’espiritualitat ignasiana, com la barroca i la medieval, tenien com a eix central la necessitat de salvació. Hi hagué èpoques en què la por fou una de les notes dominants de la consciència social: la por davant de Déu, del diable, de la condemnació, dels esperits malignes, de la bruixeria, dels fantasmes torbadors que perseguien aquella atribolada consciència social(7). Les mobilitzacions motivades per la religió eren innombrables: pelegrinatges per aconseguir el perdó, l’experiència religiosa, la protecció divina, la superació de l’angoixa existencial i del temor religiós…

 

En la societat agrària, en què l’ésser humà se sentia interiorment esperonat a la recerca de la seva pròpia salvació com el negoci més important de la seva vida, la religió, en la mesura que oferia la salvació, es convertí en la més poderosa de les institucions d’aquest món. Dominava els éssers humans des de l’interior de la seva persona, des de la seva identitat més profunda en tant que subjectes que cercaven la salvació. Per això, sense canons ni exèrcits, la religió dominava les masses humanes i podia donar ordres fins i tot als reis de la terra, o destituir-los simplement amb la paraula. No ha existit mai força més poderosa sobre aquest planeta que la de la religió.

Els segles més recents són la història de la desaparició d’aquesta situació, desaparició que es produeix de manera incontenible i irreversible, i també espontània: no cal que ningú s’esforci per tal de conscienciar la humanitat en aquesta direcció, sinó que és la mateixa marxa del temps que va corbant l’horitzó i que de manera lenta però inexorable ens va obrint cap a d’altres evidències(8).

 

• Així doncs, la religió ha ofert a la societat tradicional un servei de cohesió, d’identitat, d’ànima de la cultura, que era com un servei de programació, com un software o programa segons el qual funcionaven les persones d’una mateixa societat – per si mateixes i en la seva relació amb les altres. La religió injecta en cada individu la programació més profunda de valors comuns, d’interpretacions globals, d’una identitat comuna. Per això la religió ha estat sempre confosa amb la cultura i amb les identitats nacionals, amb l’ètnia, amb la sang… de la mateixa manera que ho continua essent avui(9).

 

Podríem dir que aquest servei de programació ha estat l’aportació màxima, la més eficaç i la més controladora que les religions han fet a les societats humanes des de l’adveniment de l’època agrària. En els darrers 4.000 anys les religions han constituït la part principal del programari que ha fet possibles les diferents formacions socials, és a dir, les agrupacions humanes en pobles, ciutats i fins i tot imperis. La programació social agrària fou sempre religiosa. La religió estigué sempre vinculada i confosa amb la societat. Podria no haver estat així? Probablement, no. Avui, però, les coses estan canviant de manera accelerada. La societat agrària es troba en franc declivi, i, concretament en les societats avançades, està desapareixent. La religió, doncs, perd peu en la nova societat. L’exercici de la programació social, la programació fixa, immutable, dogmàtica, que la religió oferia ja no és possible en la societat del coneixement, que és una societat de programació lliure. Aquesta oferta clàssica de la religió està condemnada a mort.

 

En resum: l’aportació de la religió, sota la forma de religions, en el transcurs dels darrers 4.000 anys, ha estat immensa, inquantificable, ni tan sols delimitable, en la mesura que religió i societat han estat tradicionalment perfectament imbricades una amb l’altra, coextenses i cointenses. Més que parlar d’una aportació de la religió a la societat, podríem dir que la societat era religiosa; i ho era essencialment, així com ho era també l’ésser humà. L’homo sapiens ha estat, essencialment, homo (et mulier) religiosus. Si la religió ha estat l’ànima de la cultura, podem dir que ha estat també l’ànima de la societat i de l’ésser humà. No podríem trobar aportació o oferta més cabdal.

 

(1) Segons altres opinions, aquest període es remuntaria a fa més de 100.000 anys.

(2) Com hem dit, tot i que ens basem en la nostra experiència cristiana, parlem de religió en general perquè creiem que el que exposem no és degut a la seva especificitat cristiana sinó simplement a la seva naturalesa religiosa.

(3) Podríem evocar aquí la tradició del contemptus mundi.

(4) Com tant representativament va expressar Fray Luis de León: « Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda por do han ido, los pocos sabios que en el mundo han sido».

(5) Podria bastar-nos una única referència, la del principi ignasià de « en la mesura que»: «serveix-te de les criatures tan sols en la mesura que serveixin a la glòria de Déu i a la salvació eterna». Perquè, al final, «aquell que se salva sap, i el que no, no sap res».

(6) La sociologia del coneixement parlarà de la «construcció imaginària de la realitat», i del «imaginari» com el més real de la realitat.

(7) Cfr. José María CASTILLO, El futuro de la vida religiosa, Trotta 2004.

(8) Això no significa, però, que la religió no continuï essent encara una de les principals forces socials en alguns indrets de la geografia cultural, ni que no ho pugui continuar essent encara durant molt de temps.

(9) «En el món modern, la religió és una força central, tal vegada ‘la’ força central que mobilitza a les persones… El que en última anàlisi conta no és la ideologia política ni els interessos econòmics, sinó les conviccions de fe, la família, la sang i la doctrina. És per aquestes coses per les quals les persones combaten i estan disposades a donar la seva vida». Huntington, Xoc de civilitzacions, 1996.

Desmitificació i desmitologització: mite, logos i religió

La distinció ricoeuriana[1][1] entre desmitificació i  desmitologització gira al voltant del mite i del símbol, essent el segon l’expressió lingüística i alhora hermenèutico–interpretativa-  del primer.

 

L’esmentada distinció es fonamenta en els trets propis escaients que a cadascun li pertoca:

Pel que fa a la desmitificació, cal dir que comporta literalment un “desmuntar” el mite, és a dir, desfer-lo com a ficció, i veure què hi ha idarrera de la seva expressió lingüística-simbòlica que racionalment poguem descubrir. En síntesi, desmitificar, diríem nosaltres que significaria: o bé “desfer” el mite en tant que narració fictícia i/o substituir-lo per una “explicació”racional: així, el mite del deu de l’abundància és substituït per explicacions de causa-efecte a fi d’explicar la producció d’aliments o la seva reducció, o bé el deu solar –helios-  és desmitificat i, per tant, desplaçat per una explicació astronómica racional.

 Per la seva banda, desmitologitzar significaria –en terminología ricoeuriana- descobrir o “destapar” el logos dins del mite; en la mesura que allò que simbolitza el mite “fa pensar”[2][2], és a dir, dóna en enigma, i per això “no es totalmente ajeno al raciocinio filosófico”[3][3]. Cal concloure, doncs, que el filòsof ens diu que el simbol “demana” la reflexió filosófica, en generar una saccejada en el sentiment humà a fi que l’home “parli, sigui llenguatge:de cap a peus”, expressi el que li succeix. És així, ja es veu, que el símbol no és una mera expressió  lingüística, sinó una “forma” transcendental-empírica –antropològica- que suggereix un vincle entre la narració mítico-fictícia i la condició humana, de la qual la raó n’és una part. Per això, el simbol, afirmarà Ricoeur, dóna però no del tot,  insinua però no aclareix.  Aquesta és la via que haurà de seguir l’hermeèutica filosòfica i, per extensió, l’hermenèutica bíblica.

Què en treiem, doncs, de la distinció anterior?. Bàsicament que cadascuna té el seu camp de competència i de treball: i aixì, ens trobem que la desmitologització exigeix un procés més llarg –el “llarg rodeig”-, més acurat, menys “explicatiu”, més “comprensiu” (verstehen) i, per tant, més interpretable  (“auslehen”), ja que els “fets” humans mai no són estrictament “empírico-observables”; sinó bàsicament  significatius-“construïts”.

 

Aquesta mena de discurs “híbrid” simbòlico-racional presuposa aquests elements com a punt de partença, a saber:

- Que l’éser humà és “en el món” i “ja” “precomprès”, com ens diu l’enfocament  fenomenològic més general

- Que el sentit del nostre ésser rau, doncs, “en relació amb el món”; però que no som un simple apèndix del món (entenent per “món” tota la complexitat en la qual i per la qual pensem, sentim i actuem).

  - Pensar és “resituar-se” en el món, i no pas ”explicar” el món, o  explicar-nos-hi dins d’ell.

 Tot això, traduït en termes hermenèutics, no ens estalvia el reconeixement del nostres límits, l’opacitat que trobem dins del nostre ésser, començant pel “no saber” d’antuvi que trobarem dins del que som i sentim...; i és aquí on la desmitologització marca la diferència amb la desmitificació: és a dir, en aquesta última plantegem i aclarim “problemes” –objectius, empírico-verificables i plenament definibles- mantinguts com a “misteris” fins a la irrupció del “logos” que desfà el “mitos”; en canvi en la desmitologització no es plantegen “problemes” perquè el que és “misteriós” és que el “logos” es plantegi allò  que no és abordable com a “problema” i la manera de fer-ho, a saber: allò –“el misteri”- que és parcialment intel·ligible però no separable del símbol que l’expressa, tot i que és diferenciable. Per exemple, una qüestió que no és “desmitificable” i que –en tant que “misteri”- demana ser tractada en termes de desmitologització” és el mal, percebut com a experiència estranya, meta-problemàtica, no “explicable” ni “solucionable” definitivament, i en referència al qual utilitzem  formes simbòliques o simbòlico-mítiques diverses: taca, pecat, culpabilitat, mite de la caiguda, mite de l’anima desterrada, mite del destí fatalista o tràgic...; formes que “requereixen” una reflexió sobre el mal; però no per “explicar-lo” –això ho pretenen fer algunes ciències que fan discursos sobre els “fets“ (perifèrics, inevitablement) sobre l’home, com la sociología, la psicología, l’economia, ‘l’antropologia...-; sinó per comprendre’l –significació existencial-cultural- l i intentar reconduir-lo des dins del l’eser humà, o sigui, des de la seva voluntat, des del seu sentit superador del mal, des de les seves esperances, des del “lloc” interpretat –assignat- al mal en el seu univers de discurs vital-transcendent, afectiu, interpersonal... Serà l’hermenèutica –estil de pensar antropològico-cultural- com a “ontologia del testimoniatge”-   la qui s’ocupa del llenguatge simbólico-interpretatiu necessari  per a aquesta feina.

 

              La pregunta que ara brolla és aquesta:  quina de les dues categoritzacions  presentades –desmitificar / desmitologitzar-   escau a l’esperiència religiosa”. O, plantejada la pregunta d’una altra manera: equival la religió –en el context cultural nostre, com ho és la religió cristiana- a una configuració mitológica?.. Resulta innegable la presència que aquesta ha tingut dins de la religio; però això no és el que preguntàvem. Afirmar que un determinat mite –per exemple, el mite d’Adam- ha tingut el seu protagonisme en la religió judaica i cristiana, no és el mateix que dir que els continguts que s’hi troben es “redueixin” a la mateixa narració mítica.

 

              Què pretén el mite, en tant que mite?. Situar o donar referència per si sol –com  a narració- d’un fenòmen (millor, la percepció d’un fenomen) determinat, com poden ser la vida, la mort, la creació, la guerra, el mal, el patiment, l’amor l’abundància… sense contemplar altres explicacions. L’antropologia ens ensenya que el mite no admet altre saber: ell “ja” és el saber que cal, i no pot “conviure” amb altres sabers. Per això, és conservadurista, no diversificable, no gens disposat al canvi o a noves perspectivas -perquè no disposa de criteris o regles per canviar-,  aglutinador de la comunitat… És això el saber religiós?. Desplaça altres sabers?. A vegades ho ha fet en determinants perìodes;  però no sempre. Els seus símbols admeten altres versions, sense devaluar la dimensió religiosa: per exemple, el “pecat original” és un símbol que expressa la condició “feble” i complexa humana alhora que la perversió volguda. És a dir: és un símbol del mal que interpreta com allò que pesa sobre nosaltres, al mateix temps que som nosaltres els qui “hi accedim” (al mal) i en som, doncs, responsables. El saber religiós, llavors, es presenta com a desmitologitzador, és a dir, ofereix símbols per pensar, per aprofondir la condició humana; i aquesta serà la tasca de l’hermenèutica religiosa. I aquest saber és complementari i dialògic amb altres sabers: ha de ser obert, comprensiu, reconciliador de l’éser humà amb si mateix i amb els altres, en la mesura que aquesta és una tasca esencial donada la seva condició finita, ambigua, feble, recercadora de sentit…; qualitats que marquen la disposició de l’home a la Veritat i a la Felicitat. I  hom podria dir que la fe es troba aquí: en  la confianza i fidelitat, que fa que la persona humana s’esforci i desitgi la Veritat per damunt de tot. I en rigor, hom pot afirmar que això és “pensar”; la qual cosa fa que la fe sigui “intel·ligent” –“intelligere”: entri i llegeixi  en la Veritat dins de l’home (S. Agustí)-, “logos” comprensiu i mai no definitivament determinat i que compromet com a “crida” a “saber escoltar” quelcom no definible del tot, però que envolta la pròpia existencia ambigua per opacitats i febleses…; i alhora albira l’esperança en la mirada més enllà de la finitud de l’home, que per si mateixa és referida a una infinitud tant “descolocadora” com confiadament superadora.

 

              La “fe intel·ligent”, constitueix el fet que la intel·ligència genuïna comporta actes de fe: confianza, fidelitat i esperanza que fixen el que més amunt  hem denominat “llarg rodeig” o procés  interpretatiu (hermenèutic) de desmitologització, que Paul Ricoeur sintetitza així: “En  una palabra, la interpretación es la que puede abrirnos de nuevo las puertas de la comprensión, de manera que vuelve a soldarse por medio de la hermenéutica la donación del sentido, característica del símbolo, con la iniciativa inteligible y racional, propia de la labor crítico-interpretativa”[4][4]. Tenim així, la seqüència: símbol – raó – desmitologització-interpretació – acostament a la comprensió del sentit humà i transcendent de la Veritat.

                                                                                     Albert LLorca



[1][1] Distinció que Paul Ricoeur estableix i aplica en diversos treballs, en la frontera entre la filosofia i  el saber  no filosòfic, tal com ho fa en el segon volum de “Finitude et Culpabilité”, o en articles tan lúcids com “Le peché originel: éstude et signification”, “Demitiser l’acusation”, “L’hermentutique et le problème de l’interpretation” (I i II), o en la mateixa obra sobre Freud “De l’interprétation. Essai sur Freud”.

[2][2] Finitude et culpabilité. Vol II.Tad, cst. Finitud y culpabildad  Madrid, 1965. Ed.. Taurus.. p. 702.

[3][3] O.c. p. 003.

[4][4] O.c. p. 704.

Le silence, chemin de dialogue

Réflexions sur l’expérience des moines en dialogue

Quelle est la contribution des moines, les hommes du silence, au dialogue interreligieux, c’est-à-dire à l’échange verbal entre croyants? Apparemment cet apport ne peut qu’être marginal. La vocation de prière silencieuse et la vocation au dialogue semblent même s’exclure1. Mais, comme il arrive souvent, des situations paradoxales, comme celle où des moines dialoguent, se révèlent en fait très fécondes. Quand ceux-ci ont l’occasion de rencontrer des croyants d’autres religions, et plus particulièrement des personnes monastiques, ils s’entendent d’emblée merveilleusement.

Il vaut la peine d’étudier ce qui explique une telle réaction parce qu’ainsi nous trouverons des clés pour la compréhension du dynamisme du dialogue. Je veux donc décrire ici quelques expériences de «dialogue du silence», telles que j’ai pu les vivre au cours d’échanges spirituels intermonastiques. Depuis une quinzaine d’années, le Secrétariat pour le dialogue interreligieux monastique (D.I.M.) a en effet organisé des échanges avec des moines et des moniales du Japon et du Tibet. Il s’agit de séjours dans les monastères alternativement chrétiens et bouddhistes. En finale de telles expériences qui se prolongent pendant plusieurs semaines, un bref colloque permet de faire quelques évaluations de cette rencontre, mais l’essentiel se passe en silence, dans le partage de la vie quotidienne. Les participants, ils sont actuellement une centaine au total du côté chrétien, reconnaissent, que cette expérience les a cependant profondément marqués.

Lors d’un des premiers échanges, ce sont les moines zen qui nous ont accueillis au monastère du Sogen-ji près d’Okayama2.

En vivant avec les unsui, les jeunes moines, dans ce cadre prestigieux, nous avons tout d’abord été frappés par tant de similitudes au niveau des observances monastiques. Les moines zen ont recours aux mêmes pratiques spirituelles que les moines chrétiens: obéissance à une règle très stricte, docilité au responsable du zendo comme au Maître spirituel, pour favoriser le détachement radical; travail manuel, nourriture frugale, style de vie austère et attention au moment présent qui favorisent la simplicité du cœur; retraite, silence, méditation et liturgie pour apprendre à vivre en profondeur, tant d’éléments de la vie des unsui nous rappellent notre propre tradition.

C’est au moment des adieux que nous avons le plus clairement perçu la signification de ce que nous avions vécu ensemble. Nous étions tous très émus, tant les Européens que les Japonais. Comment en quelques jours de vie, pourtant rude et généralement silencieuse, tant de liens avaient-ils pu se nouer? En y réfléchissant par la suite il m’a semblé que ce n’était pas uniquement la gentillesse, bien sûr merveilleuse, des Japonais qui nous avait touchés. Nous avions surtout découvert l’accord profond qui régnait entre nos idéaux de vie. Il s’agissait même d’une connivence très spéciale qui unit les moines de tous les pays et de tous les temps. C’est comme si nous nous étions bien connus, il y a longtemps, et qu’en nous retrouvant ces jours-ci, tant de souvenirs communs étaient remontés à notre mémoire. Oui, au moment de faire nos adieux nous découvrions que nous avions participé à des retrouvailles entre frères séparés. Et une question s’imposait à nous: «Comment avions-nous pu nous ignorer aussi longtemps»?

Mais il ne faudrait pas s’arrêter aux seules concordances, car de grandes divergences apparaissaient aussi rapidement: le peu de vie réellement communautaire, la liturgie considérée comme un exercice d’ascèse, sans vis-à-vis auquel s’adresser, le caractère alternativement volontariste et quiétiste du style de vie. Au total, il faut le reconnaître, le séjour dans un monastère zen est pour le moine chrétien une succession de joie profonde et de grand énervement.

Cependant, ces difficultés provenant des grandes différences culturelles et des incompatibilités doctrinales sont vécues sur un fond d’entente tacite. Aussi les monastères apparaissent-ils, tous comptes faits, comme des lieux de dialogue privilégiés. Leur hospitalité silencieuse mais imprégnée de beaucoup d’humanité3, offre un environnement très propice pour le dialogue au niveau le plus profond.

Si les moines s’entendent si facilement entre eux, c’est d’abord parce qu’ils ont fait un long apprentissage de l’écoute. En effet, le silence monastique est d’abord un silence d’écoute. Le premier mot de la Règle de saint Benoît n’est-il pas précisément: «Ecoute»! Or, il est quelquefois nécessaire de rappeler, même aux disciples de Saint Benoît, cette évidence élémentaire: pour dialoguer il faut au moins autant écouter que parler. Ecouter l’autre, mais également prendre le temps pour se taire ensemble et écouter ce que «l’Esprit qui contient toutes choses, veut faire comprendre aux hommes de toutes langues»4. Alors nos propres paroles seront vraiment des paroles de vie.

L’environnement monastique n’est pas fait uniquement d’accueil mutuel. Les monastères, comme les grands sanctuaires ou les lieux de pèlerinage, nous mettent en présence de l’Absolu. C’est lui qui nous y accueille. Les petites querelles et les grands discours sont également incongrus en ces lieux. Tout y invite au contraire au silence. Cette expérience du sacré ne fait pas pour autant oublier la présence des autres pèlerins; elle ne nous rend pas muets. Seulement le dialogue qui peut se nouer en de telles circonstances sera situé sur ce fond de silence devant le mystère. Ce qui y est dit et qui procède d’une expérience spirituelle profonde, à la limite de l’ineffable, possède alors la force nécessaire pour provoquer une interpellation féconde. De telles paroles, dites au seuil du silence, ne sont jamais péremptoires, compactes et exclusives car elles se savent fragiles et, dans une mesure importante, inadéquates. Mais ces paroles humbles peuvent d’autant mieux trouver le chemin du cœur de nos interlocuteurs et s’y insinuer respectueusement.

Les moines d’Occident et d’Orient ont également toujours été soucieux de rendre possible la lente maturation de la vie spirituelle. Ils croient à l’importance de la patience et de l’attente. Pour que nos paroles soient paroles de vie, elles doivent non seulement plonger leurs racines dans beaucoup de silence et d’écoute, mais également être mises à l’épreuve de l’existence quotidienne. Quand on a ainsi pu partager la vie concrète de ceux qui vivent une autre foi, les expressions de leur foi sont à nouveau baignées dans leur climat originel et on ne risque plus d’en rester à un échange de concepts.

Ce souci d’entrer le plus concrètement possible dans la recherche spirituelle de nos interlocuteurs est tout particulièrement important dans le dialogue avec les Bouddhistes, toujours discrets quant au terme du chemin, mais préoccupés par la recherche, beaucoup plus soucieux de la justesse de la question que de la pertinence de la réponse.

Si dans le dialogue, l’on s’en tient aux réponses que la religion peut donner, on aboutit à une impasse, et les comparaisons ne font que souligner l’abîme qui nous sépare. Mais si, en partageant le style de vie des moines bouddhistes, nous parvenons à sentir de l’intérieur le sens des grandes questions auxquelles ils tentent de répondre, ces interrogations brûlantes de notre propre vie, comme la souffrance, l’amour, la liberté ou la rencontre avec l’Absolu, alors nous établissons un rapport vrai avec leur religion.

Nous avons probablement trop basé notre vie de foi sur l’assurance d’avoir les bonnes réponses. Certes la révélation judéo-chrétienne nous en offre d’excellentes, mais il est toujours nécessaire de les rebrancher sur les questions fondamentales de notre vie. De cette façon seulement le contact avec d’autres religions est très stimulant car la foi ne consiste pas à n’avoir plus de questions, mais au contraire à toujours chercher plus avant. Comme le dit saint Bernard: «Le bien suprême pour l’homme est de chercher Dieu»5.

Je songe ici au célèbre dialogue entre Mazu et Dazhu, des moines chinois du VIIIè siècle:

- «Quelle affaire t’amène ici? demandait Mazu.
- Je viens chercher la doctrine du Bouddha.
- Tu ne vois même pas le trésor caché dans ta propre demeure? A quoi bon errer ça et là, loin de ta maison?
Dazhu se prosterna et demanda:
- Qu’est-ce que le trésor de ma propre demeure?
- Ton questionnement en cet instant même: voilà ton trésor…
A ces mots Dazhu fut réveillé de lui-même au Cœur Originel»6.

Le trésor que nous avons à partager n’est pas une richesse donnée une fois pour toutes; il est un questionnement, une pauvreté partagée. Il reste vrai que nous avons de part et d’autres de très riches traditions spirituelles et artistiques; il est bon d’apprendre à les connaître et de nous inviter mutuellement à y puiser, mais il faut toujours veiller à ne pas nous y complaire au point de négliger de continuer à vivre et à créer.

La rencontre sincère avec d’autres croyants fait en effet apparaître tout ce que les formulations de notre propre foi ont de construit et donc de caduc. Nous sommes ainsi renvoyés à ce que notre foi a de plus natif et essentiel. Aussi la grâce la plus précieuse que le dialogue interreligieux peut nous apporter me semble être une grâce de pauvreté, de bienheureuse pauvreté, à laquelle l’Evangile nous appelle.

C’est en définitive par tout leur comportement, bien plus que par des paroles, que les moines entretiennent cette quête de l’Absolu. Le moine-poète japonais Saigyo (+1190) écrivait lors d’une visite au Sanctuaire d’Ise:

«Je ne sais pas quel Etre Saint habite ici, mais je ne puis m’empêcher de pleurer de gratitude pour lui!»7.

Les moines sont ceux qui pleurent ainsi et qui cherchent. Ils ne s’attachent pas aux réponses qui rassurent; ils ne se complaisent pas non plus dans des interrogations toujours renouvelées, mais ils se tiennent dans l’intervalle que la question a ouvert. Et c’est là qu’ils attendent en silence. La persévérance des unsui dans leur zazen, comme l’humble fidélité des bénédictins à «glorifier Dieu en toutes choses»8 sont les méthodes spécifiquement monastiques d’attendre le salut. Et c’est là aussi, dans l’attente commune de l’aurore après la nuit, qu’ils peuvent se rencontrer entre moines de différentes religions.

Ainsi apparaît déjà mieux la place du silence dans le dialogue. Il n’est pas seulement un chemin vers le dialogue, un préalable à observer avant de pouvoir entrer vraiment dans le sujet. Il est à la croisée des chemins qu’empruntent les partenaires du dialogue. La rencontre la plus décisive se vit en effet dans l’expérience commune de l’indicible, au delà des mots. D’ailleurs si nous nous sommes engagés sur les chemins du dialogue, n’est-ce pas parce que nous croyons possible cette communion au mystère qui nous dépasse tous?

Pour l’exprimer par une image complémentaire, je dirais qu’à la croisée de nos chemins nous nous retrouvons, chrétiens et autres croyants, autour de ce mystère comme autour d’un puits insondable et dont le diamètre est sans mesure. C’est ce puits de silence et de mystère qui nous fascine et tout à la fois nous sépare les uns des autres. La fascination commune nous unit, mais elle ne diminue pas pour autant cette distance incommensurable qui nous garde libres, chacun sur son chemin.

Telle est bien la situation de ceux qui tentent de dialoguer au sujet de l’Ultime. Le silence tient alors la place centrale dans le dialogue interreligieux. Mais il ne faudrait pas ériger en système cette situation. Il y a bien d’autres cas où les paroles sont plus décisives que le silence.

Il reste néanmoins que des expériences comme celles faites par les moines en dialogue font bien apparaître le rapport paradoxal mais constitutif entre la parole et le silence au profit de la rencontre interreligieuse.

 

Pierre-Francois de Béthune, o.s.b., Monastère Saint-André de Clerlande - B-1340 Ottignies-Louvain-la-Neuve (Belgique) - Tél. (32) 10/41 74 61.

Religieux bénédictin, secrétaire général du Secrétariat pour le dialogue interreligieux monastique (D.I.M.).

1. «Le moine se reconnaît non à ses paroles et ses discours, mais à son assise en silence» (tacendo et sedendo), saint Jérome, Ep. 50, 4; Pl. 22, 514.

2. Le Père Benoît Billot a raconté cet échange spirituel dans un livre intitulé Voyages dans les Monastères Zen, Paris, Desclée de Brouwer, 1987.

3. Cf. Règle de saint Benoît, 53, 9.

4. Livre de la Sagesse, 1, 7.

5. Sermons sur le Cantique, 84, 1.

6. Les entretiens de Mazu, Paris, Les Deux Océans, 1980, p. 53.

7. Cité par Yamada Reirin dans A Zen-Christian Pilgrimage, Kyoto, 1981, p. 19.

8. Règle de Saint Benoît, 57, 8.

D.I.M.
Le Secretariat pour le dialogue interreligieux monastique est un organisme des Ordres bénédictins et cisterciens. Il travaille en étroite collaboration avec le Conseil pontifical pour le dialogue interreligieux.
Il compte plusieurs sections: en Amérique du Nord, en Europe, en Inde et en Australie. Parmi les objectifs, notons l’organisation d’échanges entre moines chrétiens et moines bouddhistes ou hindous qui permettent une connaissance mutuelle concrète. Mais le but principal est d’aider les chrétiens au discernement pour qu’ils puissent avancer sur les chemins du dialogue, en particulier le dialogue au niveau de la prière et des voies spirituelles.
Secrétariat Général:
Pierre-Francois de Béthune, o.s.b., Monastère Saint-André de Clerlande - B-1340 Ottignies-Louvain-la-Neuve (Belgique) - Tél. (32) 10/41 74 61.

 

La búsqueda del sentido de la vida

Recordando a Viktor Frankl a los 10 años de su muerte


ROMA
, martes, 28 agosto 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo «La búsqueda del sentido de la vida - Recordando a Viktor Frankl a los 10 años de su muerte» que ha publicado en Análisis Digital el padre Fernando Pascual, L.C., profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum».

* * *


Hace 10 años, el 2 de septiembre de 1997, moría en Viena un famoso psiquiatra, Viktor Frankl. Su voz se difundió por los cinco continentes a través de innumerables conferencias en las que defendió su teoría psicoterapéutica: la logoterapia. Sus libros continúan entre nosotros y nos dan un testimonio particularmente vivo a favor de la dignidad del hombre, de un hombre dotado de libertad y de responsabilidad con las que puede hacer el bien o el mal.

No podemos recordar en pocas líneas lo que nos enseñó este hombre, un hebreo que sobrevivió al horror de los campos de exterminio nazi. Quizá su misma lucha en favor de la vida y de la dignidad de cada ser humano sea el resultado de una experiencia profunda que habla más que sus palabras.

De todos modos, vamos a espigar algunas ideas de Frankl que encierran una fuerza particular. Cada hombre, tú, yo, el más desgraciado de los miserables, tenemos dentro de nosotros una mente y un corazón que nadie puede tocar, que nadie puede destruir. Es cierto que nos pueden secuestrar, encadenar, amenazar. Pero nadie nos puede obligar a pensar lo que no queremos, ni amar lo que odiamos, ni despreciar aquello que es lo más importante para nosotros. A lo sumo, podrán dañar nuestro sistema nervioso o destruir partes importantes de nuestro cerebro, pero entonces no habrán doblegado la capacidad del espíritu: un hombre enloquecido no puede usar plenamente de sus facultades, no es capaz de amar en plenitud.

En los campos de concentración, decía Frankl, los verdugos querían anular la dignidad y las energías espirituales de sus prisioneros. Algunos, quizá muchos, sucumbían, y llegaban a ser con sus compañeros tan crueles como crueles eran los carceleros. Pero otros, con una energía espiritual indestructible, eran capaces de abrir el corazón a la esperanza, de ayudar al vecino de cama menos afortunado, o de soñar, al anochecer, entre el frío y el cansancio, en la esposa o el esposo que quizá les seguía esperando en algún rincón del planeta.

No han desaparecido, por desgracia, los campos de concentración y de exterminio. Pero resulta dramático encontrarse con jóvenes o adultos desesperados, dispuestos al suicidio o al abandono, cuando conservan a veces todas sus energías físicas e, incluso, bienes materiales más que suficientes. ¿Por qué su angustia, por qué su "neurosis"? Quizá, nos diría Frankl, porque no han encontrado el sentido de su vida. Es cierto que muchas neurosis tienen un origen psicosomático. Pero también es cierto que hay neurosis que nacen, precisamente, del sentimiento del fracaso de quien no tiene ningún proyecto serio por el que luchar, por el que sufrir.

Cada hombre y mujer, en esta tierra, puede vivir para algo, puede vivir para alguien. Querer vivir "para nada", en la desesperación y en el vacío de quien busca atrapar el placer del momento sin ningún proyecto serio, sin ningún amor sincero, es caminar hacia la propia destrucción emocional y existencial. Es un suicidio moral, quizá tan grave como el suicidio físico, al que no pocas veces, por desgracia, conduce.

Por eso la terapia a la neurosis moderna radica en ayudar a los demás (y ayudarnos a nosotros mismos) a descubrir nuestro quehacer, nuestra misión en esta vida. No se trata de encontrar que de la noche a la mañana puedo empezar a ser pintor, o médico, o bombero. Lo que debo hacer, con seriedad y con realismo, es ver lo que ha sido mi trayectoria personal para coger los hilos que me dicen qué espera de mí la vida, qué anhelan los demás de mi existencia.

Un marido descubrirá, tal vez, que se ha drogado con su trabajo y ha dejado de lado a aquella a la que amó algún día, y que no piensa en sus hijos sino cuando hay que tocar temas económicos. Un borracho llorará al darse cuenta de lo mucho que podría consolar a su madre enferma si dejase, esta vez para siempre, las cervezas para cumplir con sus deberes de hijo. Un joven que vive de discoteca en discoteca descubrirá, si tiene valor para pensar en serio, que una buena familia no nace de las fiestas, sino del estudio y del trabajo de quien decide amar de verdad a quien hoy es la novia y mañana será su esposa para siempre.

Alguno pensará que hay situaciones sin sentido. Un cáncer en un adolescente, un accidente de carretera que deja inválido a un padre de familia, una hemorragia cerebral que obliga a una madre a quedarse para siempre en una silla de ruedas, ¿pueden tener un significado, un valor? Frankl nos diría que sí. El espíritu humano es tan fuerte que puede sobreponerse al dolor y darle una luz y un significado superiores. También es cierto que puede haber quien no soporte ni un dolor de estómago y que se desespere cuando pierde el dedo de una mano. Pero eso es señal de un fracaso más profundo: no hemos sabido descubrir lo que la vida nos estaba pidiendo en los pequeños o grandes dolores de cada día.

En el horizonte de las infinitas situaciones humanas, Frankl supo descubrir la presencia ignorada y escondida de Dios. Hay un designio que nos supera, nunca comprendido del todo; hay un proyecto en el que cada uno tiene un lugar maravilloso. Descubrir ese proyecto de Dios, pensado para mí, para mi propia felicidad y para el bien del mundo, es una tarea que nos pide a todos abrir el corazón a la esperanza. El dolor no es el fracaso de una vida sin sentido. El dolor es una invitación a dar sentido a lo que parece una vida fracasada, pero no lo es: todo vale en el horizonte del amor de Dios.

Hace 10 años Frankl cruzaba la frontera del misterio. Aquí trabajó para ayudarnos a descubrir el sentido de la vida. Allá verá todo, junto a Dios, en la plenitud de su significado. En palabras de otro enamorado de la vida, el Papa Pablo VI, podríamos añadir, en el respeto de la fe judía del gran psicólogo austríaco, que "todo es don; detrás de la vida, detrás de la naturaleza, del universo, está la Sabiduría: y después, lo diré en esta despedida luminosa (Tú nos lo has revelado, Cristo Señor) ¡está el Amor!". Un amor que es más fuerte que la muerte, que el odio, que la enfermedad.

Ese es el mensaje que nos dejó Viktor Frankl. Acogerlo y vivirlo toca a cada uno, desde su situación personal, desde lo que le pide la vida y, más en profundidad, desde lo que le pide ese Dios que nos espera a todos en un cielo para siempre.

La figura de Charles de Foucauld

Missió i diàleg.

Font/Autor:Pare Jacques Levrat

Data: Dijous, 09 de novembre del 2006

 

Conferència de Quaresma de Jacques Levrat

Fourvière, 12 de març de 2006

 


Missió i diàleg

La figura de Charles de Foucauld


És amb una certa emoció que retrobo l'Església de Lyon. És ella que em va acollir, em va formar i em va enviar en missió al Marroc. Des de fa prop de 40 anys, visc a l'Església de Rabat on he descobert el treball de l'Esperit en un context cultural i religiós ben diferent del que coneixia. Però és el mateix Esperit el que està treballant per tot arreu del món...
Quan l'Església de Lyon em va invitar a parlar-vos, vaig acceptar aquesta proposició amb alegria.
En efecte, estic molt content de poder donar testimoni davant vostre de la vitalitat de l'Església que està en el Magrib enmig dels germans musulmans. De compartir amb vosaltres els seus patiments, les seves alegries, i també la seva esperança.


No explicaré un panorama detallat de les seves diferents activitats perquè seria avorrit. Sinó que el que em proposo, més aviat, és fer-vos descobrir la seva ànima, l'Esperit que l'anima. Ho faré basant-me en el testimoni del germà Charles de Foucauld, ja que ell va viure un estil de missió renovat que il·lumina la nostra manera de ser cristià avui en món musulmà. I perquè l'Església, en beatificar-lo, ens el proposa com a model.


A partir de l'experiència espiritual de germà Charles, desenvoluparé la meva reflexió en tres eixos:
- La Visitació i la trobada amb l'altre,

- Com Jesús, escoltar i preguntar a l'altre,

- Ser, amb Jesús, el "germà universal".

 

1. La Visitació i la trobada de l'altre.


Charles de Foucauld, després d'una llarga estada a Orient, - a la Trapa d’Akbès i a Nazareth -, va desembarcar al port d'Alger el setembre de 1901 amb un amic monjo, i es va quedar a la Trapa de Staouéli, fundada en 1843 a la regió d'Alger. Allà, el Pare de Foucauld pregà davant d'una imatge de la Mare de Déu que representa a Maria que porta, dins d’ella, el seu nen, una figuració poc comú en la tradició cristiana... (1)


Després d'una breu estada a Alger, Charles de Foucauld va a instal·lar-se a Beni Abbès, a prop de la frontera marroquina. Allà, amb molta cura, construeix una casa molt simple per viure la seva fe, prop dels habitants d'aquesta regió, per poder-hi acollir germans. Per a decorar l’oratori, pinta, amb les seves pròpies mans, un quadre representant la trobada de Maria amb la seva cosina Elisabet en la Visitació. Una elecció significativa, veiem-ho.


Ho completarà amb un segon quadre que representa la Sagrada Família (2).
Aquestes dues escenes són com un resum de la seva experiència espiritual, viscuda a Nazareth, i de la trobada amb la imatge de la Mare de Déu a la Trapa. Estan allà, a prop del tabernacle davant del qual passa llargs moments, cada dia. Aquests quadres expressen el que és el seu projecte apostòlic a Algèria: no busca ja la soledat, com a Orient, ara vol dedicar la seva vida a la trobada de l'altre prenent com a model la Mare de Déu a la Visitació.

 

Charles de Foucauld reprendrà de diferents maneres aquesta trobada de Maria i Elisabet en les seves pregàries i els seus escrits. Aquesta elecció va marcar la seva vida apostòlica a Beni Abbès, i després a Tamanrasset. I, després d'ell, el relat del Visitació marcarà profundament la vida de les Esglésies del Magrib.


En efecte, en aquests països, els cristians, i no només entre els deixebles directes de Charles de Foucauld, viuen d'aquest misteri, generalment d'una manera molt discreta. Afortunadament, alguns d'ells van deixar rastres escrits d'aquesta experiència espiritual. En destaco tres.
El pare Peyriguère, per exemple, que ha viscut 30 anys en el Atles Mitjà marroquí, ocupant-se dels malalts de El Kebab i de la regió, posà èmfasi, en els seus escrits espirituals, en la necessitat d'estar habitat pel Crist (3), i fer el vincle entre les seves múltiples trobades de la vida diària i la Visitació.


El pare Jean-Mohamed Abd-el-Jalil també. Aquest Marroquí, musulmà, batejat en 1928 i ordenat sacerdot en l'ordre franciscana, va viure la seva fe cristiana en el context difícil de la colonització. De gran sensibilitat, va experimentar, penosament, en pròpia carn, la falta de respecte de nombrosos cristians envers els musulmans. Essent professor a l'Institut catòlic de París, escriurà un llibre que té per a títol "Maria i Islam". En l'última pàgina d'aquest llibre, escriu: "El misteri marià que, per excel·lència, ha de viure's davant els musulmans, és el de la Visitació"(4). És, en efecte, per a ell el model d'una vertadera trobada profundament respectuosa de l'altre...


És també el cas de Christian de Chergé. Durant la guerra d'Algèria, aquest soldat francès va ser salvat de la mort per un amic algerià, guarda forestal, que es va sacrificar per ell[1]. Aquest esdeveniment orientarà tota la seva vida. Essent sacerdot, elegirà consagrar-se als Algerians, serà monjo i prior de la Trapa de Tibherine i, quan li toqui, amb els seus germans monjos, donarà la vida per aquest país. Ell també va meditar i escriure molt sobre el Misteri del Visitació, i el sentit de la presència cristiana en el món musulmà.


Entre els seus textos sobre aquest tema, aquí tenim un fragment de l'homilia que va pronunciar en la festa del Visitació, el 31 de maig de 1993:


"L'Església ha vingut a aquest país per a una urgència de servei, o de presència... Com Maria, porta en ella l'Emmanuel. És el seu secret. No sap com dir-ho. Ha de dir-ho? I vet aquí que sovint, és l'altre - el musulmà - que pren la iniciativa de saludar, com Elisabet parlant la primera amb la llibertat de l'Esperit del qual sabem tot el que pot revelar de comunió profunda, més enllà de totes les fronteres i les diferències. Llavors s’ allibera en nosaltres també, una pregària irresistible, la d'un Magnificat".(5)


Aquestes línies il·luminen la missió de l’Església al Magrib: com Maria, es posa en marxa, va a trobar-se amb l'altre amb esperit de servei.


La trobada es fa a casa de l'altre, com passà amb Elisabet. L'Església doncs ha de fer el camí que la condueix cap a l'altre. I, com Maria, porta en ella un misteri, està habitada per la presència divina. Un misteri que la sobrepassa i que ha de viure en el silenci i la contemplació... Maria, de camí, devia preguntar-se què diria a la seva cosina, com explicar-li el que li passava. No tenia paraules per dir-ho... L'Església, tampoc, no té les paraules per dir el misteri que viu. Serà sempre inexpressable!

 

Quan les dues dones es troben, una emoció molt intensa les trasbalsa. Una sotragada d'alegria que ve dels nens les agafa, l'esdeveniment fins a cert punt les supera... Maria no diu res, és Elisabet qui parla. En realitat, és l'Esperit qui parla en ella, qui l'ajuda a trobar les paraules que donen sentit. Maria s'expressarà al seu torn. És una pregària de lloança, d'acció de gràcies el que brolla del seu cor: "La meva ànima magnifica  el Senyor i el meu esperit s'omple d'alegria en Déu Salvador meu".


A Maria la impulsava el desig de servir, un servei ben concret. Però, perquè estava habitada pel Crist, la trobada va prendre una nova dimensió, molt més enllà del que podia imaginar...
El cor de la missió està aquí, és això mateix. He d'anar cap a l'altre, trobar-lo en el seu propi terreny, posar-me al seu servei. I, si estic habitat realment pel Crist, la trobada tindrà una plenitud que em sobrepassa i de la qual he de donar gràcies.


Així doncs, a poc a poc, l'Església descobreix que, en la missió, allò que és primer, no és la conversió de l'altre, sinó la nostra pròpia conversió. Ha de viure, simplement, humilment, el misteri que habita en ella. No ha d'imposar-se. Sobretot ha de vetllar per no destorbar[2] Aquell que viu en ella i la feina de l'Esperit. Comprenc que el que importa, no són les meves paraules, sinó les de l'altre, ja que em diuen el que viu, el que porta en ell d'humanitat, de projectes, d'esperança... És el que ha d'atreure la meva atenció, el que he d'escoltar i acollir. A partir d'això, si el context és favorable, podem dialogar més, anar avançant... Tenim, en efecte, coses que dir-nos sobre les nostres experiències espirituals.


Christian de Chergé sovint ha comentat aquest evangeli del Visitació per descobrir la seva riquesa i viure'l amb els seus germans, en l'Església. Aquest any més concretament, hem de recordar-nos d'aquest testimoni dels nostres germans monjos. En efecte, van morir fa deu anys. Era el 26 de març de 1996, l'endemà de la festa de l’Anunciació. I, 56 dies més tard, el 30 de maig, en la vigília de la festa del Visitació, els seus caps es van trobar[3]... Van viure 56 dies una vida amagada, de la qual no se'n sap res, un temps de maduració, de gestació, que preparava el seu veritable "naixement", la trobada amb el Senyor.


El seu sacrifici és certament el senyal més fort adreçat per les Esglésies del Magrib als nostres germans musulmans. Ens mostra que la part fonamental de la missió no és tant el que podem fer o dir, sinó la nostra qualitat de vida, la nostra qualitat de ser, el nostre amor il·limitat. Es van situar simplement com "homes de pregària enmig d’homes de pregària"[4]. Estaven habitats pel Crist, la seva mort va fer estremir, fins al fons, aquells que venien a visitar... . Estaven habitats pel Crist, la seva mort va fer estremir, fins al fons, aquells que venien a visitar...

 

El seu sacrifici i el d'altres germanes i germans cristians - coneguts i desconeguts - és un do de Déu a la nostra Església. Hi ha també una llum que dóna sentit al sacrifici de nombrosos cristians que, cada dia, humilment, discretament, dediquen la seva vida al servei dels seus germans musulmans[5].


Charles de Foucauld va tenir, davant dels ulls, en la seva capella, el quadre del Visitació. De trobada en trobada, va preparar la trobada amb el seu “Molt Estimat Senyor Jesús”. Ell que li agradava de repetir: "viure avui com si hagués de morir aquesta nit, màrtir". Va mostrar i va obrir aquest camí.

 

2- Com Jesús, escoltar i preguntar a l'altre.

 

Maria, desprès de la trobada amb Elisabet, ja ho hem observat, va escoltar les paraules pronunciades per aquesta. Va estar atenta al que brollava del cor de la seva cosina.
Aquesta actitud correspon a la que el mateix Jesús va practicar i ensenyar. En efecte el primer gest públic de Jesús, explicat a l'Evangeli, se situa a Jerusalem, quan, als 12 anys, es va trobar enmig dels doctors.
Ara bé, ens diu el text: Jesús estava allà, "escoltant-los i preguntant-los".
Jesús no comença per ensenyar, per dir als seus germans humans el que han de fer... És allà, en una actitud de recepció, de disponibilitat, d'escolta respectuosa: "suau i humil de cor". Escolta. Pregunta també. No com un funcionari que ha d'informar-se, sinó com un enamorat que vol saber el que viu en el cor de l'altre, que pretén comprendre'l, que vol descobrir el millor de l'altre.
Jesús ha consagrat el temps més llarg de la seva vida a escoltar. Volia conèixer el seu poble, les seves misèries per descomptat, i també les seves alegries, la seva esperança... A continuació, només a continuació, parlarà. Ho farà fins i tot amb autoritat, ja que sap el que hi ha en el cor de l'home!


En aquesta època, no es parlava encara de diàleg... Però sabem avui que aquesta actitud d'escolta respectuosa és la primera condició. Un dels objectius del diàleg és, en efecte, descobrir el que hi ha de millor en l'altre. I, a partir del millor, és possible intercanviar, compartir, enriquir-nos mútuament amb les nostres experiències espirituals.


Ara bé, podem observar que Charles de Foucauld va dedicar molt de temps a l'escolta i al descobriment de l'altre. Ja, en el seu "Reconeixement al Marroc" - un "visita" de caràcter científic-, per raons pràctiques, havia elegit posar-se en una situació de silenci. Al principi del seu viatge, parlava bastant malament l'àrab dialectal i molt poc el bereber. I sobretot, disfressat de jueu, no volia fer-se reconèixer. Aquest silenci, obligat fins a cert punt, li va permetre observar molt atentament el país i els seus habitants. És probablement una de les raons de la qualitat científica del seu treball. Un treball que continua essent una obra de referència sobre el Marroc del final del segle XIX.


Anys més tard, quan Charles de Foucauld torna al Magrib, és per amor als seus amics tuaregs que vol conèixer la seva llengua i la seva poesia, que els escolta i els pregunta detingudament. Fa, allà encara, un treball científic de gran qualitat: un diccionari de llengua tuareg de més de 2.000 pàgines manuscrites i amb recopilacions de poesia berebere. Les seves motivacions havien evolucionat. No havia ja de sortir dels problemes personals en els quals encara estava ficat, en temps de "Reconeixement al Marroc"; havia adquirit una gran llibertat interior, una nova capacitat d'estimar, d'escoltar i preguntar.


Aquests treballs saharians són una expressió del seu respecte per una cultura en la qual reconeix, i vol fer conèixer, les seves qualitats, els seus valors. Són, per això, un senyal del seu amor, del seu desig de conèixer millor les persones per a, segons els seus propis termes, "esdevenir un d'entre ells"; com Jesús, per la seva Encarnació i la seva vida a Natzaret, va passar a ser un d'entre nosaltres.


La qualitat d'aquests treballs científics en fa, avui encara, uns instruments indispensables per conèixer la llengua i la poesia tuareg que expressa l'ànima profunda d'aquest poble. Un ànima preparada per estremir-se, si se la descobreix.

En l'actualitat, en el Magrib, entre d'altres formes de presència, cristians creen i treballen en centres d'estudi, biblioteques, per descobrir les diferents cultures d'aquesta regió, i per posar-se al servei del desenvolupament dels homes. Aquests centres culturals són llocs de trobada privilegiats entre cristians i musulmans. Trobades que se situen, deliberadament, a nivell cultural, en l'humanisme. No hi ha un humanisme sectari, però obert a intercanvis sobre el que dóna sentit a la vida, un humanisme disponible a intercanvis en l'àmbit religiós...


Poso èmfasi en aquesta dimensió humanista perquè massa sovint, em sembla, s'aborda als Magribins posant a sobre d’ells l'etiqueta de "musulmà". Una etiqueta religiosa que funciona com un marc o una disfressa[6] que no permet entendre la riquesa i la complexitat de la seva història, la seva vida social, la seva personalitat. En aquests centres d'estudi, tenim com a objectiu de trobar un altre amb tota la seva riquesa cultural. Una cultura que inclou una dimensió religiosa, certament, però a la qual no se la pot mai reduir. Es més que això!
L'escolta de l'altre, la seva recepció, tal com és, demana també que sapiguem prendre el temps necessari per la trobada i respectar les etapes. Prenent model sobre la paciència divina: "Mil d'anys són per a Ell com un dia". Atès que Déu treballa el cor de l'home en profunditat, a llarga durada.


Quan s'intenten cremar etapes, penso en l'episodi de l'Evangeli de Marc que vaig necessitar temps abans de comprendre. Jesús, ens diu el text, per anar un dia al país del Gerasencs, va haver de travessar el llac per tornar a l'altra riba. Durant la travessia pateix una forta tempesta - anar cap als pagans remou sempre moltes coses. Allà, troba un home "posseït d'un esperit impur", Jesús l'allibera d'aquest esperit astut, i, després d'un moment passat amb ell, Jesús es prepara per tornar a sortir, i retorna a la seva barca. En aquell moment, el Gerasenc manifesta el desig de seguir-lo. Però Jesús, veient les seves bones disposicions, li proposa un altre programa, li diu: "Ves a casa teva, amb els teus, i anuncia'ls el que el Senyor ha fet en tu i com s'ha compadit de tu" (Mc 5.19).


Aquest home, si hagués seguit Jesús, hauria pogut ser testimoni de la seva mort, la seva resurrecció, dels dons de l'Esperit, en una paraula de la plenitud del misteri pasqual... Però Jesús el retorna als seus i li dóna una missió: donar prova de la seva curació i aquest encontre que acaba de viure...


El mateix succeeix per a nosaltres que hem de viure el moment present, amb alegria, gratuïtat, disponibilitat: el futur segueix estant obert, està en les mans de Déu.
Quan Charles de Foucauld va arribar al Magrib, tenia pressa per proclamar tota la Bona notícia i batejar... Però, a poc a poc, l'escolta atenta de les persones entrevistades i els anys d'estudis li han permès conèixer millor l'altre tal com és - amb la seva història i les seves riqueses. L'altre és un germà, i és treballat per l'Esperit. He de trobar-lo, però també he de respectar el seu propi camí espiritual cap a Déu.
Ja que, com diu el profeta Isaïes: "els vostres pensaments no són els meus pensaments, i els meus camins no són els vostres camins" (Is.55,8). Per això Charles de Foucauld va aprendre a viure com a "germà universal".



3- Ser, amb Jesús, el "germà universal"

Això no és espontani i no s'hi arriba sense un llarg treball en un mateix. Quan s'observa atentament el text de "Reconnaissance au Maroc", es constata que el jove Vescomte de Foucauld utilitza encara un vocabulari caracteritzat pel context cultural rebut de la seva educació. Els seus judicis sobre els Marroquins, musulmans i jueus, són, sovint, durs i severs...
El seu viatge al Marroc se situa fins i tot el mateix any del famós discurs d'Ernest Renan pronunciat a la Sorbona en el qual afirma, entre d'altres coses, cito: "la nul·litat intel·lectual de les races que extreuen només d'aquesta religió (l'islam) la seva cultura i la seva educació"...
No obstant això, Charles de Foucauld, ja en aquesta època de la seva vida, va aconseguir separar-se de la mentalitat ambient. Obrir el seu cor a l'altre, més enllà dels prejudicis de raça i de religió. Observem que va tenir vertaders amics marroquins, com, per exemple, el Hadj Bou Rhim a qui ret homenatge en el seu "Reconnaissance au Maroc":


"(vos) que amb risc de la vostra seguretat m'heu protegit en el perill, a qui dec la vida, de qui el record llunyà m'omple d'emoció... Com expressar-vos el meu reconeixement?".


I freqüentment, en els seus escrits, esmentarà els seus amics marroquins amb els quals pretén conservar vincles. La seva rectitud fonamental li va permetre admirar la fe d'aquells que trobava. En una carta enviada al seu amic Henry de Castries, li escriu:


"L'Islam va produir en la mi una profunda convulsió. La visió d'aquesta fe, d'aquests ànimes vivint en la contínua presència de Déu, em va fer entreveure alguna cosa de més gran i de més vertader que les ocupacions mundans".(6)


Aquests creients musulmans el van ajudar a redescobrir la seva pròpia fe... Noto que l'experiència de la trobada de l'altre i el diàleg, si es porten bé, ens tornen cap a nosaltres, ens obliguen a treballar-nos a nosaltres mateixos, a posar-nos en la recerca de la veritat, a la recerca de la mirada de Déu.


I quan s'observa atentament el vocabulari del Pare de Foucauld, així com el seu comportament, es descobreix, amb el pas dels anys - més concretament després de la seva conversió - una evolució cap a més respecte, més estimació vertadera pels seus germans del Magrib i del Sàhara. Ha hagut d'operar - i hem de fer-ho encara avui - una vertadera purificació de la memòria per modificar la seva mirada sobre els altres i per a sentir-se i voler ser "germà universal", com ho va declarar, a partir de 1901. Una nova fórmula, una nova actitud - revolucionària en aquesta època. Es tradueix, en senyals molt simples: així demana que li diguin "germà Charles' o "germà Charles de Jesus", sense títol de reverència! Però ser germà universal suposa més que això, és una conversió que cal reprendre cada dia...


Insisteixo en la tasca intel·lectual de germà Charles. El Senyor ens demana en efecte que fem aquesta part de camí que podem i hem fer per nosaltres mateixos, amb la intel·ligència que ens va donar. Però amb això no n'hi ha prou. El nostre cor també ha de convertir-se, obrir-se a l'altre. Deixar-se tocar, commoure, deixar-se conduir, anar cap a l’altre i esdevenir capaç d'estimar...


Les llargues hores passades, pel germà Charles, davant del tabernacle li van permetre deixar-se habitar pel cor de Jesús, deixar-se transformar per ell, esdevenir germà universal... És observant el Crist en creu, especialment aquell que va pintar ell mateix a sobre del tabernacle de la seva capella. I també amb la celebració del sacrifici de la missa i la comunió amb el misteri pasqual, que, a poc a poc, va poder obrir el seu cor a les dimensions del cor del Crist. Va comprendre l'amor universal de Jesús. Va voler-lo imitar, es va deixar transformar per ell per esdevenir germà universal.


La presa de consciència d'aquesta exigència de fraternitat va a conduir-lo a girar-se en contra de les injustícies colonials, de les quals fou testimoni. Encara més pel fet que venien de persones que es deien cristianes i que toleraven encara l'esclavitud. Ho farà fins i tot amb vehemència:


"Desgraciats vosaltres hipòcrites que poseu en els segells i per tot arreu:" Llibertat, Igualtat, Fraternitat, Drets humans, i que rebleu les manilles dels esclaus... que permeteu robar nens als seus pares per vendre'ls públicament; que castigueu el robatori d'un pollastre i permeteu el d'un home "...(7)


El germà Charles no podia suportar de veure als seus germans del Sàhara humiliats, tractats amb menyspreu. Se les tenia amb aquestes persones, considerades com a "cristianes", que enfosquien el missatge fraternal i alliberador del Crist. Un esdeveniment, viscut alguns anys després de la seva intuïció de germà universal, em sembla molt significatiu per entendre aquesta evolució.
Estem al 1908. Charles de Foucauld té cinquanta anys. Es va endinsar encara més dintre del desert, establint-se a Tamanrasset.
Treballa en el seu monumental diccionari de la llengua tuareg.
Aleshores, no plou, a Tamanrasset, des de fa dos anys. La gent viu en una gran misèria, Foucauld resumeix la situació en una frase brusca: "Les cabres estan tan seques com la terra i la gent del voltant de les cabres". La prova es prolonga. Ja havia distribuït al seu voltant el menjar i els medicaments dels quals disposava. Ell mateix es debilita molt i pateix escorbut.
No obstant això, s'esforça per a treballar fins a onze hores al dia en el diccionari tuareg. A més, s'aïlla molt. Des de fa onze mesos, només ha rebut dues visites de cristians. No té doncs correu ni rep notícies. No pot celebrar tot sol la missa[7]. Pateix molt... Ni tan sols rep ja la visita dels seus veïns, no tenint ja res més per compartir amb ells... El cansament s'acumula... i el dilluns 20 de gener de 1908,  ja no pot ni aixecar-se. Escriu llavors en el seu quadern: "Obligat a interrompre el meu treball - Jesús, Maria, Josep, us dono la meva ànima, el meu esperit i la meva vida". Es disposa a morir...


Una persona el descobreix en aquest estat i alerta als seus veïns que, prenent llavors consciència del seu estat i el seu deure d'hospitalitat, es posen a la recerca de les cabres de tota la regió. En troben algunes que tenen encara una mica de llet i, en un gran impuls de solidaritat, li salven la vida... Gràcies a aquests aliments i a l'afecte que descobreix, Charles de Foucauld, en algunes setmanes, retroba les forces i torna a treballar.


Aquest 20 de gener de 1908 es va produir, penso, una presa de consciència en aquest home, passant fins a cert punt, de la mort a la vida: volia ser "germà universal" però en realitat, era encara el que acollia, el que distribuïa menjar i medicaments, el que era capaç de realitzar un diccionari que serà útil a generacions... Però ara els papers s'inverteixen. És ell qui és acollit, és ell que està en la necessitat i qui rep ajuda. No està ja en la situació d’aquell que té, que sap i que dóna, sinó en la d’aquell que té necessitat dels altres i que accepta rebre... Aquest dia, va experimentar i probablement va comprendre millor el sentit de la fórmula: "germà universal". I ho viurà intensament fins al darrer dia.


Ser germà, és també acceptar ser estimat, rebre de l'altre, i això demana molta humilitat. És més fàcil, en efecte, i més agradable donar... El germà Charles accepta ara rebre de l'altre una ajuda material, per descomptat, els testimonis d'amistats també, però encara més que això...
Hem vist tot el que va rebre dels seus germans musulmans a partir del seu "Reconnaissance au Maroc": "L'Islam va produir en mi una profunda convulsió..." (10). La fe d'aquests creients va produir en ell un estremiment, el va trastornar, el va posar en el camí de la recerca de Déu.
El germà Charles també va rebre de l'Islam el sentit de la grandesa de Déu. Diverses vegades en els seus escrits no dubta a citar l'expressió alcorànica "Allah Akbar". En la mateixa carta a Henry de Castries, ja citada, escriu:


"Allah Akbar, Déu és més gran, més gran que totes les coses que podem enumerar; només Ell, després de tot, mereix els nostres pensaments i les nostres paraules". I continua: ¡"Allah Akbar!" La pau, la guerra passen! Déu és més gran, només Ell sol no passa".(11)


De la mateixa manera, en els seus escrits, esmenta diverses vegades: "el sentiment continuat de la presència de Déu", una expressió típicament musulmana de la qual s'alimenta...
El germà Charles doncs va rebre, dels seus germans musulmans, valors espirituals que van marcar-li la vida. Ho sap i ho reconeix. Es va convertir en el seu germà.
Avui encara l'Església que està al Magrib ha de ser humil i fraternal. No pot arribar amb idees massa fetes i certeses sense falles... Ha d’acceptar també rebre. Per això, ha de viure propera als musulmans, escoltar-los atenta i respectuosament per descobrir i acollir en ells el treball de l'Esperit que la precedeix. És cooperant amb la feina de l'Esperit que l’Església pot, avui, caminar amb els germans d'aquests països, i amb ells avançar més enllà encara: duc en altum...

Abans de concloure, vet aquí dues reflexions que m'han il·luminat molt


--- La primera és el fruit d'una trobada fraternal. El pare Peyriguière, aquest deixeble de germà Charles que esmentava més amunt, ha viscut prop de 30 anys a El Kebab, al cor del Atles Mitjà, ocupant-se dels seus germans marroquins. Havia teixit, al compàs dels anys, forts llaços d'amistat amb nombroses persones, però més concretament amb l'Imam responsable de la mesquita propera a casa seva. Un dia, aquest vell amic li va dir molt simplement: "Tu ets cristià, estàs segur de tenir raó, jo sóc musulmà, estic segur de tenir raó. Però, veus, l'important és que ens puguem donar la mà ben fort, i així, quan estiguem a l'altre costat, el que tingui raó estirarà a l'altre..". (12)


La forta amistat que els vinculava els va permetre de trobar-se més enllà de certeses doctrinals ben afermades que podien separar-los. Va tornar els cors disponibles. Van caminar junts, sota la mirada de Déu, en la via de la confiança. Déu "més gran que els nostre cor". Més gran que les nostres idees i els nostres projectes...



---Després de la reflexió d'un Imam, la d'un Papa. He tingut l'oportunitat de participar en nombroses reunions de la Conferència episcopal del Nord d'Àfrica, i me’n recordo que, en una d'aquests trobades que se celebrava a Roma, en el curs d'un intercanvi molt lliure, el Papa Joan Pau II ens va dir: "L'Església és el sagrament del Regne, el que es demana a un sagrament, és ser signe, i no pas ser quantitat!". Ser signe és més exigent que ser nombre. I el Papa repetia a cada visita: "El que l'Església viu al Magrib és important, viviu alguna cosa específica que enriqueix la mirada de l'Església".


El germà Charles, desprès de la seva beatificació oficial per l'Església, se'ns proposa com un model que cal imitar, com un "signe". L'Església que està al Magrib es recorda del seu fort testimoni de "germà universal" que va elegir viure intensament el misteri de la Visitació i Natzaret; el qual va portar fins al final amb la donació de la seva vida. S'ha elegit a d'altres cristians en el Magrib per ser signe, com ell, fins al martiri. És una gràcia per a les nostres Esglésies. I cada dia els cristians, generalment molt discretament, s'esforcen, a través de la seva vida, per ser signe per als seus germans musulmans. Aquesta és la raó per la qual aquesta Església no és una Església del silenci com alguns s'imaginen, sinó més aviat una Església de la trobada i del testimoni.



---Tal i com us deia en la introducció, he intentat presentar-vos l'ànima de les nostres Esglésies, l'Esperit que les anima. Però vull dir, per acabar, que els cristians que fan l'Església en el Magrib disten molt de ser a l'altura de la missió que se'ls confia. Les trobades febles o superficials són el nostre pa de cada dia; els judicis que es fan no són sempre fraternals; i els nostres esforços per conèixer les llengües, la literatura, els hàbits, la història són sovint bel·ligerants, etc. Però, malgrat això, el Senyor que veu els cors, tots els cors, no només els que he citat, sap que en les nostres Esglésies les cristianes i els cristians, habitats pel Crist, surten de casa seva, van a casa dels seus germans musulmans i que es viuen de vegades trobades meravelloses. Aquesta és la raó per la qual aquesta Església pot dir, en veritat: "La meva ànima magnifica el Senyor, exulta el meu esperit en Déu el meu Salvador".


Amén

1 Aquesta estàtua, alguns anys més tard, seguirà als monjos que instal·laran el seu monestir a Tibhérine. Aquesta Mare de Déu es venerarà sota l’advocació de "Nostra Senyora de l'Atles". Avui encara, domina el monestir buit... Després de la mort dels set monjos, el 1996, els supervivents, reunits amb germans que estaven instal·lats a Fès, es van instal·lar a Midelt, al peu de l'Alt Atles marroquí. Indico que Nostra Senyora de Guadalupe es presenta, també, portant en ella al seu nen.


2 Vegeu les seves Cartes a la Sra. de Bondy, del 09.01.1901 i del 26.02.1901 de

3 Vegeu per exemple: Una vida que crida l'evangeli, Centurion, 1967, p. 97, 163....

4 J.M. Abd-el-Jalil, Maria i l'Islam, París, Beauchesne, 1950, p. 87..

5 Vegeu l'article de Jean-Pierre Flachaire, actual prior de la Trapa Nostra Senyora de l'Atles, a Midelt,: Notre Dame de l’Atlas en Afrique du Nord : une présence de «Visitation », selon Christian de Chergé, a la revista “Chemins de dialogue, n° 26,.2005, pp 165-176.

6 Carta a Henry de Castries del dia 08.07.1901

7 Carta a Dom Martin, abat de la Nostra Senyora de les Neus, del 07.02.1902

8 Carta a la Sra. de Bondy del 17.07.1907.

9 Aquests cinc últims apartats el he extret, pràcticament paraula per a paraula, d'una comunicació que vaig donar a la Universitat de Fès, el 12.04.2001. L’he fet servir, deliberadament, per posar de manifest que avui és possible abordar en un marc universitari qüestions sensibles. En efecte, generalment es percep Charles de Foucauld al Marroc com aquell qui per la seva obra “Reconeixement al Marroc” va facilitar la penetració militar colonial... És cert que els militars francesos van utilitzar aquest llibre per a la qualitat de la seva informació. Però aquest no era l'objectiu de l'autor... I hi ha altres aspectes de la seva personalitat i la seva vida que és possible fer conèixer avui en aquest país.
10 Cartes a Henry de Castries, p. 86..

11 ídem carta del 14.08.1901 et del 23.12.1903.

12 la filla d'aquest Imam és mestra actualment a Mekhnès i un dia, en una trobada amistosa, em va confirmar la historicitat d'aquestes observacions.

 

Bibliografia

-         Charles de Foucauld, Reconnaissance au Maroc, Paris, Challamel, 1888, et Société d’édition, 1939.

-         Charles de Foucauld, Lettres à Henry de Castries, Paris, Grasset, 1938.

-         Charles de Foucauld, Lettres à Mme de Bondy, de la Trappe à Tamnrasset, Desclée de Brouwer, Paris, 1966.

-         Jean-Mohamed Abd-el-Jalil, Marie et l’Islam, Paris, Beauchesne, 1950.

-         Ali Merad, Charles de Foucauld au regard de l’islam, Paris, Chalet, 1975.

-         Antoine Chatelard, Une conversion de Charles de Foucauld, dans : “ Bulletin trimestriel des amitiés Charles de Foucauld ”, n° 85, janvier 1987. Et Charles de Foucauld, le chemin vers Tamanrasset, Paris, Karthala, 2002.

-         Marc Boucrot, Une rencontre vécue de l’islam et du christianisme : Charles de Foucauld, mémoire présenté à l’Institut de Science et de Théologie des Religions de l’Institut Catholique de Paris, juin 1977, ronéoté.

 

 



[1] Nota del traductor (N.T.): fou assassinat per causa d’aujudar-lo a salvar-se.

[2] (N.T.): l’expressió francesa que utilitza Levrat és “ne pas faire écran”, intraduïble directament. Vol significar no interposar alguna cosa, (una pantalla literalment) tapar o bé enfosquir una realitat, impedint o destorbant la seva visió correcta.

[3] (N.T.): se sobreentén que el que es va trobar són les restes mortals dels monjos assassinats, decapitats.

[4] (N.T.): en francès l’expressió és «priants au milieu de priants» orants enmig d’orants.

[5] (N.T.): vàrem publicar en el número 25, de la revista Més a prop (any 9, febrer de 2005, p. 24-25)  la traducció de l’impressionant testament de Christian de Chergé, Quan s’encara un Adéu, que és un model heroic d’aproximació a l’altre i de diàleg interreligiós fins i tot en els moments de més aspra incomprensió que reclamen el martiri.

[6] (N.T.): en francès écran (pantalla) usat en el mateix sentit de la nota precedent.

[7] (N.T.): a l’època preconciliar els capellans que no gaudien d’un permís especial, no podien celebrar la missa si estaven sols; els calia al menys la presència d’una altra persona creient per poder-la celebrar.

 

MESIANDAD Y CATOLICIDAD

MESIANIDAD y CATOLICIDAD

Comentario de“Orígenes del cristianismo (El trasfondo judío del cristianismo primitivo)”

y Síntesis de la historia judeocristiana

Pablo López López

 

I) INTRODUCCIÓN: plan del ensayo y clave sacerdotal

1.1) Tema y plan del ensayo

1.2) La clave sacerdotal: la sacralidad de toda persona

 

II) RESUMEN de “Orígenes del Cristianismo”

2.1) Los orígenes judíos del cristianismo

2.2) Mesianismo y cristología

2.3) Katholiké ekklesía

III) COMENTARIO de “Orígenes del Cristianismo”

 

IV) LA HISTORIA JUDEOCRISTIANA: la historia de un pueblo universal

4.1) El sentido de la historia judeocristiana

4.1.1) La necesaria comprensión unitaria y humanista de la historia judeocristiana

4.1.2) La entraña histórica judeocristiana

4.1.3) La sacerdotal historia judeocristiana

4.1.4) Las etapas de la historia judeocristiana

4.2) Esquema histórico judeocristiano

 

            I) INTRODUCCIÓN: plan del ensayo y clave sacerdotal

            1.1) Tema y plan del ensayo

            Este ensayo gira en torno a los hitos históricos judeocristianos. En la conexión entre lo judío y lo cristiano hallamos los orígenes históricos del cristianismo, centrado en la Iglesia universal o católica. La conexión judeo-cristiana viene presentada en los términos de “mesianidad” y “catolicidad”: la mesianidad esperada por los judíos y la catolicidad desarrollada por la Iglesia.

            Se trata, pues, de una mesianidad católica, universal. El cristianismo no es más ni menos que el judaísmo cumplido y universalizado[1], esto es, la mesianidad católica. El judaísmo es promesa y nación; el cristianismo es su cumplimiento sobreabundante y su universalización creciente. El judaísmo pre-cristiano era protocristianismo o cristianismo en preparación. En cambio, el judaísmo que rechazó y se opuso a la mesianidad universal de Jesús, ha quedado como un judaísmo nacionalista y muy fragmentado.

            La identidad cristiana desde sus orígenes ha debido mantener un delicado equilibrio entre preservar fielmente sus raíces judías, las raíces judías de Jesús, y avanzar para no estancarse en los ritualismos, parcialidades y enclaustramientos judaizantes. La Iglesia es el judaísmo plenificado, pero no es sólo judía, ni sólo griega, ni sólo romana, ni sólo europea, sino que es plenamente universal, como Dios mismo. La propia espiritualidad judía siempre tuvo que sostener una tensión parecida para no apegarse a lo mundano, accesorio o instrumental y al rígido reglamentismo. Israel ha sido débil frente a la contaminación espiritual externa o adoración de dioses o ídolos foráneos, en la medida en que ha confundido lo prioritario y esencial de su misión. El propio Jesús enseña que no vino a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud (“plhrw`sai”, Mt 5, 17). Pero lo hace de modo totalmente renovador, sustituyendo el templo de piedra por el templo espiritual de su cuerpo, prolongado en el cuerpo-templo eclesial. La plenitud judía de la Iglesia libera a los cristianos del apego al intrincado reglamentismo judío. Sin embargo, tal plenitud no es excusa ni para desconocer la historia y la identidad judía, ni para la arrogancia hacia los que siempre serán los hermanos mayores de los cristianos.

            A partir de Moisés el judaísmo superó la etapa tribal y se configuró como pueblo unido. Aunque se mantuviera la genealogía de las doce tribus, se hizo prioritaria la unidad como pueblo, con tierra, rey y templo propios. Después, a partir de Jesús el judaísmo más maduro, el cristiano, ha superado la estrecha dimensión de pueblo-nación y de pueblo-Estado para universalizarse completamente. Los indicios universalistas del judaísmo precristiano han brotado y se han desarrollado con amplitud desconocida e inigualada en la historia de la humanidad. El nuevo Israel, la Iglesia, es la comunidad más extendida en la tierra.

            Después de la introducción el ensayo comprende dos partes. En la primera resumo y comento la obra del profesor Ramón Trevijano Etcheverría “Los orígenes del cristianismo (El trasfondo judío del cristianismo primitivo)”, Salamanca, 1996. Tras reflejar brevemente el conjunto de los capítulos precedentes, me centro en los dos últimos (“Mesianismo y cristología” y “Katholiké ekklesía”), porque éstos abordan de lleno la mesianidad y la catolicidad. El resumen selecciona sólo lo más destacable y comentable teológicamente. Después de tales resúmenes realizo un comentario general de la obra y, en especial, de ambos capítulos finales. Se notará una correlación temática entre los tres apartados del resumen y el comentario subsiguiente. La reflexión más independiente ya la he iniciado en esta introducción y la reanudaré en la segunda parte.

            La segunda parte del ensayo es “La historia judeocristiana: la historia de un pueblo universal”. Ha venido motivada por la lectura de la obra reseñada y por la general necesidad de contar con una visión global de la historia judía y cristiana. He intentado explicar cómo se articulan entre sí lo judío, con sus diversidades internas, y lo cristiano, con sus propias variantes.

 

            1.2) La clave sacerdotal: la sacralidad de toda persona

            Pienso que la principal clave de interpretación en toda esta magna historia es el sacerdocio, algo apenas destacado incluso en la magnífica obra de Trevijano. En general, además de que no abunde la comprensión de la naturaleza universal del sacerdocio, sobreabundan las connotaciones accesorias y negativas sobre él. Éstas pueden perturbar la asimilación del sentido amplio y genuino que adopto de la palabra “sacerdote”. Reivindicar la centralidad del sacerdocio nada tiene que ver con ritualismo ni reglamentismo alguno. No entraña ningún privilegio para una óptica levítica, turiferaria o de sotanas.

            En su base el sacerdocio es una íntima dimensión de la persona. Es una realidad universal y natural que resume la inmensa dignidad de todo ser humano. El sacerdocio no es sino la sacralidad cultivada y ofrecida de la persona. A ello apunta la etimología de la palabra “sacerdos” (“sacer, sacra, sacrum”). Aún más claro lo expresa su precedente versión griega “iJereuv"” (sacerdote, ministro del sacrifico), vinculada a “iJerovn” (víctima consagrada, ofrenda, sacrificio, templo) y “iJerov"” (sagrado, consagrado, divino, vigoroso). El sacerdote viene justamente destacado como “sacro” y “consagrador”. Pero es que toda persona es sagrada y puede ofrecer a Dios lo mejor de sí y todo lo que hace, vive y comparte. Toda persona humana es sagrada, independientemente de su reconocimiento social, pues no es una simple cosa o animal. Antes bien, por su específica voluntad inteligente o libertad, se abre a lo transcendente o absoluto, a lo más sacro o sagrado. Los humanos, como individuos y como sociedades, están abiertos a lo sacro, descubren dentro de sí tal apertura y la cultivan ofreciendo lo mejor de sí. Los diversos sacrificios u ofrendas de lo mejor del individuo y de la comunidad desarrollan y manifiestan la naturaleza sacerdotal o sacra de las personas en las diferentes culturas.

            El sacerdocio es cultivo y ofrenda de lo sacro de la persona en reconocimiento a la fuente de todo lo sacro, Dios. Se realiza tanto en los cultos o actos de especial concentración de dicho cultivo (normalmente comunitarios), como en toda clase de ofrecimientos de obras a lo largo de la jornada cotidiana. La persona es sacra y transcendente porque tiende al Absoluto. Y puesto que es libre, ha de cultivar libre y creativamente su sacralidad. Por ello, ofrece del mejor modo lo mejor de sí a Dios, quien le ha dado lo mejor de sí.

            El ofrecimiento de lo mejor de sí es el justo agradecimiento por todo lo recibido y el compromiso en darle el mejor uso y desarrollo. El acto o sacrificio sacerdotal auténtico es siempre acción de gracias o “εujχαριστία” (“eucaristía”), como expresa la tradición cristiana apostólica.

            La comunión o unión global e íntima es el magnífico resultado tanto del sacerdocio natural como del sobrenatural. Esta unificación completa se aplica tanto dentro de la comunidad humana como en relación con la divinidad. Toda la humanidad busca y necesita comunión, reconciliación; por eso es sacerdotal.

            La sacralidad cultivada y compartida de la persona es el sacerdocio, la más alta forma de comunión. Por ello, es inescindible de los otros dos aspectos de la misma realidad sacra humana, que podemos denominar “profético” y “regio”. El aspecto profético de la sacralidad de la persona consiste en su apertura a la verdad. Reside en su derecho a ser partícipe de la verdad más amplia y significativa, de una verdad salvífica y transcendente, de justicia y de comunión. Es la forma más elevada de comunicación. El profetismo es la sacralidad proferida, manifestada, compartida. ¿Qué es el ser humano privado de la verdad?. ¿De qué nos sirven muchas verdades si no caminamos en la verdad?.

            El aspecto regio constituye el señorío, la soberanía, la libertad misma de la persona. La soberanía o realeza de la persona es la sacralidad practicada como respetuosa autorregulación. Es el autoseñorío personal, la forma más elevada de autonomía. Estriba en la libre toma de decisiones, en la configuración de un proyecto de vida y en la elección de un destino final. Por esto decimos que la libertad es sagrada. Dios nos la respeta mucho más que nosotros mismos.

            En suma, somos sacerdotes, profetas y reyes, porque los humanos somos sagrados. Esta triple dimensión de la sacralidad humana la reconoce el auténtico humanismo y es elevada sobrenaturalmente por la plena religión. Siempre se nos ha dicho que por el bautismo somos sacerdotes, profetas y reyes, aunque en la práctica esta verdad sacramental esté poco predicada y asumida. Esta triple dimensión es cierta en un nivel de gracia sobrenatural, de intimidad con el Dios trinitario. Pero también es cierto que ya en un plano natural o creacional somos sacerdotes, profetas y reyes por dignidad humana, por sacra humanidad. La antropología teológica y la ética deben desarrollar este hecho.

            El sacerdocio es una tendencia humana universal que puede desplegarse de multitud de formas. A veces se da de manera discreta y sin un claro grupo social especializado. Por ejemplo, en el islam no encontramos en principio un grupo sacerdotal, aunque sí hallamos dirigentes y responsables religiosos y jurídicos, que conforman una especie de “presbiterado”, más visible en la rama chií. En todo caso, la gran importancia otorgada al sacrificio de Abraham (“Ibrahim” en árabe) y a la correspondiente fiesta del cordero (“Aid el Adha”) hace emerger el profundo sentido sacerdotal de los seguidores de Mahoma. En esta fiesta todos los musulmanes sacrifican un cordero, como ya hicieron todos los judíos en la antesala pascual del Éxodo. El mismo “yijad”, en su sentido amplio de esfuerzo y lucha, revela cierto sentido de sacrificio, que conecta con la vivencia del sacerdocio.

            Lo más importante de cualquier sacerdocio no es el ritual en sí, sino la continua vivencia del sentido sacerdotal de la vida. La rabia incontenida y ulcerosa de Nietzsche contra los sacerdotes se debía a otra de las tantas incomprensiones de este escritor alemán. Su reivindicación de la inmediatez de la vivencia estaba ya recogida en el valor del sacerdocio auténtico. Éste no se reduce a una ceremonia, sino que vertebra la inmediatez de cada vivencia, el presente continuo que nos acerca al acto puro de Dios.

            El sacerdocio es una realidad humana natural y profunda que puede ser elevada, sobrenaturalizada. Hay otras realidades naturales humanas como el matrimonio que también han experimentado una sobrenaturalización e incluso una sacramentalización por parte de Jesucristo a través de su Iglesia.

            Tal sobrenaturalización abre a su vez una distinción entre sacerdocio universal de los fieles y sacerdocio ministerial al servicio de la comunidad. El ministerial o de servicio comunitario hace más eminente la figura de Cristo sumo y definitivo sacerdote. Como otros servicios a la comunidad cristiana el sacerdocio ministerial se asume por una llamada personal de Dios, a imitación de la llamada recibida por los apóstoles elegidos por Cristo, pese a sus particulares miserias. Así se conforma el presbiterado o grupo sacerdotal especializado, que también tiene amplios precedentes en las más diversas religiones. Este sacerdocio nada se opone al general, sino que se basa en él y lo fortalece. Implica una especial dedicación o cultivo, que no tiene por qué ser mayor o mejor, sino distinto, especializado. Por ello, el concepto de “presbiterado” alude etimológicamente a una “ancianidad” que garantiza la especial responsabilidad y prudencia requeridas en el ejercicio del sacerdocio cultual comunitario. La palabra hebrea “cohen” (ןהכ), aplicada a los descendientes sacerdotales de Aarón, significa precisamente “dedicado, consagrado”. La mejor ofrenda se acompaña del más preparado oferente. La comunidad sabe que se juega mucho, que se lo juega todo, pues al final nada hay más importante que el recto ejercicio del sacerdocio.

            Si bien todo ser humano es socio-político (“zoon politikon”) por naturaleza, siempre se establece un “senado” (de “senex”, anciano), una “aristocracia” (gobierno de los mejores) o un grupo dirigente político. Análogamente, los universales sacerdocios natural y sobrenatural se complementan con un presbiterado o jerarquía que presida el culto sacerdotal comunitario. Por nuestra naturaleza humana inteligente y libre todos somos sacerdotales: sagrados y consagrantes. Además, todos estamos llamados a un sacerdocio sobrenatural a través del bautismo, sin menoscabo de que algunos cristianos sean ulteriormente invitados al diaconado o al presbiterado de servicio comunitario.

            En general, es mejorable la conciencia que los teólogos cristianos y el pueblo de Dios tiene sobre la importancia central del sacerdocio para entender el judaísmo, el cristianismo y la religión en sí. En la práctica, entre católicos y ortodoxos la atención al sacerdocio se ha polarizado hacia el sacerdocio ministerial. Entre los protestantes éste ha sido trágicamente rechazado, sin que el sacerdocio bautismal haya cobrado el protagonismo que le corresponde. Tampoco en muchas comunidades protestantes se ha superado del todo cierto “clericalismo” larvado en sus pastores o ancianos. El sacerdocio bautismal no se ha desarrollado convenientemente en ninguna de las confesiones cristianas debido al desproporcionado papel de los respectivos ministros (presbíteros o pastores). Ha habido sobreactuación de algunos pastores y pasividad por parte de la mayoría de los feligreses. Si se descuida uno de estos dos sacerdocios complementarios, el otro se resiente y atrofia. Por el contrario, cuando la comunidad cultiva ambos, se refuerzan mutuamente.

            Es evidente el insuficiente conocimiento de los cristianos acerca de sus antepasados espirituales judíos. Se debe en gran medida al desconocimiento sobre el sentido del sacerdocio. Me atrevo a pensar que esta clave tampoco está suficientemente considerada por el judaísmo postcristiano. Tal vez por ser demasiado dolorosa. En general, la desconsideración del significado decisivo del sacerdocio en la historia de las religiones da el contexto de tales deficiencias en nuestra comprensión del fenómeno histórico judeo-cristiano. Para entender una religión hay que entender la religión, el hecho religioso; y para entender la religión hay que entender las religiones, al menos algunas, empezando por la más cercana.

           

            II) RESUMEN de “Orígenes del cristianismo (El trasfondo judío del cristianismo primitivo)”, de Ramón Trevijano

            2.1) Los orígenes judíos del cristianismo

            Jesús se presenta como un judío del siglo I. Igualmente, sus discípulos y primeros seguidores.

            El polifacético judaísmo anterior a Cristo queda mejor reflejado en el cristianismo que en el judaísmo étnico posterior a las catástrofes del 70 y el 135. El cristianismo parte del judaísmo helenístico y de su canon veterotestamentario. Recoge elementos fariseos y esenios, pero sustituye el toracentrismo por el cristocentrismo.

            Del anuncio evangélico de Jesús nace la Iglesia, la cual escribe, transmite y actualiza el mensaje evangélico. Frente a localismos y falsificaciones los cristianos enseguida se hacen conscientes de su catolicidad.

            Hay una neta separación entre el judaísmo anterior al exilio y el postexílico. Éste se restauró bajo el amparo del persa Ciro y desde la iniciativa del sacerdote Esdras y el dirigente político Nehemías, ambos procedentes del judaísmo babilónico.

            La seña de identidad judía es el monoteísmo sostenido en las tradiciones sacras, las cuales incluyen prescripciones distintivas: la circuncisión, el descanso sabático y la alimentación “kosher”.

            La recopilación escrita de las tradiciones sacras sigue las tradiciones yavista, elohista, deuteronómica, sacerdotal, profética y sapiencial. El canon judío quedó fijado a finales del siglo primero, mientras que el cristiano, hacia el fin del IV.

            La Torá era objeto de un estudio entendido como forma de culto y comprendía una vertiente escrita y otra oral. La Torá oral preservaba la fluidez y la flexibilidad de la tradición. Entretanto, el judaísmo sinagogal, farisaico y rabínico preparaba el judaísmo sin templo. Este judaísmo entrará en competencia con la Iglesia por la herencia de la tradición de la Alianza.

            El judaísmo helenista vigorizó la racionalidad antropológica y cosmológica de los sabios yavistas. Favoreció la corriente de sabiduría supranacional y la piedad tradicional. Con él creció la esperanza en la vida ultraterrena. 

            Coincidió la gran dispersión judía y la inicial expansión cristiana. Tanto en la misión judía como en la cristiana la iniciativa fue de ambiente helenista: por judíos y cristianos helenistas respectivamente. Ya en el judaísmo había prosélitos y semiconversos, lo cual fue preludio de la misión cristiana. Pedro presidió la iglesia de Jerusalén hasta que Santiago el hermano del Señor quedó al frente de ella y del sector judeocristiano[2]. Luego, Pedro encabezó la misión a los judíos. En Asia Menor hubo varias líneas misionales. El cristianismo siríaco sufrió el puritano gnosticismo encrático.

            La traducción bíblica de los LXX al griego es el texto central del judaísmo helenístico y del encuentro entre las culturas judía y griega. Para la exégesis judía también es importante la traducción bíblica al arameo, la cual incluye retoques y paráfrasis: el Targum. El Midrash o exégesis derásica es la explicación de la Escritura. La exégesis derásica abarca los géneros de actualización o aplicación siguientes: halakhah (la aplicación de la Ley), haggadah (la exégesis no haláquica) y pesher (la interpretación de la historia según los profetas).

            Tras la caída del Templo en el 70 el judaísmo rabínico fijó su canon bíblico rejudaizándolo según sus tradiciones orales. El cristianismo primitivo mantuvo el canon más amplio reinterpretado cristocéntricamente. En el N.T. se emplean procedimientos actualizantes targúmicos. Para su eclesiología Lucas es quien más utiliza el pesher. En los evangelios y las cartas apostólicas hay secciones haláquicas. El cristianismo heredó la literatura psudoepígrafa marginada por el judaísmo rabínico.

            En etapas de sufrimiento las revelaciones celestes de la literatura apocalíptica judía daban un sentido a la historia según el cual Dios se hacía presente y daba esperanza. La escatología cristiana destaca por la tensión entre el presente ya salvífico y la plenitud futura. Asume la mentalidad apocalíptica judía, pero reorientada hacia Jesucristo.

            Los fariseos resaltaban la observancia meticulosa de la Ley. A partir del año 70 fueron el grupo dominante que enseñaba como obligatoria tanto la Torá escrita como la oral. Sostenían la retribución ultraterrena y la resurrección. Los saduceos, en cambio, defendían como vinculante sólo la Ley escrita. Excluían la retribución y la resurrección. Su alta posición político-económica les hacía colaboradores del poder de turno. Los sicarios y los zelotes se organizaron en guerrillas contra los romanos. Jesús era más próximo a los ideales de pureza y santidad de los fariseos, pero chocó con ellos en cuestiones haláquicas y en cuanto a la actitud religiosa. Con los esenios Jesús compartía la tradición bíblica, la piedad judía y cierta referencia apocalíptica, pero de ellos también se diferenciaba profundamente por el universalismo cristiano.

                       

            2.2) Mesianismo y cristología

            En conjunto, hay que comprender el concepto de “mesías”, la pluralidad del mesianismo y la propia mesianidad de Jesús, el Cristo Hijo de Dios. El mesianismo consiste en la esperanza en la salvación escatológica divina a través de un enviado. “Mashiah” (“ungido”) aparece treinta y ocho veces en la Biblia hebrea aplicándose a diversas figuras: a los patriarcas, al sumo sacerdote, a Ciro y al rey israelí.

            El mesianismo escatológico judío partió de un mesianismo regio. Entre ellos la frontera no siempre era nítida. Ambos procedían del antiguo ideal de realeza israelí. El Mesías era el futuro rey anhelado, cuyo modelo era David.

            De acuerdo con la situación histórica las expectativas mesiánicas se fueron redefiniendo, oscilándose entre la mesianidad davídica o regia y la sacerdotal o cultual. Se articuló un mesianismo sacerdotal para el presente y un mesianismo davídico para el futuro.

            La gran mayoría del pueblo cultivaba un mesianismo de liberación política de los opresores (caldeos, persas, seléucidas y romanos). Pero otros mantuvieron esperanzas religiosas, taumatúrgicas y transcendentes, como se aprecia en el segundo Isaías. Algunos incluso apuntaban a una transfiguración celeste del mundo (tercer Isaías).

            La culminación del Reino de Dios se veía de diversas formas, entre las cuales el Mesías no siempre aparecía. El Reino de Dios y la salvación eran obra propia de Dios, más allá de la mediación humana. Hay exponentes del pietismo judío como Filón que carecen de perspectiva mesiánica. No obstante, ciertos personajes históricos, como Zorobabel y Bar Kochba, reanimaron la esperanza en un mesías nacional. Se dieron tanto una conjunción de los mesianismos regio y sacerdotal, como una subordinación del uno al otro.

            No coincidía el profeta final de Dn 18, 15, deseado entre el pueblo, con la exaltación escriba del Moisés de la Torá. Sin embargo, incluso en esta corriente palpitaba la expectativa por el regreso de Elías como anunciador de la época mesiánica. Tal expectativa se utilizó como objeción a la mesianidad de Jesús. La réplica sinóptica señaló a Juan el Bautista como el Elías esperado. Los miembros de Qumrán consideraban a su Maestro de Justicia como el profeta esperado.

            El hijo del hombre (Dn 7) simbolizó en un principio al “pueblo de los santos del Altísimo”. Pasó a entenderse como su figura representativa, preexistente, celeste y esperada al final de los tiempos en el juicio escatológico. En él destacaba la sabiduría y la justicia. Dios le confirió su autoridad como juez.

            El siervo de Yahvéh del segundo Isaías era el maestro predicador, luz de salvación para todos los pueblos. Él sufría por los pecadores como mediador de la salvación. Reclamaba la conversión y culminaba el profetismo. Pero los judíos veían contradictorio que el mesías sufriese. De ahí que esta figura del siervo sufriente no influyese en el mesianismo judío. En cambio, la Iglesia encontró en Jesús el cumplimiento de tales profecías.

            Con Judas el Galileo irrumpió el ideal teocrático que habría de llevar al movimiento armado zelote, de ciertos tintes mesiánicos. Tras los fracasos consabidos contra Roma el mesianismo se refugió en la concepción farisea de que el mesías aparecería como un nuevo David. Anteriormente, para el antiguo judaísmo rabínico había importado más el reino mesiánico que la figura del rey mesías.

            La Mishná redujo la expectativa mesiánica a un elemento tradicional y poco diferenciado de la Jerusalén imaginada y perdida. El Talmud reflejó la variedad de visiones sobre el mesías. No pensaba en un mesías sobrehumano y consideraba que su venida conllevaría “dolores de parto”.

            Jesús, cual maestro de inusitada autoridad propia, mostraba su conciencia de filiación divina y de salvador definitivo anunciado por los profetas. El cristianismo antiguo lo entendió como el nuevo y superior Moisés y como el profeta escatológico. Aún en vida Jesús fue proclamado como el mesías hijo de David. Jesús asumió las expectativas sobre el hijo del hombre y el siervo de Yahvéh.

            El reconocimiento prepascual de Jesús como el mesías alentó y preparó la fe pascual en la resurrección. Las apariciones del Resucitado impulsaron la cristología del ensalzamiento. Los cristianos reconocieron a Jesús como “Kyrios Iesus” considerándole la clave interpretativa de todo el Antiguo Testamento y aplicándole textos veterotestamentarios exclusivos de Yahvéh. Jesús como Hijo de Dios se identifica con el Dios del A. T. y a la vez se distingue personalmente. Así se engarzan la cristología cósmica de preexistencia y la soteriología escatológica. La primera se elaboró desde la tradición bíblica de la Sabiduría y la Palabra de Dios y la tradición judeo-helénica del Logos. Para la segunda se usaron los cantos del Siervo y la figura del hijo del hombre escatológico.

 

            2.3) Katholiké ekklesía

            La religión cristiana surgió de la judía al profesar que en Jesús se cumplían las promesas salvíficas que Dios había hecho a Israel. Pero se diferenció del judaísmo al substituir el toracentrismo por el cristocentrismo. Se ofreció de inmediato a los judíos, pero no muchos de ellos aceptaron la mesianidad de Jesús. En cambio, el Evangelio se difundió pronto y con rapidez entre los paganos.

            La autoridad apostólica residió inicialmente en los doce apóstoles. Entre ellos destacaron Cefas (Pedro) y Juan. Junto a los doce estaba un círculo primitivo de apóstoles que se fue ampliando. Todo ellos fueron los primeros testigos del Resucitado. También se reconoció como apóstoles a itinerantes carismáticos. Los doce quedaron como el enlace entre Jesucristo y la Iglesia posterior. Pablo y Lucas elaboraron una teología del apostolado. La Didajé también aportó criterios para distinguir a los apóstoles.

            El kerygma o anuncio cristiano se centró en Jesucristo como la clave del pesher cristiano de las Escrituras. A partir de las tradiciones sobre Jesús se establecieron diversas clases de catequesis. El Evangelio se puso por escrito sin anular la vitalidad de la tradición oral.

            Las confesiones de fe se concretaron en formulaciones más amplias. La confesión trinitaria bautismal favoreció la estructura ternaria. Algunas hicieron frente a las herejías y otras se destinaron a la catequesis y al rito bautismal. La procedencia de los credos a partir de la catequesis bautismal y la “disciplina del arcano”[3] vigente hasta el siglo II son las causas de que en ellos no se mencione el misterio eucarístico.

            La tradición cristiana se transmitió por vía oral y vía escrita y en diversas formas literarias. Hubo colecciones de dichos, parábolas, controversias y milagros. En la transmisión de la fe apostólica, derivada de la autoridad del Señor y la acción del Espíritu, se buscaba armonizar la fidelidad y la actualización. Los católicos, frente a los gnósticos, se centraron en la regla de fe de la predicación apostólica y en el canon del N.T. y del A.T.. La regla de fe se constituyó como un sumario de la enseñanza tradicional y como clave para entender la Escritura. La sucesión de los obispos como sucesores de los apóstoles garantizaba la tradición.

            Las tradiciones sacras de Israel se desarrollaron durante diez siglos. Fueron acompañadas de una copiosa literatura pseudoepígrafa en los siglos I y II a. C.. Los cristianos heredaron del judaísmo helénico el canon de la Biblia griega. Las dificultades de algunos cristianos helenistas con el legado judío se afrontaron desde la interpretación alegórica. Marción llegó a rechazar el A.T.. En la trabajosa tarea de definir el canon neotestamentario frente a los libros apócrifos se apreciaron en los libros su antigüedad, la extensión de su uso por parte de las comunidades, y la coherencia con la regla de fe apostólica.

            Los testigos oculares de Jesús se convirtieron en predicadores. Actuaron con libertad profética, considerando los precedentes hagádicos y en función de las situaciones de cada comunidad. Los cristianos aumentaron su interés por la vida terrena de Jesús, en sentido inverso a los gnósticos.

            En san Pablo no encontramos una distinción neta entre carismas del Espíritu, entre dones ocasionales y funciones permanentes. La tríada primordial era la de apóstoles, profetas y maestros. La diferencia entre los carismas era flexible. Luego, la función de los apóstoles perdió relieve. El profetismo disminuyó su protagonismo por el peligro de interferencias con el profetismo pagano. En cambio, los maestros mantuvieron sus funciones. Su tarea la desempeñaban pastores, catequistas y teólogos. También contribuyeron los filósofos cristianos.

            Los que presidían las comunidades, eran denominados “epíscopos” y “diáconos” en las comunidades paulinas, y “presbíteros” en las judeocristianas y en las de Bernabé. Tales jerarquías locales arraigaron, mientras los ministerios itinerantes de apóstoles y profetas remitieron. Pronto se combinó la terminología de “presbíteros” con la de “epíscopos” y “diáconos”. Así quedaron constituidos los ministerios de obispo, presbítero y diácono. A finales del siglo I Clemente Romano sostuvo la sucesión apostólica: Dios-Cristo-Apóstoles-epíscopos (presbíteros) y diáconos. El episcopado ya estaba asentado en tiempos de Ignacio de Antioquía. Este mártir ya denominó a la Iglesia “Katholiké ekklesía”, distinguiendo entre la asamblea eucarística local y la Iglesia “como un todo”. Según Ignacio la multitud sólo era iglesia si contaba con un obispo. En Alejandría el episcopado se consolidó a finales del siglo II. Los ministerios debían integrar dones carismáticos.

            A través del platonismo medio y sus especulaciones sobre las mediaciones transcendentes el sincretismo gnóstico se cebó en la fe trinitaria. El gnóstico Basílides preparó el camino a Plotino. Así, por un lado, surgió la herejía monarquista, de la que derivó el adopcionismo y el modalismo. Por otro, apareció el subordinacionismo, del que procedió el arrianismo. Frente a tales desviaciones los concilios de Nicea y Constantinopla precisaron la regla de fe en un credo bautismal.

            La Iglesia es para el N.T. una unidad que entraña un misterio, y no una suma de comunidades puramente sociales. El pan eucarístico y la comunidad local fiel simbolizan la unidad de la Iglesia universal. La comunión o koinonía católica también se expresa en los encuentros, en la correspondencia y en los sínodos. Se fue tejiendo la cooperación estructurada entre el obispo, el sínodo local y el concilio ecuménico hasta la comprensión del primado romano.

 

            III) COMENTARIO GLOBAL

            Que Jesús sea un judío del siglo primero, nos enseña que la Encarnación misma es una inculturación. Con el mismo Evangelio encarnado, Jesucristo, comenzó la inculturación buscada por los misioneros. Esta adaptación a la cultura es necesaria en todo proceso de evangelización. El don y el mensaje universal del Evangelio han de expresarse en los términos y categorías de todas las culturas.

            El judaísmo es anterior a la Tanaj o Biblia hebrea. Igualmente, la Iglesia surge con Jesús y Pentecostés, y es anterior a la Escritura neotestamentaria, porque con la autoridad recibida ella misma compone y establece el canon neotestamentario. Situar la Escritura por encima de la Iglesia es crear un absurdo dilema saduceo, antihistórico y antiteológico, ya que la Escritura está en el corazón de la comunidad eclesial y porque la Escritura misma viene de la Iglesia y es para la Iglesia. De ahí que el escriturismo protestante, el “sola Scriptura”, no se sostiene ni desde la más elemental lógica. No es más que una fórmula efectista que aparenta cierto purismo, pero que se demuestra como un despropósito por su descontextualización y consecuencias. Además, no se cumple porque está atravesado de innumerables disensiones fundamentales entre quienes dicen profesarlo, y porque los mismos protestantes asumen toda una amplia doctrina magisterial de los primeros concilios ecuménicos y otra parte de la tradición eclesial latina (v. gr., el “filioque”). Por lo demás, la catolicidad lleva implícita la noción de ortodoxia cristiana, por lo que es ocioso contraponer la ortodoxia bizantina a la catolicidad romana. La ortodoxia es católica y la catolicidad es ortodoxa.

            La Iglesia o comunidad cristiana surge personalmente de Jesús, mas en el plano teológico y sociocultural los cristianos amplían sus raíces judías al conjunto del judaísmo helenista, el más apto para su específico universalismo. Ya el judaísmo babilónico purificó y restauró el judaísmo jerosolimitano tras el exilio babilónico. No es de extrañar, pues, el mayor valor del judaísmo helenista frente a un judaísmo palestinense anticristiano y en proceso de dispersión como el representado por la reunión rabínica de Jamnia. Por ello, no tiene sentido escoger el canon bíblico reducido de Jamnia, como hacen los protestantes, en lugar del canon judío helenista. Éste es el de la traducción de los LXX, el acogido por el N. T. y todos los cristianos primeros y sucesivos hasta las rupturas del siglo XVI.

            En el judaísmo no siempre se dio o se manifestó el mesianismo en un sentido estricto, relativo al enviado divino de la dinastía davídica. De hecho, el mismo David apareció cuando el judaísmo contaba siglos de historia. Además, esta esperanza religiosa y nacional se expresó de multitud de formas a lo largo de los siglos. Ahora bien, en un sentido amplio y profundo siempre existió un mesianismo, aunque no se denominase así, ni se apelara a la figura precisa de un mesías. El judaísmo es una religión de promesas soteriológicas, de alianzas de comunión con Dios, y en ellas radica su mesianismo intrínseco y fundacional. La quintaesencia del mesianismo es la esperanza de ser definitivamente ungidos, bendecidos y salvados por Dios. El judaísmo es una fe que es toda ella esperanza.

            Como todo lo judío, el mesianismo se va concretando y elevando paulatinamente en la historia a partir de la elección, la alianza y las promesas iniciales recibidas por Abraham. La palabra “mesías” ya se empezó a aplicar a los patriarcas. La figura escatológica que termina concentrando la mesianidad judía, parte de otra figura: el rey David con su linaje. Esta figura previa no es sólo política, puesto que el rey era también un ungido por Dios y su gobierno incluía una dimensión religiosa y sacra. En todo caso, la figura mesiánica siempre fue soteriológica. Y por mi experiencia personal puedo decir que la expectativa mesiánica sigue viva entre los judíos del actual Israel.

            Jesús es el mesías que reúne toda la diversidad del mesianismo espiritual de Israel. Excluye tan sólo las desviaciones teocráticas, belicistas y nacionalistas que tanto sacudieron la historia del pueblo judío. Jesús es el mesías sacerdotal y el mesías regio. Es el mesías profético, el siervo de Yahvéh y el hijo del hombre. Es el ungido de Dios, el Cristo.

            Jesús es aún algo más que los judíos no esperaban. Porque Jesús es el mesías de Dios que es el mismo Dios. Con todo, los judíos con perspectiva no tuvieron que sorprenderse tanto, pues Dios siempre llevó la iniciativa y sobrepujó siempre las expectativas de su pueblo a lo largo de la historia. Y hay que recordar que en el centro de la fe veterotestamentaria no estaba un mediador de la salvación. La salvación y la realización del Reino de Dios eran entendidas como obra propia de Dios, por encima de la mediación humana. En Jesús se conjuga la mediación y la colaboración humanas con el protagonismo redentor de Dios.

            Al igual que el judaísmo había ido perfilando poco a poco sus instituciones y doctrinas, la Iglesia necesitó su tiempo para organizarse y discernir lo esencial del mensaje apostólico centrado en Jesucristo. Desde el principio la Iglesia tuvo que armonizar: la fidelidad al Señor y la actualización ante las nuevas circunstancias comunitarias; la autoridad apostólico-episcopal y los demás carismas; el núcleo kerygmático y el desarrollo de las confesiones de fe; la Tradición oral y la escrita; la definición y la interpretación del canon veterotestamentario y del neotestamentario.

            Toda esta labor de síntesis y clarificación se realizó en medio de los confusionismos gnósticos, hoy en día tan avivados a partir del iluminismo del siglo XVIII. El sincretismo gnóstico siempre ha sido muy heterogéneo y ha encontrado su atractivo en la mezcla de elementos judeo-cristianos y paganos. Incluso los gnosticismos menos alejados del cristianismo apostólico adolecen justamente de lo que puede ofrecer la Iglesia. Los gnosticismos y, en general, las herejías carecen del equilibrio y la globalidad que la Iglesia universal o católica ha cultivado y comunicado.

            Trevijano acierta al señalar la oleada divulgativa de apócrifos presentados como la auténtica cara oculta de Jesús, la cual habría sido reprimida por la Iglesia. También indica con razón que estos apócrifos conducen a confusión y contradicción.

            Al contemplar desde hoy la marcha global de la historia y la aportación de la Iglesia a la espiritualidad universal, percibo tres grandes opciones. Primero se dio una espiritualidad inmadura, la naturalista o pagana. Se trataba de un espiritualismo naturalista tendente a huir de lo material. Es visible en pensadores como Platón o Plotino y en los reencarnacionismos hinduista y budista. Después fue emergiendo la espiritualidad creciente judeocristiana. En ella se logra una armonía espiritual-material sobrenaturalizada. Llamémoslo “hilepsiquismo”. Se acoge e integra lo material y lo espiritual. En cambio, en la espiritualidad decadente del materialismo denaturalista se produce por reacción una contradictoria huída de lo espiritual. Es el caso de los marxismos, los anarquismos y los capitalismos consumistas.

            Trevijano comienza su tratado con el exilio babilónico (VI a. C.), por lo que el título y el tema general de su obra quedan sesgados. Su obra no muestra un completo trasfondo judío del cristianismo. No presenta el judaísmo en su conjunto, sino tan sólo el judaísmo postexílico. Pero el judaísmo postexílico no es más que la tercera etapa del judaísmo precristiano, como se apreciará en la segunda parte de este ensayo. No obstante, en el panorama bibliográfico la extensa obra de Trevijano sale comparativamente bien parada. No deja de ser rica la información sobre los precedentes judíos del cristianismo, tanto sobre lo que comparten como sobre lo que diferencia a la sinagoga y a la Iglesia. Hay otras obras muy interesantes que, sin embargo, reducen la visión de las raíces judías a fechas aún más cercanas. Es el caso del libro de José Miguel García, “Los orígenes históricos del cristianismo”, Madrid, 2007.

            Otra insuficiencia aún mayor es la escasa atención prestada al templo y al sacerdocio. Si la anterior deficiencia general residía en una alicorta perspectiva histórica, ahora nos encontramos un escaso discernimiento teológico sobre la importancia clave del sacerdocio, institucionalizado en el templo. Esta carencia teológica deriva de la renuncia a tratar en este libro toda la tradición judía preexílica, en la que el sacerdocio ya descollaba. También se debe a que Trevijano se deja llevar por una atención unilateral por la Torá. De ahí que insista en contraponer el toracentrismo y el cristocentrismo. Tal contraposición es correcta, pero parcial, pues no explica todo ni lo más importante. Es comprensible que Trevijano y otros teólogos se centren en este tipo de distinciones, pues los propios judíos postcristianos, e incluso antes de Cristo, se muestran como toracéntricos.

            Sin embargo, siempre habrá que recordar a Trevijano y a los propios judíos actuales que el judaísmo no nació con la Torá. Nació con el sacerdocio abrahámico, apoyado en el sacerdocio natural de Melquisedec y vinculado a una serie de promesas divinas. Éstas son la auténtica base de la posterior Torá escrita y oral. Sin olvidar la contraposición toracentrismo-cristocentrismo, hay que resaltar las distinción sacerdocio preencarnacional (judaísmo precristiano) frente a sacerdocio encarnacional (cristianismo); y la contraposición entre el judeocristianismo sacerdotal frente al judaísmo asacerdotal o postcristiano. El cristocentrismo o centralidad crística se traduce precisamente en sacerdocio encarnado. En él la propia divinidad receptora del sacrificio se une a la humanidad oferente y se hace a sí misma ofrenda y víctima del sacrificio. El sueño sacerdotal de la humanidad, el de una mediación y unión efectiva entre la divinidad y la humanidad, se cumple inusitadamente, con una intensidad imprevista.

            Con todo, el libro de Trevijano es magnífico por la riqueza de información y de análisis en cuestiones tan ignoradas y decisivas para nuestra cultura y teología. Siempre le estaré agradecido por los horizontes que me ha abierto tanto por sus aciertos como por sus lagunas.

           

            IV) LA HISTORIA JUDEOCRISTIANA: la historia de un pueblo universal

            4.1) El sentido de la historia judeocristiana

            4.1.1) La necesaria comprensión unitaria y humanista de la historia judeocristiana

            Presento un esquema panorámico de la tradición y el progreso de la religión judeo-cristiana. La brevedad del esquema redunda en facilitar la visión de conjunto. Tanto las personas avezadas como las que se inician en judaísmo y cristianismo, necesitan una visión global y sencilla que estructure lo sabido y lo que se va a conocer.

            Así podremos descubrir lo más importante: el sentido de esta historia, el sentido de la historia judeocristiana. La historia de la civilización más extendida del mundo no es una deriva desvertebrada o una yuxtaposición de vicisitudes. Como en toda historia humana hay en ella mucho componente circunstancial y no podemos encerrarla en ningún determinismo idealista o providencialista. Sin embargo, al contemplar sus milenios de historia, encontramos un discreto, pero vigoroso hilo conductor: el de una progresiva maduración y expansión, el de un paulatino cumplimiento de unas esperanzas cada vez más compartidas y universalizadas.

            Ante la escasez de este tipo de esquemas lanzo esta propuesta, que podremos ir mejorando. De momento hemos ido más allá de la convencional clasificación genérica que distingue las edades antigua, medieval, moderna y contemporánea. Así, adaptamos la denominación de las épocas a la peculiaridad histórica de judíos y cristianos. Y, desde luego, no empleamos la nomenclatura de “medieval”, excesivamente genérica y que suele albergar connotaciones muy negativas.

            La historia de los pueblos judío y cristianos no se reduce a una discreta microhistoria dentro de la historia global. Por el contrario, generalmente la historia judeocristiana ha marcado decisivamente el devenir de la historia mundial. Especialmente ha sido y es clave en enteros continentes como el europeo, el americano y el oceánico, siendo también amplia y creciente su influencia en África y en su originaria Asia. Conocer la historia judeocristiana es uno de los principales requisitos para conocer la historia de la humanidad y a la humanidad en sí.

            La religión judeocristiana es al mismo tiempo humanismo y civilización judeocristiana. El tipo de culto que propone para Dios, es la fuente del cultivo de lo humano. La propia religión se orienta a la humanización. Este humanismo, que se verifica para muchas religiones en mayor o menor medida, se cumple al máximo en la historia judeocristiana. Ésta se dirige a una máxima cercanía o humanización de Dios.

            Su plural base lingüístico-cultural es hebraico-aramea y grecolatina, pero esta tradición humanista-religiosa descuella por su universalismo multicultural. Por contraste, las culturas islamizadas han sido en gran medida uniformemente arabizadas. Alláh es monolingüe, mientras que Yahvéh es políglota.

            La unidad de este modo de vida se contempla desde la perspectiva cristiana. En cambio, para los judíos postcristianos judaísmo y cristianismo son dos religiones distintas aunque emparentadas. Todo el judaísmo precristiano, que es sacerdotal, es una preparación para el Evangelio, la Iglesia y el definitivo sacerdocio universal y sobrenatural. El judaísmo postcristiano, de origen farisaico, prácticamente pierde su esencia sacerdotal. Se reestructura en oposición al cristianismo y en función de su total diáspora.

 

            4.1.2) La entraña histórica judeocristiana

            Generalmente hablamos de “religión judeocristiana” y, de modo convencional, de “judaísmo” o “cristianismo”. Precisemos que los términos “judaísmo” y “cristianismo” no deben favorecer la imagen de un mero sistema de ideas teológico-filosóficas y cultuales, aunque por supuesto éstas quedan incluidas. La historia de la religión o humanismo judeocristiano se articula y concreta como la historia de dos pueblos sucesivos: el pueblo judío y, tras su universalización, el pueblo cristiano o Iglesia. El llamado “judaísmo” es el pueblo judío, el Israel espiritual, desde su época embrionaria o tribal hasta su consolidación y maduración como pueblo. El vasto fenómeno histórico y cultural que denominamos “cristianismo”, tiene como núcleo al pueblo cristiano o Iglesia, por más que adolezca de divisiones. El judaísmo y el cristianismo no se sustantivan como abstracciones o sistemas de ideas o “creencias” con más o menos influencia histórica. Son ante todo la historia amplia y compleja de un pueblo, primero tribal, luego nacional y finalmente internacional y mundial.

            Si bien la Sagrada Escritura alcanzó pronto un lugar central en la formulación del mensaje judeocristiano, la judeocristiana no es propiamente una “religión del libro”, nomenclatura que encaja mejor con el islam. El judeocristianismo es más bien una religión de la historia y de prioritaria transmisión oral.

            En este sentido, la plenitud cristiana se muestra como la religión de la persona: el cristianismo, la Iglesia, el Evangelio es, antes que un mensaje, la persona de Jesús. El único programa y propuesta de la Iglesia a lo largo de la historia, en la medida en que ha sido fiel, ha sido seguir a Jesús. Jesús es el mensajero y el mensaje, el camino y la meta, pues todo lo humano y lo divino se condensan en Él. La persona de Jesús es toda histórica, aun sin negar su transcendencia. No hay un Cristo histórico y un Cristo de la fe, pues hasta la fe se da en la historia. En fin, la religión judeocristiana es una religión netamente histórica, conformada desde la experiencia histórica de personas en camino.

            A diferencia de otras religiones, el mensaje judeocristiano no surge por una iluminación. Jesús no es un iluminado, no recibe una iluminación como Buda ni una revelación angélica como Mahoma. No necesita iluminación, pues en cuanto Dios Él mismo es la luz. En cuanto hombre no tiene privilegios ni iluminaciones especiales y tiene que ir descubriendo su camino, muy doloroso a veces.

            Para judíos y cristianos su religión viene del cielo, pero a manera de lluvia que hace germinar los campos. La experiencia milenaria judeocristiana brota pues de la tierra de la historia. La Biblia no es un dictado coránico, sino una inspiración sobre el sentido de los acontecimientos, hasta llegar a la revelación del gran acontecimiento sacerdotal de Cristo y su Iglesia (el Cristo total). La Revelación judeocristiana es palabra de Dios en palabras humanas en torno a la Palabra encarnada de Dios. La Palabra divina se hizo historia en palabras de la historia humana.

            ¿Cómo la luz, la luz de Dios mismo, puede estar sumergida en la penumbra humana?. El Absoluto, por su propio absoluto poder, no encuentra contradicción alguna en su ser al unirse a su creación, puesto que con ella no se confunde. No obstante, la captación del hecho excede nuestros límites espacio-temporales de seres relativos. Este misterio se denomina y concibe como “anonadamiento” o “kénosis”. También implica la inserción plena de la eternidad en la temporalidad, del ser imperturbable en la agitada historia.

            Toda religión, como todo hecho humano, tiene su historia, pero la judeocristiana es, ante todo y con especial intensidad, una amplia experiencia histórica milenaria de lenta preparación, muy moldeada por diferentes experiencias históricas multiculturales: esclavitudes, destierros, persecuciones, liberaciones, etc. De ahí, la especial importancia de conocer la historia de una religión que es la religión de la historia, la del Dios que se hace historia. Su núcleo distintivo es que Dios, transcendente y único, acompaña, se compromete y se une directamente en la historia humana para darle su pleno sentido y salvarla.

            La prioridad de la tradición oral en la historia judeocristiana no es meramente cronológica. Además, se manifiesta en que durante su medio milenio inicial el judaísmo se desarrolló sin la Torá y sin su correspondiente Escritura. No obstante, desde la época apostólica no hay que insistir en dicha prioridad. Más bien debe destacarse la complementariedad de todo lo revelado, ya nos llegue por vía oral o por la Escritura. En todo caso, lo que llamamos “Tradición oral” también se ha puesto por escrito y la Escritura suele acogerse a través de la predicación oral. Levantar dilemas u oposiciones entre ambas vías es un pseudo-problema típicamente protestante.

 

            4.1.3) La sacerdotal historia judeocristiana

            El judaísmo nació y avanzó durante siglos sin la Torá y sin el templo. En cambio, nunca pudo pasar sin el sacerdocio, elemento variopintamente universal en la historia de las religiones. El sacerdocio consiste en la capacidad para el acto sacrificial de ofrecer a la divinidad lo mejor de sí o del propio grupo en acción de gracias. Hasta un sacerdote no judío, Melquisedec, bendijo a Abraham, del que recibió el diezmo. Melquisedec es precursor, como sacerdote, profeta y rey, del nuevo sacerdocio universal de Jesús. El papel estelar de un sacerdote no judío como Melquisedec nos muestra de nuevo cómo todo lo cristiano y sobrenatural se asienta en lo humano y natural. Lo cristiano cuenta con la libertad humana y la creación divina. El sacerdocio sobrenatural no violenta lo humano, sino que reposa en el sacerdocio natural, propio de toda criatura humana. Las comunidades pueden delegar algunas de sus funciones sacerdotales más delicadas en unos representantes.

            Los tipos de sacerdocio son los siguientes: el natural, representado por Melquisedec y reconocible en innumerables religiones, aunque aún no esté suficientemente reconocido en el diálogo interreligioso; el sobrenatural, para el que el abrahámico o patriarcal y el aroónico son una inmediata preparación, y que se subdivide en el bautismal y el ministerial. Éste incluye los grados de diaconía, presbiterado y episcopado.

            El sacrificio sacerdotal abrahámico, el de Isaac, fue fundacional para el judaísmo, mucho antes de que Aarón (hermano de Moisés) y su descendencia masculina fuesen elegidos para el sacerdocio. El judaísmo comenzó con el sacrificio de Abraham y su hijo Isaac. Bastó la recta intención de ofrecerlo todo al Altísimo, aunque después se completó con el sacrificio de un animal.

            Esto hace comprender, dicho sea con todo respeto, el vacío central en el que se encuentra el judaísmo postcristiano, que carece de lo esencial y fundacional del judaísmo: el sacerdocio. Justo al rechazar como mesías a Jesús, vio destruido definitivamente su templo y no encuentra una genealogía cierta en la línea de los descendientes de Aarón.

            No ha de verse como un castigo divino, sino como una consecuencia histórica de la imprudencia de atacar a un enemigo muy superior como era Roma. Y sobre todo, teológicamente, lo entiendo como la desaparición de algo que no existió en la fundación del judaísmo, el templo, y de algo que venía totalmente renovado, el sacerdocio. El nuevo templo, que hacía superfluo al de piedra, y el nuevo sacerdocio se sitúan en el cuerpo de Jesús entregado a Dios Padre por impulso del Paráclito. Se trata de una completa obra divina, de un sacrificio espiritual y definitivo, universal y encarnado en Jesús sumo sacerdote (Heb 5,10) y prolongado en la comunidad eclesial, el nuevo pueblo sacerdotal. Es un sacrificio irreductible al ritualismo, que surge de la misericordia divina para promover la misericordia humana. Dios no quiere el sacrificio por sí solo, sino por la intención de entrega y de amor: “…quiero misericordia y no sacrificio” (Mt 9, 13 y 12, 7; Os 6,6). Obviamente, Jesús realizó su sacrificio en la cruz desde la misericordia (Heb 4, 15-16).

            La enorme fragmentación y la pérdida en sacerdocio verificadas en el judaísmo postcristiano, que rechaza la mesianidad y la Encarnación de Jesús, se da también en el amplio espectro protestante, anglicanismo incluido. La negación protestante del sacerdocio ministerial y de la sacrificial presencia eucarística se proyecta en una gran desunión protestante, similar a la judía. El sacerdocio pleno, tal como continúa en la tradición católico-ortodoxa, es lo que más fortalece y unifica la religión judeocristiana desde sus inicios y definitiva consolidación.

            No obstante, en la propia tradición apostólica que mantienen los cristianos católicos y ortodoxos, se requiere un reavivamiento del sacerdocio bautismal. Éste es el fundamental para todos, dado que lo fundamental es ser cristiano, aunque ambos sean necesarios y complementarios. Sólo viviendo en plenitud el sacerdocio bautismal el laicado asumirá todas sus responsabilidades.

            Necesitamos una estrecha colaboración, sin confusión, entre clero y laicado, evitando los clericalismos y los laicismos. El clericalismo, de algunos clérigos y muchos laicos, sobreactúa e infantiliza al laicado. El laicismo, bajo diferentes marcas comerciales o propagandistas, endiosa al Estado e impone su gnosticismo por encima de toda religión natural o sobrenatural.

            Lo paradójico y revolucionario del Evangelio es la laicidad sacerdotal, el sacerdocio laico. Es una revolución basada en la de la Encarnación, en la paradoja de Dios íntimamente unido al hombre sin confusión entre lo humano y lo divino. En las innumerables religiones naturalistas o paganas algunas deidades podían adoptar temporalmente una u otra forma humana; era y es frecuente la confusión entre lo divino y lo humano y entre la potestad sagrada y la mundana o política, siendo habitual la figura del rey-sacerdote. Pero faltaba la correspondiente distinción nítida entre lo humano y lo divino, recibida de los judíos, la cual ha permitido asumir la íntima unión sin confusión de Dios y el hombre. La consagración laica se realiza en pleno compromiso y militancia mundana, política, cívica, económica, familiar y procreativa. Es la vivencia profunda de la materia como creación divina y del cuerpo como templo del Espíritu. El mismo concepto judío de “pueblo sacerdotal” entraña la noción de laicidad sacerdotal, pues el sentido etimológico e histórico de la palabra “laico” se refiere a lo popular. La laicidad sacerdotal es la sacralidad y la capacidad consagratoria de cada individuo o ciudadano del pueblo, tanto por su singularidad personal como por su pertenencia a la comunidad socio-cultural.

 

            4.1.4) Las etapas de la historia judeocristiana

            Esta religión de la historia es una religión de las alianzas personales y colectivas entre Dios y los hombres. Dios propone con gran generosidad marcos de convivencia que el hombre acepta y disfruta hasta que los quiebra. Esto provoca que, transcurrido el tiempo oportuno, Dios ofrezca otra alianza hasta llegar a la definitiva. Ya con los primeros padres, Adán y Eva, Dios establece un pacto de íntima convivencia paradisíaca. Pero ellos y su descendencia terminan destruyéndolo por su afán de endiosarse y suplantar a Dios. La tendencia destructiva continúa hasta el diluvio universal, seguido de una nueva alianza de Dios con Noé, pacto que también tiene un valor universal. Sin embargo, la tendencia de endiosamiento no tarda en manifestarse de nuevo con el episodio de la torre de Babel, cuyo resultado es la pérdida de la unidad humana, la dispersión. Con la primera ruptura la humanidad pierde la unión de la intimidad con Dios y el respeto a la vida. En esta nueva ruptura los hombres pierden la unidad entre sí, ya maltrecha desde que apareciera la pecaminosidad o soberbia originaria. Una alianza más precisa es sellada con el patriarca Abraham, iniciador del peregrinaje judío por la historia. Tal alianza patriarcal inicial se consolida con la alianza sinaítica que acepta Moisés en nombre de su pueblo. Se institucionaliza un sacerdocio tribal y hereditario centralizado pronto en el templo de Jerusalén durante un milenio.

            Llega un momento en que tal templo material con sus sacrificios animales deja de tener sentido. Entonces es sustituido por el templo espiritual de Jesús, que se sacrifica a sí mismo. Este templo espiritual y universal es prolongado por la comunidad eclesial. El sacrificio de amor de Jesús abre la definitiva alianza a toda la humanidad.

            El conjunto del judaísmo precristiano es una lenta preparación histórica para el Evangelio. No obstante, podemos considerar en el mismo judaísmo precristiano una fase interna inicial o de preparación para lo que había de ser un judaísmo sólidamente constituido y madurado. El judaísmo fundacional es tribal y de santuarios. Carece del templo, de la Torá, así como de territorio y de una sólida unidad como pueblo. Se extiende desde Abraham hasta la esclavitud en Egipto.

            El judaísmo surgido de la experiencia histórica de liberación y de peregrinaje por el desierto hasta recibir la Torá, abandona el mero estado tribal para unificarse más como pueblo. Así, pronto adquiere el territorio de Israel y se organiza como reino. En su capital Jerusalén establece el culto sacerdotal dentro de un templo que expresa la presencia de Dios entre su pueblo. Ésta es la segunda etapa del judaísmo precristiano, la de constitución o consolidación del pueblo judío como unidad bien organizada y establecida. Paradójicamente el asentamiento sólo fue posible a partir de una honda vivencia de desarraigo, de esclavitud y peregrinaje. Se desarrolla desde Moisés hasta poco antes del exilio babilónico y la destrucción del primer templo.

            Más adelante la dura experiencia del exilio babilónico y el esfuerzo por restaurar el culto, las costumbres y el templo hacen madurar al pueblo judío. Después, la revuelta y la restauración política de los macabeos exigen un alto sentido de la fidelidad renovada al Dios de los patriarcas. Tal movimiento restaurador define la tercera y última etapa precristiana del pueblo judío, la de maduración: desde el exilio babilónico hasta Jesús.

            Las sublevaciones contra los romanos provocan la definitiva destrucción del templo y la dispersión de la gran mayoría de los judíos. En otros muchos momentos de la historia los judíos se han sublevado, han sido dispersados, esclavizados o exiliados. Ya anteriormente llegaron a perder su templo, que recuperaron en unas décadas. Pero nunca la dispersión y la pérdida del templo se habían prolongado dos milenios, precisamente los dos milenios del cristianismo. ¿No será que el sacerdocio y el genuino judaísmo en su conjunto se han desarrollado propiamente en la comunidad cristiana a partir del judaísmo helenístico?. Por el contrario, son manifiestos los frutos del judaísmo palestino y nacionalista de inspiración farisea que rechazó la mesianidad de Jesús y su filiación divina: la pérdida de la fundacional esencia sacerdotal y la atomización en grupos religiosos.

            El movimiento sionista y el moderno Estado de Israel tienen un preponderante carácter político-cultural, de tipo nacionalista. No son minusvalorables sus evidentes logros, pero no han conseguido reunir políticamente a la mayoría de los judíos. Por supuesto, la desunión religiosa judía continúa tan arraigada como casi siempre. Con todo, es perceptible un difuso y valioso “espíritu judío” que comparten incluso los judíos supuestamente no religiosos en su mayoría. Y, pese al rechazo de la mesianidad de Jesús por parte de los judíos postcristianos y pese a las heridas físicas y morales infligidas entre cristianos y judíos durante siglos, hay esperanza. Judíos y cristianos siempre compartirán un inmenso legado espiritual y cultural que cimiente una fraternal convivencia.

 

            4.2) Esquema histórico judeocristiano

 

Humanidad pre-judía:

1º) Adán, Eva e hijos Abel, Caín y Set.

 

2º) Noé, torre de Babel.

 

Judaísmo sacerdotal y precristiano:

1º) Iniciación (desde 1800 a.C.): Patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob), las doce tribus (hijos de Jacob, como Judá y José) y santuarios. Esclavitud en Egipto.

 

2º) Constitución (desde 1300): Éxodo (Moisés, Aarón) y Torá, pueblo unido en Israel (Josué), reyes (David) y Templo (Salomón, 950). División en dos reinos: Judá e Israel. Profeta Elías (850).

 

3º) Maduración: Exilio babilónico (587), restauración y, en 515, 2º Templo (Esdras, Zorobabel y Josué). Judaísmo helenista (traducción bíblica de los LXX) y revuelta macabea (168).

 

Judaísmo postcristiano:

4º) Dispersión: Destrucción romana del templo (70 d. C.) y dispersión. Concilio de Jamnia, canon judío, Mishná (compilación acabada hacia el año 200) y Talmud (siglo IV en Galilea y V en Babilonia).

 

5º) Sionismo (XIX-XX, Theodor Herzl) y Estado de Israel (XX, Ben-Gurión).

 

Iglesia:

1º) Época Apostólica (s. I): Juan Bautista, María, Jesús, los doce apóstoles como Pedro, Santiago y Juan, y otros apóstoles como Pablo. Composición del Nuevo Testamento.

 

2º) Época Patrística (s. II-VII): Concilios fundamentales como los de Nicea y Éfeso, y Padres de la Iglesia como Clemente Romano (s. I), Ignacio, Justino, Ireneo, Atanasio, Basilio, Gregorio Nacianceno, Gregorio de Nisa, Juan Crisóstomo, Efrén, Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Cirilo, Gregorio Magno e Isidoro. Difusión mediterránea y asiática. Grandes persecuciones hasta Constantino. Síntesis cultural romano-germánico-celta y superación de grandes herejías. Confrontación con paganos y gnósticos.

 

3º) Época Románico-gótica y Bizantina (s. VIII-XIV): Creación de la unidad cultural y espiritual europea basada en la evangelización y el legado grecorromano. Polarización entre la Iglesia latina y la griega que conducirá al cisma (s. XI). Primeras confrontaciones con el islam.

 

4º) Época Moderna y Ultramarina (s. XV-XIX): Avivamiento de las fuentes judeocristianas y del legado grecorromano. Evangelización de América y de buena parte de África, Oceanía y Asia. Separaciones protestantes y concilio de Trento (s. XVI). Confrontación con el laicismo neognóstico o iluminista (parte de la “Ilustración” del XVIII).

 

5º) Época Ecuménica y Global (s. XX-XI): acercamiento entre las grandes confesiones cristianas y presencia activa de la Iglesia en todo el mundo. Concilio Vaticano II.



[1] ) Hay grupos de judíos denominados “judíos mesiánicos” porque aceptan la mesianidad de Jesús. En realidad, todos los cristianos espiritualmente somos judíos mesiánicos. Nos insertamos por el bautismo en las promesas divinas hechas a los patriarcas y a todo el pueblo judío.

[2] ) Aquí “judeocristiano” se refiere a los seguidores de Jesús procedentes del judaísmo. Sobre ellos puede consultarse la obra de Jean Daniélou, “Teología del judeocristianismo”, Madrid, 2004. En el resto del ensayo, como es manifiesto, lo “judeocristiano” indica el conjunto de todo lo judío y lo cristiano.

[3] ) En la antigüedad cristiana se mantuvo la “disciplina del arcano”, por la cual no se daban a conocer a los paganos verdades de la fe que no estaban en condiciones de comprender (por ej., la Eucaristía). A los neófitos se les revelaban sólo progresivamente.

 

                                                                     

Dieu est amour – et tout est dit

3 juin 2007 – Fête de la Trinité

Chapitre à la Communauté de Scourmont ( benedictinos.)

 

 Il y a plusieurs années je participais à une rencontre interreligieuse où nous étions trente personnes (10 juifs, 10 chrétiens et 10 musulmans). Le thème de la rencontre était l’unicité de Dieu.  Il s’agissait essentiellement de partager nos expériences religieuses respectives.  Au cours de la conférence on fit venir quelques « experts » de chacune des trois grandes religions.  Pour le christianisme, on fit venir un père dominicain qui nous présenta l’enseignement scholastique sur le mystère de la Trinité en utilisant tout le langage le plus technique et le plus hermétique des manuels de théologie de l’époque, parlant de « processions » et de « circumincession », etc. Les jeunes Juifs et Musulmans qui participaient à la rencontre – et sans doute aussi la plupart des Chrétiens – avaient l’impression d’assister à un cours de géométrie ou de physique.  La réalité du mystère de la vie divine est tout autre. Lorsqu’on dit que « Dieu est amour », tout est dit. Le Dieu de la Bible n’est pas le Dieu des manuels de théologie.

L'Écriture nous décrit la création comme l'oeuvre d'un Dieu enjoué, qui semble s'amuser énormément à faire jaillir les sources d'eaux des abîmes, à implanter les montagnes et affermir les cieux, et sous la main duquel, comme sous celle d'un magicien, jaillissent plantes et animaux de toutes espèces. "Quand il affermit les cieux..., dit la Sagesse (Prov. 8,30), j'étais là... à ses côtés, faisant ses délices, m'ébattant sur la surface de sa terre et trouvant mes délices parmi les enfants des hommes" (première lecture d’aujourd’hui).

Déjà la Genèse nous avait montré Dieu jouant dans le sable, ou plutôt l'argile, au matin de la création, et formant de ses mains la figure d'un être humain, qui lui plut tellement qu'il insuffla en ses narines son propre souffle de vie, pour en faire un être vivant. Paul, beaucoup plus tard, décrira la même réalité en disant que "l'amour de Dieu a été déversé dans nos coeurs par l'Esprit Saint qui nous a été donné" (deuxième lecture d’aujourd’hui).

Nous avons donc été créés à l'image de Dieu, de son propre Souffle, portant donc en nous une semence de vie divine appelée à croître sans cesse. Et puisque que cette semence est divine elle a une dimension d'infinité, et nous pouvons dire que l'être humain a été créé avec une capacité infinie de croissance.

Jésus de Nazareth est l'être humain en qui cette capacité de croissance a atteint son plein développement. Image parfaite de Dieu, il est tellement homme (comme Dieu a voulu l'homme), qu'il en est Dieu. Parfaitement Dieu et parfaitement homme, il a vécu à la manière humaine tout ce que Dieu est, et qui n'avait été qu'esquissé dans le grand feu d'artifice de la création. Il nous a révélé dans son être la richesse de la relation, la capacité d'aimer que Dieu est.

Il a partagé avec nous cette expérience. Il nous a parlé de sa relation avec Dieu. Il nous a dit que Dieu est son Père, que Lui et son Père sont unis par un mystère d'amour qu'il appelle l'Esprit et que, finalement, son Père et Lui sont Un. Il nous a aussi parlé de Dieu comme d'une tendre mère; il s'est comparé lui-même à un époux aussi bien qu'à un berger. À travers toutes ces innombrables symboles et images il nous a permis d'entrevoir toute la richesse de la vie affective de Dieu. Et pourtant il est important de se souvenir que Dieu est infiniment plus grand, plus riche et plus beau que tout ce qu'on peut en dire, et donc plus grand et plus beau que tous ces symboles et ces figures.

Jean, le disciple le plus proche du coeur de Jésus, a résumé tout cet enseignement dans une brève formule: "Dieu est amour". Plus tard, un mot a été inventé pour décrire cette danse de vie au sein de la divinité. On s'est mis à parler de Trinité. Les Pères de l'Églises et les théologiens, à partir de divers systèmes philosophiques, ont utilisé les catégories de personne, de nature, de relation, et ont inventé un langage de plus en plus compliqué pour creuser ce mystère, parlant, par exemple, de "circumincession" et d'autres choses semblables. Et puis, évidemment, on s'est mis à se batailler autour de ces mots, comme les théologiens savent faire, et l'on inventa même diverses hérésies aux noms de plus en plus exotiques. À la fin du compte, tous ces mots et toutes ces profondes réflexions théologiques ne disent rien de plus que ce que Jean avait dit en trois mots fort simples: "Dieu est amour".

Et la chose merveilleuse pour nous tous, c'est que nous sommes invités à nous joindre à cette danse, à entrer dans cette relation, à nous unir à la Sagesse qui "prenait ses ébats sur la face de la terre, trouvant ses délices dans les Enfants de Dieu".

S'il est vrai que Dieu est amour, chaque fois que nous aimons en vérité, nous participons à la vie de Dieu et à la nature de Dieu. Qu'il s'agisse de l'amour entre parents et enfants, entre amants ou époux, entre frères et soeurs d'une même famille naturelle ou d'une même famille monastique -- chaque fois que nous aimons nous participons à la vie de Dieu. Lorsque nous aimons les autres (et aussi lorsque nous nous aimons nous-mêmes, comme fait Dieu), nous vivons le mystère de la Trinité en laquelle Dieu est à la fois l'aimant, l'aimé et l'amour qui les unit.

 

Armand Veilleux

 

www.scourmount.be

Sobre miedos y valentías.

 Dolores Aleixandre.

 Alandar

Dice Jose Antonio Marina en su libro Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía: “De todas las emociones que amargan el corazón humano y son muchas, la gran familia de la angustia, la timidez, el terror, la vulnerabilidad es la que más me preocupa y la experiencia me dice que no es una rareza mía”. No debe serlo, porque si una frase se repite a lo largo de toda la Biblia es precisamente ésta: No temas. Me vienen a la memoria dos escenas, una del Antiguo Testamento y otra del Nuevo, en que los protagonistas se encuentran en una situación tan amenazadora que la prohibición de tener miedo debió resultarles bastante irónica.

El profeta Jeremías había oído en el momento de su vocación algo así como “Ni se te ocurra tener miedo, que ya estaré yo contigo para librarte”, y quizá ya entonces se preguntó por qué la promesa de presencia iba vinculada a un verbo que en hebreo se reserva para momentos de extremo peligro. A lo mejor se acordó de la promesa cuando la autoridad competente, en su caso el rey Joaquín, consintió a petición de los denunciantes que arrojaran al presunto culpable a un cisterna llena de fango: Y Jeremías se hundió en el fango (Jer 37,6) anota el narrador usando la misma técnica de Alfred Hitchock en sus famosos primeros planos. ¿Le vino a la memoria en aquel momento lo que le había dicho el Señor, cuando no era más que un muchacho encogido, temeroso y lleno de espinillas? En todo caso, llegaron los buenos y pasándole unos trapos por debajo de los sobacos (¡así lo dice el texto!), lo sacaron de la cisterna. Siempre me ha enternecido la visión de un Jeremías enfangado hasta las orejas y tiritando en medio del patio.

La escena del NT es la de la tempestad en el lago, con la barca como una cascarita de nuez subiendo y bajando entre las olas y éstas pasándole por encima como ahora a los cayucos. Y Jesús durmiendo tan tranquilo hasta que los discípulos lo despiertan a gritos y, cuando se pone en pie, no se les ocurre otra cosa que preguntarles: ¿Por qué tenéis miedo? (Mc 4,40) mientras nosotros pensamos estupefactos: ¿y cómo no iban a tenerlo? La tormenta se apacigua y aquí no ha pasado nada chicos, a desayunar pescadito frito en la playa.

Tres moralejas tres: la primera, que tanto los personajes de las dos escenas como nosotros, disponemos de una única consigna como estrategia de afrontamiento del miedo: Yo estaré con vosotros.

La segunda, que no estamos en peores circunstancias que Jeremías o los discípulos: en comparación con ellos, el fango no suele llegarnos más que al tobillo y el oleaje que aguantamos no pasa de marejadilla.

La tercera, una frase de Luis Vives que cita Marina: “El Creador del mundo ha determinado que la esperanza nazca y se sustente con levísimas motivaciones”. Y no resulta leve la motivación de ver que gente que hoy está en situaciones límite (Jon Sobrino por ejemplo, o los Borromeo’s Boys), estén aguantando cisternas y tormentas como verdaderos creyentes que son.

No así los que se dedican a meter miedo a otros, no así. Porque encima de emplear su tiempo a una cosa tan fea, llevan la contraria al Resucitado que no para de decir cada vez que se aparece a los suyos: “¡No tengáis miedo! La paz sea con vosotros…”. Tengo yo para mí que esta gravísima y heterodoxa costumbre merecería un buen susto. Pero, claro, no vamos a incurrir en el mismo error.

Y encima en tiempo de Pascua.

"La realidad sólo existe cuando tienes conciencia de ella"

18/11/2007-LA VANGUARDIA

Igancio Cirac

"La realidad sólo existe cuando tieens conciencia de ella"

Texto de Ima Sancho

Fotos de Roser Villallonga

Es nuestro científico estrella  y uno de los más reconocidos internacionalmente en computación cuántica y sus aplicaciones. Nació en Manresa  y dirige el organismo más prestigioso del mundo de su especialidad, el instituto Max Planck de Óptica Cuántica, en Munich, y la cátedra que lleva su nombre, cátedra Ignacio Cirac-Caixa Manresa. Su ciencia está abierta a todas las opciones. Pero sólo elige cuando las verifica.

Amable, tímido, y con la capacidad de hacer comprensible lo difícil, extraña cualidad en un físico cuántico; es nuestro científico estrella y uno de los más reconocidos internacionalmente en computación cuántica y sus aplicaciones. Nació en Manresa, su madre era profesora de matemáticas en un instituto y su padre, de griego. Dirige el organismo más prestigioso del mundo de su especialidad, el instituto Max Planck de Óptica Cuántica, en Munich, (Alemania) del que es miembro desde los 31 años. Ahora, a sus 42 años, vuelve a casa para dirigir la cátedra que lleva su nombre, cátedra Ignacio Cirac-Caixa Manresa, que pretende potenciar proyectos de investigación de primera fila mundial relacionados con la información cuántica, y que dirigirá simultáneamente y creando sinergias con su trabajo de investigación en el instituto Max Planck. 

¿Qué leyes rigen en su mundo?
Las leyes de la física cuántica, que son muy sorprendentes. El siglo pasado hubo dos revoluciones elementales, la de la física cuántica, que nos explica las leyes que rigen en el mundo de lo pequeño, y la de la relatividad, que nos explica las que rigen en el mundo de las cosas grandes.

¿Coinciden?
De momento no sabemos cómo poner de acuerdo esas dos teorías.

Si lo pequeño está dentro de lo grande, deberían coincidir, ¿no?
Eso pensamos todos, y en los últimos cincuenta años hay muchos científicos buscando esa ley común. Durante muchos años hemos creído que había muchas leyes distintas: la ley de la electricidad, la del magnetismo, la de la gravedad, la de las interacciones nucleares… Con el tiempo nos hemos dado cuenta de que todas esas leyes son manifestaciones de una misma ley. La cuántica está de acuerdo con la ley del electromagnetismo, con las leyes nucleares…, pero no con la ley de la gravitación.

La que nos explica por qué las masas se atraen.
Exacto, y que es responsable de fenómenos como el movimiento de las galaxias, los agujeros negros… Pero parece obvio que, como en todos los otros casos, llegaremos a poner de acuerdo lo que por el momento parece no estarlo.

Uno de sus ídolos, Schrödinger, explicó con su teoría del gato una de las leyes más extrañas de la física cuántica, ¿es pura teoría?
Es pura práctica. Schrödinger y Planck plantearon las leyes de la física cuántica a principios del XX, y ahora las hemos comprobado en los laboratorios, así que no hay duda.

Un gato está vivo y muerto a la vez, sólo cuando yo lo observo se define su estado; una ley muy egocéntrica
Eso es lo que dice la física cuántica: La realidad que existe fuera de ti no está definida hasta que tú tienes conciencia de ella. De manera que las cosas no están vivas o muertas, ni aquí ni allí, sólo cuando las observas dan lugar a una realidad.

Lo entiendo filosóficamente pero no prácticamente. Si aquí hay un cadáver de mosca, hay un cadáver de mosca aunque yo no lo mire.
En el mundo de lo que se puede ver, el mundo macroscópico que tenemos hoy en día, estos fenómenos de vivo o muerto no sabemos cómo producirlos, pero en el mundo microscópico sí que podemos tener un átomo aquí y el mismo átomo allí, que esté en dos sitios a la vez y con una propiedad en un lugar, vivo por ejemplo, y muerto en otro lugar.

¿Y esa capacidad se pierde cuando cambias de escala?
Exacto, cuando vamos aumentando el tamaño del objeto esas dos vidas quedan definidas independientemente ya de mi observación, porque cualquier partícula que pase por ahí y tenga interacción con ese objeto definirá su estado, es como si la partícula también lo observase y así definiese su estado. Le contaré una pequeña analogía: en el mundo microscópico (el de los átomos, moléculas, fotones) es como si hubiese varios universos a la vez. Ocurre como en esas películas de ciencia ficción en las que el protagonista tiene varias vidas a la vez, en una de ellas tiene una rutina determinada, una esposa y unos hijos; y en otra es un informático solitario. Ambas vidas transcurren a la vez y en el mismo sitio.

¿Universos paralelos?
Exacto. El mismo átomo vive simultáneamente en universos paralelos. En uno se mueve a la izquierda, en otro a la derecha; en uno está vivo, en otro muerto y, por lo tanto, mientras esos universos sigan existiendo esta vivo y muerto a la vez, pero cuando yo lo observo escojo uno de esos universos y así queda definida la propiedad: si observo el vivo, estará vivo, si observo el muerto, estará muerto. El problema de esta analogía es cuando vas al mundo macroscópico y te preguntas por qué no hay personas vivas y muertas a la vez. Pero en el mundo microscópico podemos decir con rigor que esos universos existen al mismo tiempo, y si tú no tienes ninguna interacción con ese átomo, vive tranquilo en su estado indefinido de vivo y muerto a la vez.

Nosotros estamos construidos de esos átomos.
Sí, así llegamos a uno de los problemas más importantes de la física cuántica: cómo pasar de ese mundo microscópico cuyas propiedades están comprobadas en el laboratorio, al mundo macroscópico en el que vivimos, es decir, ¿dónde están nuestros universos?

¿…?
El siguiente paso es averiguar qué ocurre cuando juntas más y más átomos, más y más moléculas, ¿podemos ver estos universos en objetos más grandes?... Y esto es lo que intentamos hacer. Existen varias corrientes, algunos piensan que cuando vayamos hacia lo más grande, estos universos irán paulatinamente desapareciendo hasta que lleguemos al nivel macroscópico en el cual esos universos dejen de ser una realidad. Y hay otros científicos que dicen que no, que incluso nosotros mismos estamos viviendo en distintos universos. Pero hasta dentro de muchos años no se podrá demostrar experimentalmente, por lo tanto son especulaciones.

¿No le obsesiona la posibilidad de poder estar en varios sitios a la vez?
No, porque estando en este universo no tengo ni puedo tener contacto con los demás universos. A mí me gustan los temas conceptuales pero no llevarlos demasiados lejos. Si es posible pasar de un universo a otro son especulaciones que, hasta que no se puedan demostrar son interesantes pero no son opinables. Existen muchas posibilidades como ésa, pero lo que me gustaría es verificarlas.

Buscamos una gran ley a la vez que admitimos el azar en el mundo microscópico. ¿Un azar constreñido a una ley?
Cuando uno observa y elige uno de los universos alternativos de la partícula, ¿cómo se elige? Es completamente aleatorio, es el azar, a eso se refería Einstein cuando decía: “Dios no juega a los dados”, negaba que las propiedades de los objetos queden aleatoriamente definidas cuando las observamos, y eso que Einstein negaba es hoy una ley.

Toda esta información implica un cambio de paradigma.
Sí claro, hay un cambio fundamental de nuestra visión del mundo. La visión de los físicos cuánticos respecto al mundo es distinta a la de otra gente porque nosotros pensamos que las propiedades de los objetos no están definidas, y ésa es una visión muy poco realista. Y también pensamos que no existe una realidad independiente de nosotros sino que la vamos definiendo a medida que vamos viviendo.

¿A dónde nos puede llevar en el nivel de concepción de lo vivo?
Yo creo que no tiene ninguna consecuencia extraordinaria en cuanto a temas como la religión, pero sí en campos como la filosofía. De hecho, hasta hace pocos años estos temas despertaban más interés en los filósofos que en los físicos, porque los físicos no se lo creían, la mayoría negaba esos universos paralelos, hasta que hace 20 años fueron capaces de ver esos mundos microscópicos que demostraban que la naturaleza es así de extraña.

¿Usted se ha interesado por las connotaciones filosóficas?
Sí, pero no soy ningún experto. Lo que creo que rompe más esquemas respecto a la filosofía tradicional es esa idea comprobada de que no existe una realidad bien definida independiente de nosotros. Cuando yo estaba estudiando el doctorado y le contaba estas cosas a mi allegados, me decían: “De acuerdo, pero no se lo cuentes a nadie”. Pensaban que estaba loco.

Lo que me asombra es que todo eso que cuenta ocurre a escala microscópica dentro de nosotros.
Sí, eso es lo que pensamos. Pero tampoco sabemos cómo la suma de esos átomos dan lugar a la vida, porque si juntamos un átomo y otro átomo y otro átomo hasta configurar el cuerpo de un animal, eso no significa que este vivo. Y ya sabe que los átomos que nos forman, tal como dijo Einstein, pasan a formar parte de otros objetos o se transforman en energía.

Con lo cual por aquí pueden rondar átomos de Napoleón, de Jesucristo...
Sí, sí, claro. Insisto, la naturaleza es sorprendente. Otra de las leyes de la física cuántica, por ejemplo, nos dice que una partícula puede pasar por dos agujeros a la vez, dos agujeros que pueden estar en cualquier sitio.

Es pasmoso.
Por eso me dediqué a este tema, pero ya no me llama la atención porque vivo con ello. Otra ley extraordinaria nos dice que dos objetos que están en sitios distintos pueden comunicarse, tener una especie de telepatía. Si yo en un objeto (átomo o partícula) hago algo y pasa algo, el otro objeto estando a la distancia que sea y sin que haya ningún tipo de comunicación entre ellos, hace lo mismo.

El universo está formado por átomos, si yo cojo un átomo y le hago dar vueltas, ¿todos los demás darán vueltas?
No, ocurre con los que has preparado, los que has presentado por decirlo de alguna forma, los que ya se conocen. A partir de ahí, usted se lleva uno y yo me quedo con otro, esos son los que se comportarán igual.

¿Todo está interrelacionado, todo se comunica?
Sí, lo que pasa es que excepto este tipo de comunicación del que he hablado, las cosas se comunican localmente, es decir, los átomos que están alrededor de mí chocan conmigo y luego con usted, y esa es una forma de mantener una comunicación de la que nosotros no nos enteramos, pero no chocan con los que están en China.

También ha investigado usted otros estados de la materia.
Así es, existen más estados de la materia, desde plasmas que aparecen en algunos objetos estelares y otros que llamamos condensado de Bose y Einstein. Estos dos señores, hace 80 años, predijeron que a muy bajas temperaturas los átomos que estaban en estado gas se comportarían de una manera muy extraña. Hace diez años se verificó en laboratorio y se obtuvo ese nuevo estado de la materia.

¿Y en qué consiste, cómo se lo explicaría a su hijo de 14 años?
Le diría que de repente a una muy baja temperatura, cuando enfrías más y más esos átomos, empiezan todos a hacer lo mismo, si uno se mueve hacia la derecha le siguen los demás, si lo hace hacia la izquierda, también. Es como si desfilaran todos a la vez y como si supieran lo que va a hacer el que tienen al lado. Eso da como resultado un estado que no es ni líquido, ni gaseoso, ni sólido; es una especie de estado entre líquido y gas, que puede fluir como un líquido y por otro lado es tan diluido como el gas. Si uno abre un grifo, el agua empieza a dar vueltas y al cabo de cierto tiempo cae. Pues bien, estos átomos empiezan a dar vueltas y no caen, pueden dar vueltas y vueltas sin gastar energía. Se trata de comportamientos inesperados de las partículas subatómicas que hoy empezamos a comprender.

Otra de sus investigaciones es la teletransportación a escala atómica.
Sí, he desarrollado esta investigación conjuntamente con físicos daneses. Conseguimos que las propiedades físicas de un grupo de fotones ubicados en un sitio desaparezcan y aparezcan en un conjunto de átomos. Eso es lo que se llama teletransporte cuántico, que no es lo mismo que vemos en Star Trek, es decir que la materia desaparece de un sitio y aparece en otro, nosotros teletransportamos las propiedades.

Pero la vida es una propiedad de la materia.
Sí. ¿Se puede transportar la vida de un objeto vivo a un objeto muerto? ¿Qué desaparezca de uno y aparezca en el otro?

Frankenstein.
… Bueno, pues la física cuántica de momento no lo niega, si pudiéramos extender al mundo macroscópico todas estas investigaciones del mundo microscópico, a lo mejor es posible, aunque hoy no lo es técnicamente, entre otras cosas por caro.

¿Qué piensa investigar en la flamante cátedra Ignacio Cirac de Manresa?
Uno de los temas más importantes de nuestra investigación es intentar aplicar todos esos fenómenos extraordinarios del mundo microscópico a un ordenador capaz de cálculos extraordinarios que no pueden hacer los ordenadores actuales. Si los unos están en tres sitios a la vez, los ceros cambian de sitio y se desdoblan, y se hacen sumas en paralelo…

¿Un ordenador cuántico tardaría un minuto en hacer lo que el mejor ordenador actual tardaría cien años?
O más: frente al ordenador más potente del mundo, que tardase millones de años en hacer un cálculo muy complejo, un ordenador cuántico seguiría tardando un segundo, porque está utilizando el hecho de que hay muchos universos, está haciendo distintos cálculos en todos esos universos a la vez, y sabemos cómo juntarlos para hacer que la potencia de cálculo sea infinitamente más grande.

¿Es una realidad?
Una realidad en estado embrionario.

¿Qué ocurriría en la vida con esas posibilidades?
Hay problemas cotidianos que requieren muchos cálculos, como la predicción del tiempo, o cuando se quiere estudiar el tráfico o por qué los peces migran de un sitio a otro. Podríamos hacer cálculos y descripciones de objetos y fenómenos que hoy día no podemos descubrir por la dificultad de esos cálculos.

A la pregunta de a qué conclusión científica fundamental había llegado, Stephen Hawking, contestó que todo es posible.
Mi conclusión sería que sabemos muy poco, poquísimo. Incluso aunque conociésemos todas las leyes, nunca podríamos estar seguros de que las conocemos.

¿Cuál es el peor prejuicio a la hora de investigar el mundo?
Creo que los científicos nos vamos creando los prejuicios. Según nos vamos haciendo mayores y hemos aprendido más cosas, intentamos  utilizar lo que conocemos para explicarlo todo; mientras que los jóvenes todavía no están expuestos a tanto prejuicio y, normalmente, tienen mas originalidad.
¿Qué le llevó a usted a tener esa capacidad de apertura mental?
Para ser un físico cuántico tienes que ser un buen estudiante y tener suerte, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Cuando empezó a surgir todo este tema de la información cuántica yo estaba en Estados Unidos expuesto a todo eso.

Ahora, en los trabajos de investigación punteros, se mezclan distintas disciplinas.
Sí, de hecho la investigación actual en muy distinta a la de hace cien años. Hoy los investigadores estamos en contacto directo, es algo mucho más colectivo. Y hay campos, como en el que yo trabajo, que requieren agrupar muchas disciplinas. Nosotros trabajamos en aplicar la física cuántica a la informática, de manera que ya tenemos dos disciplinas. También hay que dominar el mundo microscópico, necesitamos físicos atómicos y químicos; y para poder formular toda esa complejidad necesitamos matemáticos.

Permítame ir más allá de la física: ese fenómeno de que el observador cambia lo observado tiene mucho que ver con la consciencia.
Observar quiere decir ser consciente de lo que veo, así que es la consciencia la que va definiendo esas propiedades de los objetos. De ahí podemos pasar a un tema que roza lo filosófico: qué quiere decir observar, que llegue luz a tu ojo, o tiene que pasar del ojo al nervio, o tiene que llegar al cerebro… ¿Cuándo se produce esa observación? Se produce cuando eres consciente de ella. Ese es otro campo de investigación, el estudio del cerebro y de la consciencia, a los que les interesa mucho lo que tiene que decir la física cuántica.

Si la observación cambia las actitudes, ¿el libre albedrío se amplía o se restringe?
Ese es otro gran tema del que no tenemos respuesta.

¿Las partículas elementales son inmortales?
Sí, pero se pueden destruir fusionándose y dando origen a otra cosas. Todo está compuesto de las mismas partículas elementales.
 
¿Entonces, las partículas elementales son Dios?

No lo sé. Si hubo un principio parece que de algún sitio tuvo que salir, pero también puede que no haya ningún principio, que el tiempo sea algo periódico que va dando vueltas.

¿Vive usted en la indefinición?
Si tomas una opción y te la crees, puede que no sea cierta. Hasta que no puedo verificar que una es cierta, prefiero no abandonar ninguna.

 

El arma más poderosa del mundo

 

  Por Maria Viñas. Fundación Carta de la Paz


Artículo publicado en la “Columna de Paz” de junio del 2007.
El pasado 8 de junio, se cumplieron treinta y cinco años del bombardeo de Trang Bang, una aldea de Vietnam. Este aniversario no habría pasado a la historia si no fuera porque el fotógrafo Nick Ut estaba allí, y fue el único fotógrafo al que le quedaba una cuarta cámara fotográfica a punto para “disparar”. Captó la imagen de unos niños despavoridos huyendo del abrasador napalm (este explosivo alcanza una temperatura de 1200 Cº). En el centro de la fotografía la niña Kim Phuc, de nueve años de edad, corre desnuda con el rostro desfigurado de dolor. Su ropa hace segundos que quedó abrasada por el explosivo. Esta fotografía ganó el premio Pulitzer en 1972, y dio la vuelta al mundo denunciando las atrocidades de la guerra.

Justo después de tomar la foto Nick se llevó a la niña Kim Phuc al hospital. Allí estuvo durante 14 meses, donde sufrió múltiples y dolorosas operaciones, pues tenía quemaduras en el 65% de su cuerpo.

Pasaron los años, y en 1996 la Fundación para la memoria de los veteranos de Vietnam la invitó a Washington para que contase su batalla personal. Allí, conoció a John Plummer, uno de los pilotos que participó en el bombardeo en 1972. “John Plummer se acercó a mí y no paraba de llorar. Entonces me preguntó: -¿Me perdonas, me perdonas?-, y yo le dije: -Sí, te perdono-, y en ese momento los dos empezamos a llorar. Estaba muy emocionada la primera vez que le vi, pero me alegré mucho por tener la oportunidad de perdonarle ya que comprendí que él también estaba sufriendo por lo que hizo. Cuando cambié el odio y la ira por el perdón, me sentí como en el cielo.”

Kim Phuc lo perdonó públicamente, convirtiéndose en un símbolo mundial de la reconciliación. Un año después fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y, durante la ceremonia, Federico Mayor Zaragoza explicó que con ejemplos de reconciliación como este, “esperamos que la humanidad escoja el camino de la paz y que la paz prevalezca en nuestras mentes”. Hoy día, Kim ha creado una Fundación para ayudar a niños de todo el mundo que son víctimas de la guerra. Y como embajadora de buena voluntad de la UNESCO, su misión es difundir un mensaje de paz.

La vida de Kim Phuc cambió el 8 de junio de 1972, cuando una bomba estalló en su aldea de Vietnam y le quemó el 65% de su cuerpo. Pero en 1996, veinticuatro años después, en Washington, su vida sufrió de nuevo una tremenda conmoción. No estaba en su mano borrar las huellas de su cuerpo de ese gran horror que vivió en su infancia pero sí tenía en su interior la fuerza para borrar de su corazón el odio y el resentimiento. Este gesto heroico no puede exigirse a nadie, pero Kim comprendió que ella tampoco podía vivir llena de rencor. El encuentro con el piloto y el reconocimiento de éste del daño que hizo les brindó -a los dos- la posibilidad de reconciliarse. Y en los actos de reconciliación y perdón todos los participantes -todos- salen ganando.

Hoy, Kim se siente feliz de que la gente pueda ver otra fotografía de su vida: una mujer adulta, en la que se ve amor, esperanza y reconciliación. Ella cuenta como “la gente puede ver con estas imágenes que puede elegir algo mucho mejor que la guerra. El perdón es más poderoso que cualquier arma del mundo". La foto de la niña Kim del año 1972 es un símbolo de la guerra, pero la vida de esta mujer, llena de fortaleza y madurez es un símbolo de amor, esperanza y perdón.



Páginas de interés:

http://www..cartadelapaz.org
http://portal.unesco.org/es/ev.php-URL_ID=29011&URL_DO=DO_TOPIC&URL_SECTION=201.html
http://paz-digital.org/new/content/view/2958/2/
 
http://aikun.files.wordpress.com/2007/06/kim_phuc.jpg

 

Debate sobre religiones y globalización en el Consejo Económico y Social de París

Obispo de Rouen: Este coloquio «se inscribe en un camino de reconciliación»

PARÍS, miércoles, 14 noviembre 2007 (
ZENIT.org).- ¿Hay un punto de encuentro entre la lógica de salvación del ser humano y la de la globalización? ¿La visión que las religiones tienen de la persona humana es conciliable con la de los dirigentes económicos?

Para dar respuesta a estas cuestiones, el diario «Réforme» y el Instituto de la Empresa de Francia organizaron el pasado 9 de noviembre, en la sede del Consejo Económico y Social, en París, Francia, un coloquio sobre el tema «Las religiones ante la globalización».

«Nuestro mundo es un mundo en el que cada dominio está separado del vecino y volvemos a sentir, tras este tiempo de encuentro, la necesidad de reencontrarnos e instaurar verdaderamente un diálogo», declaró en el coloquio monseñor Jean Charles Descubes, obispo de Rouen y presidente del Consejo para las cuestiones familiares y sociales de la Conferencia Episcopal de Francia.

Interrogado por Zenit, monseñor Descubes, se declaró satisfecho por este coloquio que, estima, «se inscribe en un camino de reconciliación».

En su opinión, la multiplicación de estas convocatorias es el signo «de una voluntad de diálogo entre dos mundos» que se decía se ignoraban: «El dinero y la economía por un lado, Dios por el otro», como está escrito en el manifiesto del coloquio.

Explicando a Zenit los objetivos del encuentro, Jean-Luc Mouton, director del diario «Réforme», uno de los organizadores, reconoció que «como creyentes de diferentes tradiciones, tenemos el privilegio de poder encontrarnos, de encontrarnos con otros planteamientos que no sean simplemente: ‘yo estoy del lado de los mercaderes’, ‘yo estoy del lado de los explotados’».

Los directivos de empresas tienen un mensaje que dar a las religiones, explicó por su parte Jean-Damien Po, director de Estudios del Instituto de la Empresa, coorganizador del coloquio.

«Hay que superar el discurso de ciertas Iglesias o de algunos en la Iglesia sobre la globalización», subrayó a Zenit.

«Queremos mostrar que teólogos, responsables religiosos y directivos de empresa son capaces de debatir juntos, de manera serena, sobre un cierto número de cuestiones comunes, elaborar una reflexión común e incluso emitir propuestas comunes».

Jean-Luc Mouton se hizo portavoz de la impresión de los responsables económicos, según la cual, las Iglesias en general «han tomado partido a menudo a favor de los más pequeños, los más débiles, tener en cuenta necesariamente toda la complejidad de los fenómenos de la globalización y de la economía mundial».

Ante esta impresión, monseñor Descubes reconoce que se da efectivamente «una tensión entre la experiencia cristiana y religiosa, el Evangelio que da sentido a nuestra vida, que presenta un ideal radical, y las situaciones concretas».


Pero para él, «en esto consiste precisamente la responsabilidad de los responsables cristianos, de los directivos de empresa, iluminados por el pensamiento de su Iglesia: tienen que ver cómo pueden tomar decisiones concretas afrontando cara a cara los ritmos de trabajo que imponen; los asalariados; el progreso del mundo de la empresa; para que sean fieles a lo que el Evangelio desea para ellos, es decir, que la empresa debe ser una comunidad de personas».


Para monseñor Descubes «no se trata de que una de las partes le diga a la otra lo que debe hacer sino de entablar un diálogo, de permitir a cada uno tomar la distancia necesaria para que su práctica sea una práctica humana».

«La economía no puede, ella sola, dar la felicidad al hombre», aclara. Es importante, que «los empresarios, los responsables económicos tomen distancias ante su labor».

«El dinero debe ser servidor y no maestro», aclara monseñor Descubes, quien reconoce se ha dado «una innegable convergencia de puntos de vista» entre las religiones. Aunque constata que no todos tienen la misma posición sobre ciertos temas, como por ejemplo, la propiedad de bienes, el uso de la riqueza, ha podido ver que «tienen la misma inquietud por poner al hombre en el centro de la organización del mundo y por tanto de la economía».

Al afrontar la cuestión del progreso del mundo sin perder de vista el lugar del hombre, teólogos de diferentes tradiciones religiosas --judía, cristiana y musulmana—ofrecieron su punto de vista. Entre ellos se encuentra el economista y teólogo católico Edouard Herr, sj, profesor de Ética Social en el Instituto de Estudios Teológicos de Bruselas.


En declaraciones a Zenit, el sacerdote explica: «Pienso que el teólogo debería poder mostrar dónde están y por medio de qué disciplinas se logra la intersección entre las dos lógicas, la de la salvación del hombre, la historia de la salvación relatada en la Biblia, y por otra parte la formidable lógica de la globalización».

Se trata de «dos lógicas de universalidad y de unidad que constituyen un extraordinario desafío, único, en la historia de la humanidad, donde la humanidad se unifica».

A la cuestión de saber de qué unidad se trata, el padre Herr considera que el verdadero desafío está ahí, en que «la religión tiene una palabra que decir sobre el sujeto, incluso a nivel económico, así como la economía tiene algo que decir a la religión».

«La economía es una respuesta a una vida digna para el hombre y por tanto en cierto modo tiene una aportación importante que ofrecer a la salvación del hombre», explicó, imaginando una especie de «complementariedad» entre ellas.

Pero ante el fenómeno de la globalización y la economía mundial, el enfoque es diferente según las tradiciones religiosas, y el padre Herr reconoce que la cuestión no es fácil. En el caso de las religiones monoteístas, hoy invitadas a hacer frente común ante los dirigentes económicos, ve en esta «perspectiva de unidad» la necesidad de que «se pongan de acuerdo sobre ciertas exigencias de justicia e igualdad».

«Se podría situar aquí el espíritu de Asís», en referencia a los encuentros de oración de líderes religiosos mundiales convocados por Juan Pablo II en la ciudad de san Francisco.

«En Asís, lo que se quería es que las religiones pudieran encontrarse en el terreno común de la oración, pero también del compromiso por la paz. Se podría decir que aquí lo que se busca es encontrar compromisos comunes por la justicia», concluyó.

Entre los otros participantes en el coloquio «Las religiones ante la globalización» se encuentran el pastor Jean-Arnold de Clermont, presidente de la Conferencia de Iglesias Europea; Dalil Boubakeur, rector del Instituto Musulmán de la Gran Mezquita de París, y Michel Camdessus, antiguo director general del Fondo Monetario Internacional.

Navidad de mons. Cappio

Frei BettoContinúa su huelga de hambre contra el trasvase del río San Francisco
Allá está el obispo, mons. Luiz Flávio Cappio, en la región de Bahía, decidido en su huelga de hambre contra la transposición del Río San Francisco.
El río, que corta el corazón de Brasil, lleva el nombre del santo patrono de la ecología, debido a su amor por la naturaleza, con la cual mantenía relación de alteridad y empatía: Hermano Sol, Hermana Luna.

Lo que pocos notan es que el mentor de mons. Cappio era, en el siglo XIII, un crítico radical de los orígenes del capitalismo. El feudalismo se erosionaba por su inercia y los burgos, las futuras ciudades, despuntaban bajo las luces del redescubrimiento de Aristóteles y los nuevos emprendimentos mercantiles.

Bernardone, padre de Francisco, rico propietario de una manufactura de tejidos, importaba de Francia los tintes para colorear su producto. Su admiración por la metrópoli le condujo a bautizar a su hijo –como Francesco- en homenaje a Francia.

La miseria, hasta entonces, campeaba en Europa como secuela de las guerras y de la peste. El mercantilismo generó, por primera vez, relaciones de trabajo promotoras de exclusión social. Francisco se solidarizó con las víctimas de la naciente manufactura. Al desnudarse en la plaza de Assis, todos entendieron el gesto más allá del simple acto de despojo. Las ropas producidas por el padre estaban corrompidas por la tecnología que condenaba a los artesanos a la pérdida de su oficio y, por lo tanto, a la miseria.

Hoy, el franciscano mons. Cappio se posiciona al lado de las víctimas de la transposición de las aguas del San Francisco. El PT (Partido de los Trabajadores), históricamente, era contrario al proyecto. Y también estaba en contra de la CPMF (Contribución Provisional sobre Movimientos Financieros). Una vez en el gobierno, cambió, como también cambió en tantas otras cosas. Cambió para no realizar las transformaciones prometidas, como la agraria. Cambió para desfigurarse como partido de los pobres y de la ética. Cambió para parecerse más a sus adversarios políticos.

En Sobradinho (BA), en la capilla consagrada al santo que da el nombre al río, el obispo hace su gesto solitario, aunque también es objeto, en Brasil y en el exterior, de muchos apoyos solidarios. Su primera huelga de hambre, por 11 días, fue en 2005. Mons Cappio rechazó alimentarse hasta que el gobierno prometiese rediscutir el proyecto y promover la revitalización de río. Según el obispo, Planalto no honró el compromiso.

La obra de transposición está presupuestada en R$ 5 mil millones. Cornucopia en la cual están clavados los ojos de las grandes empresas contratistas y el agronegocio. Mons. Cappio desconfía de que la transposición beneficiará a los pobres de la región, que viven de la pesca y del cultivo familiar, pero sí al gran capital.

¿Quién ha visto a un gobierno hacer una obra de bulto para beneficiar al pobre? Ni siquiera el gobierno Lula invirtió suficientemente en el programa de construcción de 1 millón de cisternas de captación del agua de la lluvia, que pondría fin a las agruras de la sequía en el semiárido. Apenas el 25% de las cisternas fueron construidas, igualmente gracias al apoyo de la iniciativa privada. Ciudades sin suficiente saneamiento son beneficiadas por viaductos para el confort de quien transita en coche…

¿Quién tendrá acceso al agua transpuesta? ¿La seca o la cerca? No tiene sentido ese proyecto en una región donde todavía predomina el latifundio y cuya población, cerca de 12 millones personas, no tiene acceso a la propiedad de la tierra. En el proyecto no están incluidas las 34 comunidades indígenas y las 153 quilombolas ubicadas en su radio de acción.

El propio organismo que responde por las cuencas hidrográficas, el Comité de la Bacía Hidrográfica del Río São Francisco, está contra el proyecto, pues ignora las estructuras sociales arcaicas de la región, lo que significa, en la práctica, fortalecerlas.

Lo que Mons. Cappio reivindica es simple y democrático: que el gobierno debata el proyecto con la sociedad, sobre todo con los ribereños del San Francisco. La obra tendrá profundo impacto en toda la extensión territorial del país y, sobre todo, repercusiones ambientales y sociales.

Mons.Cappio tiene hambre de justicia, una bienaventuranza, según Jesús en el Sermón de la Montaña. Su Navidad es la del pesebre, allá donde la familia de María y José, sin techo y sin-tierra, hace nacer la esperanza de que la población de la cuenca hidrográfica del San Francisco no venga, en futuro próximo, a ser conocida también como sin-río. (traducción ALAI)

Frei Betto es escritor, autor de “A arte de semear estrelas” (Rocco), entre otros libros.

* Texto relacionado: Manifiesto: Por la vida del obispo Luiz Cappio, por la vida del Río San Francisco (http://alainet.org/active/21184)

 

Astrología, sectas

síntomas de la debilidad de la fe de los cristianos

 

Entrevista al especialista en nuevos movimientos religiosos Vázquez Borau

MADRID, domingo, 14 noviembre 2004 (ZENIT.org).- José Luis Vázquez Borau, estudioso de religiones, considera que el cristiano debe centrarse en Jesucristo y no hacer caso a supersticiones o astrología.

En declaraciones a Vázquez Borau, autor del nuevo libro «Los Nuevos Movimientos Religiosos. Nueva Era, ocultismo, satanismo» (
Editorial San Pablo), subraya, que «los Nuevos Movimientos Religiosos conectan con la posmodernidad que da mucho valor a la sensibilidad, lo que puede contribuir a que también nosotros valoremos más la vía de la experiencia».

Este especialista es doctor en filosofía y licenciado en teología moral, y lleva veinte años dedicado especialmente al estudio y a la docencia del fenómeno religioso.

--Hay un resurgir un tanto caótico de la religión: espiritualismos, esoterismos... ¿este fenómeno va a más?

--Vázquez: Es difícil predecir si este fenómeno va a ir a más. Lo que sí se
puede afirmar es que en la medida en que el ser humano quiera negar, tapar o
disimular, como si no existiera, el «sentimiento religioso que lleva
innato», éste buscará mil formas de hacerse presente y de manifestarse.

Un ejemplo reciente lo tenemos con los bautismos civiles (que han comenzado a implantarse, por ejemplo, en España). El ser humano lleva impreso en él una presencia divina que podemos decir incluso que no existe, pero no por eso va a dejar de existir y manifestarse.

Por eso son necesarias tres cosas: comunidades cristianas que den un testimonio gozoso de la fe y al mismo tiempo estén comprometidas con los problemas de las vidas de las personas, especialmente los más pobres; testigos del Absoluto; y una formación religiosa adecuada, sin la cual cualquier líder carismático sectario, en el sentido peyorativo de la palabra, se adueñará de la conciencia desinformada de las personas.

--Si se conociera mejor el cristianismo, ¿habría menos nuevos movimientos religiosos?

--Vázquez: En este libro «Los Nuevos Movimientos Religiosos (Nueva Era, Ocultismo y Satanismo)» he intentado ampliar nuestra mirada para darnos cuenta que todas las religiones, a lo largo de los tiempos han tenido seguidores que han deformado la religión que postulaban en su beneficio propio, pues en el fondo de toda manipulación religiosa hay una búsqueda de dinero y poder.

Así, después de analizar la Nueva Era como respuesta a la crisis generalizada de la religión institucional y a la obsesión por todo lo oriental como caminos de sabiduría, se indican algunos de los distintos grupos que surgen de distintas matrices, como la africano-animista, la hinduista, la budista, la confucianista, la judaica, la cristiana, la islámica, la cientificista, ocultista o la satanista.

Ciertamente
, si se conociese a Jesús, Camino, Verdad y Vida estaríamos hablando de otra cosa.

--Los Nuevos Movimientos Religiosos surgen dentro de las tradiciones religiosas: ¿en qué modo interpela a las religiones este hecho?

--Vázquez: Los Nuevos Movimientos Religiosos conectan con la posmodernidad que da mucho valor a la sensibilidad, lo que puede contribuir a que también nosotros valoremos más la vía de la experiencia y del sentimiento en el acceso a Dios.

No hay fe sin una experiencia inicial que llamamos conversión y sin esa experiencia cotidiana que llamamos oración. Es muy importante revalorizar la experiencia religiosa. Véase, por ejemplo el movimiento producido especialmente entre los jóvenes por la comunidad ecuménica de Taizé. El peligro está en renunciar a la crítica y dejarse llevar por el sentimiento.

--El horóscopo, la reencarnación o la pansexualidad son prácticas «netamente anticristianas», según usted. Y sin embargo tienen seguidores. ¿Cómo se tiene que abordar este tema para que los cristianos lo comprendan?

-Vázquez: Centrándonos más en Dios y viviendo como hijos que confían en su Padre, sabedores que de él no puede venir nada malo y si nos toca pasar por momentos oscuros, saber que todo es para nuestro bien aunque no lo podamos entender hoy, pero si un día .

Si acudimos a la astrología para saber de nuestro futuro, ¿dónde está nuestra fe? No debemos preocuparnos por el mañana. Debemos vivir en el presente de Dios con un alma de niño. Nuestro destino se juega en el aquí y el ahora amando y dando la vida por los demás. La reencarnación diluye la responsabilidad humana y el sexo no es un absoluto.

 

Por qué me convierto del islam al catolicismo

Magdi Cristiano Allam. (Foto: EFE)

Actualizado lunes 24/03/2008 05:54 (CET)

MAGDI CRISTIANO ALLAM

Querido director: Lo que te voy a contar se refiere a una decisión de fe y de vida personal, que, de ninguna manera, quiere implicar al 'Corriere della Sera', del que me honro en formar parte desde 2003, con el cargo de vicedirector 'ad personam'.

Te escribo, por lo tanto, como protagonista de la vivencia y como ciudadano privado. El Domingo por la noche me convertí a la religión católica, renunciando a mi anterior fe islámica.

De esta forma y por la gracia divina, vio la luz el fruto sano y maduro de una larga gestación vivida en medio del sufrimiento y de la alegría, entre la profunda e íntima reflexión y la consciente y manifiesta exteriorización.

Estoy especialmente agradecido a Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, que me administró los sacramentos de la iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, en la Basílica de San Pedro, durante la solemne celebración de la Vigilia Pascual. Y adopté el nombre cristiano más sencillo y explícito: "Cristiano".

Desde el domingo, pues, me llamo Magdi Cristiano Allam. El del domingo fue, para mí, el día más bello de mi vida. Adquirir el don de la fe cristiana en la celebración de la Resurrección de Cristo de manos del Santo Padre es, para un creyente, un privilegio inigualable y un bien inestimable.

A mis casi 56 años, es en mi historia personal un hecho histórico, excepcional e inolvidable, que marca un punto de inflexión radical y definitivo respecto al pasado.

El milagro de la Resurrección de Cristo se ha reflejado en mi alma, liberándola de las tinieblas de una predicación donde el odio y la intolerancia hacia el 'diferente', condenado acríticamente como 'enemigo', priman sobre el amor y el respeto al 'prójimo', que es siempre y en cualquier circunstancia 'persona'.

Al mismo tiempo, mi mente se ha liberado del oscurantismo de una ideología que legitima la sumisión y la tiranía, permitiéndome adherirme a la auténtica religión de la Verdad, de la Vida y de la Libertad. En mi primera Pascua como cristiano, no sólo he descubierto a Jesús, sino que he descubierto, por vez primera, al auténtico y único Dios, que es el Dios de la Fe y de la Razón.

Mi conversión al catolicismo es el punto de llegada de una gradual y profunda reflexión interior, a la que no pude sustraerme, dado que, desde hace cinco años, me veo obligado a llevar una vida blindada, con vigilancia fija en mi casa y con la escolta de los carabineros en todos mis desplazamientos, por culpa de las amenazas y de las condenas a muerte dictadas contra mí por los extremistas y los terroristas islámicos, tanto por los residentes en Italia como por los que viven en el extranjero.

He tenido que interrogarme, pues, sobre la actitud de los que han dictado públicamente fatuas (condenas jurídicas islámicas), denunciándome a mí, que era musulmán, como "enemigo del islam", como "hipócrita cristiano copto que finge ser musulmán para perjudicar al islam" y como "traidor y difamador del islam", legitimando de esta forma mi condena a muerte.

Me he preguntado a menudo cómo es posible que a alguien como yo que luchó de una forma convencida y ardiente por un 'islam moderado', asumiendo la responsabilidad de exponerme en primera persona en la denuncia del extremismo y del terrorismo islámico, haya terminado por ser condenado a muerte en nombre del islam y tras una supuesta legitimación coránica.

Un islam conflictivo

De esta forma me fui dando cuenta de que, más allá de la coyuntura que registra la implantación del fenómeno de los extremistas y del terrorismo islámico en todo el mundo, la raíz del mal está inscrita en un islam que es fisiológicamente violento e históricamente, conflictivo.

Paralelamente, la Providencia me ha ido poniendo en el camino a personas católicas practicantes de buena voluntad que, en virtud de su testimonio y de su amistad, se convirtieron, poco a poco para mí, en punto de referencia en el plano de las certezas de la verdad y de la solidez de los valores.

Comenzando por tantos amigos de Comunión y Liberación, con Don Julián Carrón a la cabeza; por sencillos religiosos como Gabriele Mangiarotti, sor Maria Gloria Riva, Don Carlo Maurizi y el padre Yohannis Lahzi Gaid; o por el redescubrimiento de los salesianos gracias a Don Angelo Tengattini y Don Maurizio Verlezza, culminado en una renovada amistad con el Rector Mayor, Don Pascual Chávez Villanueva; hasta el abrazo de altos prelados de gran humanidad como el cardenal Tarcisio Bertone, monseñor Luigi Negri, Giancarlo Vecerrica, Gino Romanazzi y, sobre todo, monseñor Rino Fisichella, que me ha acompañado personalmente en mi recorrido espiritual de aceptación de la fe cristiana.

Pero indudablemente el encuentro más extraordinario y significativo en la decisión de convertirme fue el que mantuve con el Papa Benedicto XVI, al que siempre he admirado y defendido siendo musulmán, por su maestría a la hora de establecer el vínculo indisoluble entre la fe y la razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, y al que me adhiero plenamente como cristiano por inspirarme una nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado.

Afrontaré mi destino con la cabeza alta

Querido director, me has preguntado si no temo por mi vida, consciente de que la conversión al cristianismo implicará ciertamente una enésima, y mucho más grave, condena a muerte por apostasía. Tienes razón. Sé a lo que me expongo, pero afrontaré mi destino con la cabeza alta y erguida y con la solidez interior del que tiene la certeza de la propia fe.

Y todavía más, después del gesto histórico y valiente del Papa que, desde el primer momento en que tuvo noticias de mi deseo, aceptó de inmediato administrarme en persona los sacramentos de la iniciación al cristianismo.

Su Santidad lanzó un mensaje explícito y revolucionario a una Iglesia que, hasta ahora, quizás haya sido demasiado prudente en la conversión de musulmanes, absteniéndose de hacer proselitismo en los países de mayoría islámica y silenciando la realidad de los conversos en los países cristianos. Por miedo.

Por miedo a no poder ayudar a los conversos frente a la condena a muerte por apostasía y por miedo a las represalias sobre los cristianos residentes en los países musulmanes. Pues bien, hoy, Benedicto XVI, con su testimonio, nos dice que hay que vencer el miedo y no temer a la hora de proclamar la verdad de Jesús incluso a los musulmanes.

Por mi parte, quiero afirmar que es hora de poner fin al puro arbitrio y a la violencia de los musulmanes, que no respetan la libertad religiosa. En Italia, hay miles de conversos al islam que viven serenamente su nueva fe. Pero también hay miles de musulmanes convertidos al cristianismo, que se ven obligados a ocultar su nueva fe por miedo a ser asesinados por los extremistas islámicos, que se ocultan entre nosotros.

Por una de esas casualidades que evocan la mano del Señor, mi primer artículo escrito en el Corriere el 3 de septiembre de 2003 se titulaba Las nuevas catacumbas de los islámicos conversos. Era una investigación sobre algunos neocristianos que, en Italia, denunciaban su profunda soledad espiritual y humana frente a la contumacia de las instituciones del Estado, que no tutelaban su seguridad, y frente al silencio de la propia Iglesia.

Pues bien, quiero que del gesto histórico del Papa y de mi testimonio extraigan el convencimiento de que llegó el momento de salir de las tinieblas de las catacumbas y proclamar públicamente su voluntad de ser plenamente ellos mismos.

Si aquí, en Italia, la cuna del catolicismo, si aquí, en nuestra casa, no somos capaces de garantizar a todos la plena libertad religiosa, ¿cómo podremos ser creíbles cuando denunciamos la violación de dicha libertad en otras partes del mundo? Pido a Dios que esta Pascua especial otorgue la resurrección del espíritu a todos los fieles en Cristo, que, hasta ahora, han estado sojuzgados por el miedo.